Dueño de Nada Por: Rafo León
El Dilema de Los Principios
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“El niño es fuerza de trabajo en casa porque las tareas de sobrevivencia son muy duras y faltan manos”. |
Lima, 10 de agosto de 2013
El tránsito entre los bosques premontanos y el pajonal, entre las provincias juninenses de Huasahuasi y Chanchamayo, conforma paradójicamente unos escenarios naturales hermosísimos y hábitat que parecen imposibles para la vida humana. Estuve allí hace dos días, trochas inviables, caseríos insignificantes dispersos como salidos de la mano de una niña jugadora de yaxes, no hay un villorrio con la cantidad de población que justifique escuela, posta, telefonía, electricidad, saneamiento. La gente cría ganado, siembra maíz, frejol, caña, café, hace guarapo. Y tala árboles, maderas preciosas. Un roble rosado de trescientos años, por ejemplo, es vendido en el propio bosque a no más de doscientos dólares. Y ni qué decir del Cedrela lilloi, el cedro, la estrella de la Amazonía. Un chofer que nos transporta me señala a unos adolescentes, tres en una moto lineal, que cargan una sierra eléctrica y sus machetes: “Acá un chibolo de diez años ya anda con rifle para cazar, con sierra, sabe manejar moto. A los catorce ya maneja camión cargado de troncos y son unos capos retrocediendo en la trocha angostita, nunca se caen al precipicio”.
A propósito de una intensa campaña en medios que vienen llevando UNICEF y la Fundación Telefónica, me entero que en el mundo hay 158 millones de menores entre 5 y 14 años que trabajan; es decir, uno de cada seis. En el Perú la cifra se acerca a los dos millones, el 28.6 del grupo etáreo compuesto por menores entre 6 y 17 años. Por supuesto, el 90% pertenece al sector informal, trabajan más de 45 horas semanales, el 90% gana menos del mínimo vital. La mayor concentración de estos niños se da en la sierra y selva, en tareas de altísimo riesgo, como la minería ilegal, la fabricación de fuegos artificiales, las ladrilleras, los cocales. Los porcentajes de estos niños y niñas que estudian son insignificantes, no tanto los datos de los que abandonan la escuela porque tienen que ayudar a sus padres a parar la olla.
El debate sobre el trabajo infantil tiene larga data. En los años ochenta llegó a su pico máximo cuando entidades europeas como Save the Children y Rädda Barnen, sostenían, en contra de la posición abolicionista de UNICEF y OIT, que la realidad en que vivimos determina que los niños no solo tengan que trabajar sino que sería indispensable enfocar ese tema como un derecho de ellos. Ese derecho contemplaría, por supuesto, la exclusión de las tareas de extremo riesgo, pero ordenaría las que los niños, por edad y capacidad física e intelectual, sí podrían realizar con solvencia y hasta con placer. Combinando esto, tarea del Estado, los niños trabajadores deberían estar sometidos a un régimen educativo que les permita educarse formalmente pero también reivindicando el aprendizaje obtenido en la escuela de la vida.
El principio abolicionista de UNICEF parece indiscutible, pero en el mundo de hoy ya no hay nada que no se puede cuestionar, a la luz de realidades que se hacen visibles, gracias a lo que los medios de comunicación y sobre todo las redes sociales nos ponen delante de las narices. En las zonas de selva alta de Junín, en el pueblo de Ninabamba, en el caserío de Nueva Italia, en la comunidad de La Unión, si hay un establecimiento que imparta primaria, es un milagro. El niño es fuerza de trabajo en casa porque las tareas de sobrevivencia son muy duras y siempre faltan manos. ¿Qué nos dice, entonces, la realidad sobre lugares apartados, que componen enormes zonas rurales de nuestro país? Que la campaña de UNICEF es intachable, que los principios siempre deben ir por delante, pero que no nos debe preocupar que un camión cargado de cedros talados clandestinamente, manejado por un chico de catorce años, se vaya a desbarrancar. (Escribe: Rafo León)