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Crónicas Marcianas Por: RODOLFO HINOSTROZA

Cuadrando el Círculo

Hacia el año 1996 yo había terminado de corregir MI vieja pieza teatral “Cuadrando el Círculo” que me era entrañable porque contaba las aventuras y desventuras de un astrólogo, que exaltaban y desmesuraban las mías propias, en tono de comedia cómica llena de efectos especiales, y por fin le había encontrado un final espectacular. No sabía qué hacer con ella, porque en Lima no había grupo capaz de montarla, ni teatro capaz de recibirla… Durante mi larga estadía en Francia había podido ver a los mejores grupos teatrales del mundo, e inevitablemente compararlos con lo que se hacía en Lima. Vi al “Living Theatre”, de Julien Beck y Judith Malina, al “Bread and Puppet Theatre”, al “Teatro Líbero de Roma” de Luca Ronconi, a Grotowsky, a Barba, al “Theatre du Soleil” de Ariannne Mushkin, a Jean-Louis Barrault y Madeleine Renaud, a la “Comedie Francaise”, a Peter Brook, Víctor García, Jorge Lavelli, etc. y mi concepto del teatro cambió completamente. A partir de entonces comencé a escribir comedias épicas para grandes escenarios, con multitud de personajes, alternando la prosa con el verso, shakesperianas en fin, al extremo opuesto de todo lo que se hacía en el Perú, en su ambiente teatral minúsculo y famélico, plagado de “unipersonales” para lucimiento de actores mediocres y sobrevalorados, que se presentaban en salas raquíticas que ni siquiera eran llenadas por el público. Ya nadie se atrevía a escribir obras de más de cuatro personajes, porque si no eran imposibles de montar con los presupuestos que se manejaban, alrededor de 1000 dólares para una temporada… Los únicos montajes espectaculares eran de Autos Sacramentales de Tirso de Molina, provenientes del medioevo, que eran financiados por el Cardenal Cipriani,y puestos en escena por nuestro ex ministro de Cultura Peirano y se realizaban en el atrio de la Catedral de Lima, en la Plaza Mayor.

Quiso la casualidad que me encontrase, en el ascensor de un edificio a mi buena amiga, la poeta Tatiana Berger quién le dio una salida. “Por qué no te presentas al Premio Arte Nuevo, que auspicia Carsa?”me sugirió pues era para todas las ramas del arte, aunque en su primera edición la hubiera ganado un pintor…

Me presenté pues con “Cuadrando el Círculo, y gané. Esto cayó como una bomba. En la columna de chismes culturales de “El Comercio”, se escandalizaban de que un poeta hubiera ganado el premio, pero ni siquiera con un libro de poemas, sino ¡con una pieza de teatro! ¡Horror de horrores! Rodríguez Larraín esperaba ganar con una retrospectiva de su obra, la galería de Ricardo Wiese ya había invertido en una instalación por los arenales de Sechura, y Dios sabe quiénes más se habían presentado, y aquello se les figuraba como una intromisión inaceptable de un poeta en sus predios… Al poco tiempo fui agredido cobarde y matonescamente por uno de ellos, que tenía un nutrido prontuario policial en Francia y había quedado medio tuerto en una trifulca callejera.

El premio consistía en el montaje de la pieza, que había que presupuestar, y era recomendable que costase alrededor de 30,000 dólares, según me aconsejaron, de modo que le confié el montaje a Alonso Alegría, un director de teatro que había sido mi condiscípulo en las lejanas épocas del Teatro Universitario de San Marcos. Cuando fuimos a hablar con Freddy Cooper, el presidente del jurado, llevándole un presupuesto de 26,000 dólares y esperando que no fuera excesivo, nos dejó con la boca abierta, porque le pareció demasiado poco. Cooper nos explicó que la firma auspiciadora, que vendía electrodomésticos a escala nacional, quería que la pieza se viera en todas partes, porque era un formidable soporte marquetero que no se podía desperdiciar en un montaje de una sala miraflorina, sino que tenía que verse de preferencia en los Conos Norte y Sur de Lima, donde se agolpaba la mayor parte de su clientela. De modo que nos pedía otro plan más ambicioso de montaje, para que tocase a su público objetivo. Sandro Venturo propuso la mejor solución: “¿Por qué no hacemos un Teatro Rodante, y lo llevamos por todo el Perú?” que ganó por aclamación.

Se alquilaron dos grandes vehículos, un camión Volvo para llevar la escenografía y el vestuario, y un bus de dos pisos para transportar a los actores, que eran cerca de 30. La pieza se estrenó, con gran despliegue, en el populoso barrio de Villa El Salvador, que contaba con más de un millón de habitantes, y tuvo una concurrencia de unos siete mil espectadores. Se programaron 16 funciones en Lima y otro tanto en provincias, que cubrían todo el enorme territorio peruano, desde la Plaza de Armas de Tumbes, cerca de la frontera norte con Ecuador, pasando por Piura, Chiclayo, Trujillo, Cajamarca, Huaraz, Huancayo, Tarma, Huacho, Ica, Huancavelica, Arequipa, Moquegua, Tacna, Puno, hasta la Plaza de Armas del Cusco, donde oficialmente terminó la gira, que demoró casi tres meses. Fue un despliegue logístico nunca visto en el medio, que contó con el apoyo de las municipalidades donde se iba a presentar la pieza, aportando con la masa de figurantes, y la publicidad de bombo y platillo que recorría las calles anunciando la función.

En cuanto a la pieza en sí, no vehiculaba ningún mensaje político, ni social, ni religioso, ni moral, sino más bien era una gran comedia astrológica con música peruana, cuyo personaje principal era un matemático, don Zacarías Amancaes, que ha descubierto la Cuadratura del Círculo tan buscada por los griegos antiguos, y se ha convertido por este hecho en una celebridad mundial, aspirante al Premio Nobel. Pero un día llega a su casa un matemático alemán provisto de una computadora, y le demuestra que sus cálculos son falsos, y la Cuadratura del Círculo es matemáticamente imposible. Entonces los vecinos y admiradores de Don Zaca saquean su casa, que le ha sido regalada por el gobierno, y él se ve forzado a huir del pueblo porque nadie lo quiere, ya que se ha convertido en una vergüenza nacional… En fin Don Zaca, desengañado de las matemáticas se convierte en astrólogo, manda hacer un programa computarizado y provoca una revolución astrológica en San Sebastián de las Lucas, un remoto pueblo amazónico… etc. etc. etc.

Y en verdad fue un éxito: la pieza fue vista por unos 75,000 espectadores a lo largo y ancho del Perú, muchos de los cuales nunca habían visto una pieza de teatro en su vida ni sospechaban de su existencia, porque había tocado mayoritariamente a la gente del pueblo. Es cierto que había sido gratuita, subvencionada por Carsa, pero no era menos cierto que había tenido más asistencia que cualquiera de las piezas representadas antes en el país. El costo también había sido record, pues había ascendido a la suma de unos 300,000 dólares, cosa nunca vista en el Perú, donde los montajes salen por unos pocos miles de dólares, y hay que darse con una piedra en el pecho si se recuperan.

Se estrenó en el Cricket Club de Lima, en función privada a la que asistieron todos mis familiares y muchos de mis amigos. Pero nunca se puso en ningún teatro del centro, ni de Miraflores porque este público no era de clientes de Carsa y pagaba tarde, mal y nunca… No pierdo la esperanza de montarla en el novísimo Gran Teatro Nacional, donde quedaría verdaderamente genial… (Por: Rodolfo Hinostroza)


 


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