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Dueño de Nada “Es algo muy nuestro. En el Perú los hombres nos preciamos de la cantidad de alcohol que chupamos”.

Dos Más

Lima, 29 de junio de 2013

La idea me ha dado vueltas en la cabeza por décadas pero no sabía cómo formularla. Estaba referida a algo tan cotidiano que para expresarlo no aparecían esas palabras simples que inscriben las cosas con claridad. Como suele ocurrir en el Perú, tuvo que ser un extranjero –un amigo argentino– quien me lo dijo: “Yo he viajado por no menos de cuarenta países y el Perú es el único en el que los hombres se jactan de la cantidad de alcohol que beben”.Touché. Mi amigo argentino, superando el prejucio que a los ciudadanos de esa nacionalidad se les atribuye un océano de conocimientos con un milímetro de profundidad, me hacía ver algo que no solamente he observado miles de veces, sino de lo cual he sido entusiasta partícipe.

No juzgo, a estas alturas ponerme a moralizar contra el alcohol implicaría una conversión digna de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Pero es auténtica la observación del argentino. Es algo muy nuestro. En otras culturas habrá siempre algún motivo de jactancia, las mujeres, los autos, las piezas de caza, los números azules en un negocio. Pero lo cierto es que en el Perú los hombres nos preciamos de la cantidad de alcohol que chupamos.

Surgió la idea ante mí cuando el pasado 28 de julio me iba al gimnasio a las seis de la mañana (el imbécil soy yo, que nadie se sienta culpable), y comencé a descubrir en Miraflores, por el Parque Kennedy, en Berlín, hordas de jóvenes, hombres en su mayoría, que caminaban haciendo eses, abrazados, gritando sus estimas y bebiendo de botellas de cerveza o de tragos preparados. Recordé versiones múltiples de la borrachera peruana. La clásica de cantina del centro de Lima, que en un ritual de viernes por la tarde reúne a los amigos de oficina en torno a una mesa que se va poniendo color de hormiga al conjuro del “dos más”, y la resistencia a que las botellas vacías sean retiradas, precisamente para mantener por delante el motivo de orgullo. Al día siguiente suele comentarse, “compadre, éramos cuatro, nos bajamos cinco cajas”, y sigue una carcajada de complicidad, de esas que vienen con palmada.

Hay mil variantes, una muy de moda entre las clases medias es la de la parrillita, un proceso de preparación de carnes que toma el tiempo suficiente como para que los comensales, cuando llega el plato, ya no quieran comer para que no se les corte la curda.

El fenómeno tiene un comportamiento distinto en el campo o en las tierras amazónicas. Desplazados en principio la chicha de jora y el masato, respectivamente, por la cerveza y el aguardiente (según se dice, un side efect de la Reforma Agraria, que hizo al campesino despreciar sus bebidas atávicas por antimodernas), la bomba no distancia demasiado al hombre de su tarea, al punto que puede trabajar la tierra, cazar o pescar en un estado que en Lima haría que le quiten el brevete de por vida. El consumo de alcohol, sobre todo en los Andes, está muy ligado a las celebraciones, en las que realmente, si se midiera la cantidad que se bebe, sería difícil imaginar que el mundo al día siguiente pudiera seguir dando otras vueltas que no sean las de la perseguidora.

El alcohol es el peor amigo del hombre, o el mejor de sus enemigos. Conduce a una epifanía que no se compara con nada y por eso, cobra caro. Sin dramatizar con estadísticas sobre accidentes de auto, actos violentos, enfermedades o adicción, el trago nos sumerge en las dos caras que tiene todo lo que en verdad nos desafía a pasar por el aro de lo prosaico. Y eso, es bueno y malo. Pero insisto en el comentario del argentino. ¿Por qué jactarse de algo que en otros lugares es más bien causa de vergüenza? Algún complejilllo de inferioridad puede estar burbujeando en el borde de un buen vaso de cerveza. (Escribe: Rafo León)


 


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