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Opinión Por: GREGORIO MARTÍNEZ

Capitalismo

“Diego Rivera llegó campante a Nueva York, acompañado de la Kahlo, y puso a Lenin como protagonista del mural…”.

Nunca he dicho que el capitalismo está herido de muerte, juicio que me achacan algunos acomedidos en la blogósfera. En cambio, sí he testimoniado, de puño y letra, que el capitalismo ya es difunto. Murió la flor cuando el apotegma de Detroit, “lo que es bueno para la General Motor es bueno para Estados Unidos”, perdió vigencia y devino en una mera candidez, como diría el coprolálico cardenal Juan Luis Cipriani.

Entonces, ¿cuál es el sistema social que controla actualmente el mundo? Sin duda, se trata de una formación económica frankestein, muy versátil, procreada por el aparato financiero que ya existía antes que naciera el capitalismo. Los FACTORES privados que auspiciaron las empresas de conquista en el siglo XVI, los que cargaron de baratijas las naves de Pizarro, el factor Riquelme por ejemplo, pertenecían a ese aparato financiero que nunca tuvo bandera. Podía ser capitalista bajo la doctrina de Adam Smith o socialista de derecha bajo la ideología del conde Henri de Saint-Simon, timonel de Flora Tristán.

Detroit se constituyó en la rica meca del capitalismo en 1914, el día que Henry Ford decidió pagar un salario de 5 poderosos dólares diarios a los trabajadores de la línea de ensamblaje. Ahí empezó el vuelo de los negros del sur hacia el paraíso industrial, donde al capitalismo se interesaba más en el precio de la “fuerza de trabajo” que en el color de la piel. Solo 3 años más tarde triunfaba en Rusia la revolución comunista; pero no se trataba del socialismo extremo que planteó Pierre Joseph Proudhon sino de un marxismo leninismo sensato que se proclamaba “científico”, aunque los anarquistas peruanos, Manuel Caracciolo Lévano entre otros, lo ponían en tela de juicio.

Hoy, cuando muchos creen que el capitalismo ha alcanzado la hegemonía mundial, Detroit está convertido en un infierno espantoso, pues por sus calles abandonadas y cubiertas de monte deambulan hordas de abandonados perros hambrientos que dejó atrás el “white flight”. Casi todos los anglosajones han abandonado Detroit, cuya población es ahora 80% negra y paupérrima.
En 1932, confundido y nublado, Edsel Ford, el heredero de Henry Ford, contrató al pintor comunista Diego Rivera para que pintara un mural en Detroit, en la factoría de Ford Motor Company. No fue el poderosísimo sindicato de trabajadores automotores el que llamó al artista mexicano, lo hizo el empresario más influyente de Detroit. De la época de oro de la meca del automóvil  queda esa increíble joya artística: 27 paneles que atraen turistas de todo el mundo pese a los riesgos evidentes.

Inmediatamente Abby Rockefeller convenció a su marido John D. Rockefeller para que le encargara a Diego Rivera un mural en el recién edificado Rockefeller Center de Manhattan. Diego Rivera llegó muy campante a Nueva York, acompañado de Frida Kahlo, y puso a Lenin como protagonista del mural. Ardió Troya, pero Diego Rivera se negó a modificar su obra. Como balanceo propuso colocar también a Lincoln. En la noche del 10 de febrero de 1934, el mural fue borrado y así el capitalismo mostró que ya estaba muerto y con partida de defunción bien registrada, año y fecha. (Por: Gregorio Martínez)


 


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