Seguridad Desafiantes a los zarpazos del terrorismo y el narcotráfico, jóvenes en el valle del Apurímac apuestan por un mundo mejor.
Las Dos Caras del VRAEM
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Aún aturdido, Martín Ayala, teniente alcalde del caserío de Pampas, donde fueron abatidos con un explosivo los mandos militares de SL, “Alipio” y “Gabriel”, el domingo 11. |
El valle del Apurímac tiene un rostro conocido: el de la coca, violencia y terror. A pesar de contar con tierras ubérrimas para la agricultura y forestería, la pobreza es extrema y contumaz. Pero la semana pasada CARETAS descubrió de la mano de la ONG Cedro el otro rostro del lugar.
Llochegua es uno de los caseríos más remotos y atrasados de la zona conocida en Ayacucho como “la oreja de perro”. Para llegar a ella, se remonta el río Apurímac a bordo de una “chiva”, con la camioneta incluida por diez soles el tirón. Con lánguida destreza el balsero conduce la nave a través de la poderosa corriente. Oscuros pensamientos se arremolinan a medida que la embarcación se acerca a la orilla opuesta. Un motociclista aparece en el punto de desembarque. ¿Un “traquetero” de droga? ¿Un “informante” pertinaz? ¿Un ciudadano honesto? ¿Acaso un maestro de escuela rumbo a su trabajo?
En un punto de esa densa jungla el domingo 11 de agosto pasado, fueron abatidos los camaradas “Alipio” y “Gabriel”, mandos militares de Sendero Luminoso (SL), certero golpe que puso súbitamente a Llochegua en el mapa geopolítico.
SIETE HELICÓPTEROS
Los testigos contaron hasta siete helicópteros sobrevolando el perdido caserío de Pampas, a pocos kilómetros de Llochegua, mientras la gran cabaña ardía como una tea y el aterrizaje de uno de los aparatos desplumaba las chozas de sus techos de calamina. La directiva reclama la reparación de las viviendas; “mi casa, hasta mis polos, todos atravesados de balas”, narró el teniente alcalde, Martín Ayala, 40, sus facciones endurecidas por el terror a futuras represalias.
“Los terroristas aparecen y desaparecen. Por el camino de herradura trajinan. Nada sabemos nosotros”, aseguró.
Llochegua es parte de la mancomunidad del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), integrada por 13 distritos de Ayacucho, Cusco y Apurímac. Es también la zona donde la hoja de coca crece más y mejor en el planeta, hasta seis cosechas anuales, se afirma. Ahora, al igual que el resto del valle, se debate en el acucioso dilema entre la coca y los cultivos alternativos, como el café, el cacao y los frutales.
JÓVENES TALENTOS
Evankari shiopkanajunchiri kuaj! En el local de las organizaciones sociales de base en Pichari, en la orilla opuesta del río y a pocos kilómetros de Llochegua, doña Obdulia Ramírez, docente de escuela y promotora de Cedro en el pujante pueblo selvático, dirige el taller de liderazgo juvenil y emprendimiento que reúne a una treintena de adolescentes de la localidad, entre ellos un puñado de entusiastas nativos asháninka de la comunidad de Anaro. Evankari shiopkanajunchiri kuaj significa en su idioma: “jóvenes emprendedores del futuro”.
Desde el 2008, Cedro articula con los maestros y la municipalidad local talleres que fomentan el liderazgo y la cultura de la legalidad –democracia y ley, derechos y deberes– entre los adolescentes del VRAEM. La asistencia es voluntaria, y los jóvenes son animados a emprender una tarea a favor de la comunidad: limpieza pública, cuidado de los desvalidos, reforestación o lo que libremente dicte su conciencia.
En la vecina localidad de Sivia, las adolescentes del colegio Gervasio Santillán hablan de literatura. Organizaron un concurso radial, sobre la base de la serie de clásicos de la literatura Mi novela favorita, de RPP, conducida por Mario Vargas Llosa, y que barrió con el rating de Radio Tropicana.
“Fue emocionante que la gente llamase, llamase y llamase”, describe Zuly Vila, 16, una de las promotoras.
Los talleres de Cedro están orientados a despertar en los inquietos jóvenes oportunidades de vida ajenas a la droga.
El proyecto es posible gracias a recursos de la Oficina de Asuntos Antinarcótios (NAS) de la embajada de EE.UU. y ha prendido como reguero de pólvora en ambos márgenes del río Apurímac.
“Los talleres van gestando voceros de la legalidad”, describe Laura Barrenechea, animosa directora de Cedro. En noviembre próximo, en el coliseo César Vallejo de Pichari, se espera la participación de 160 organizaciones juveniles de todo el valle.
BASTIÓN DE LA COCA
La cuenca del río Apurímac es el principal bastión de producción de coca del país, con más de 20 mil hectáreas sembradas. Los cocales se multiplican como mala hierba; las losas deportivas se usan para secar las hojas. Al caer la noche, camionetas recogen la cosecha. El destino de la producción es incierto. La relación de la población con la coca, también. “El problema no es la coca, sino lo que hacen con ella”, dice cándidamente una niña en uno de los talleres.
La población del valle del Apurímac supera las 250 mil personas. La subsistencia de muchas depende de la hoja de coca, lo mismo que la economía de los pueblos. Incluso la política está condicionada a los intereses de los barones locales de la droga. Todos siembran: desde los alcaldes hasta los padres de las criaturas que participan activamente en los talleres de Cedro.
Solo en Ayacucho operan 160 cajas de ahorro y crédito, contundente indicador de la extraordinaria liquidez del negocio ilegal. En el penal de Yanamilla, 60 por ciento de los prisioneros son “mochileros”, muy jóvenes, pescados con droga proveniente del Apurímac, triste secuela del tráfico.
BUENA GENTE EN EL VALLE
La jefa de Devida, Carmen Masías adelantó que el próximo año el gobierno procederá a erradicar los cocales ilegales en el valle. La eliminación de “Alipio” y “Gabriel” es una oportunidad que el gobierno busca aprovechar.
La omnipresencia de los cocales eclipsa un hecho relevante: en el Apurímac, las hectáreas dedicadas al café, el cacao y los frutales superan en su conjunto a las de la coca: 15 mil hectáreas de cacao, 12,500 de café y 5 mil de frutas. “La prensa ha satanizado el VRAEM”, lamenta Isdras Zapata en la localidad de San Francisco, “hay muy buena gente en el valle”.
Pero la sustitución de cultivos de coca depende de la viabilidad de la producción alternativa. Y la coyuntura agraria en el Apurímac es singularmente delicada.
La plaga de la roya amarilla está diezmando los cafetales. Y debido a la mosca de la fruta, el Ministerio de Agricultura ha proscrito su mercadeo fuera del valle. “De los 100 millones de soles asignados por el gobierno para combatir la roya, apenas 2 millones son para el Apurímac”, lamentó Zapata. Para salvar los cafetales, el gobierno debiera inyectar no menos de 30 millones de soles. Y para erradicar la mosca de la fruta, otros 60 millones, estimó.
En julio, SL saboteó la obra de asfaltado de la carretera de acceso de Huanta a San Francisco, artera puñalada a las esperanzas de desarrollo de la región, postergando por tiempo indefinido la entrega de la vía provista para octubre del 2014. La endemoniada ruta ahora es más peligrosa que nunca. El narcotráfico también.
El presidente Ollanta Humala inspeccionó por segunda vez el contingente militar de la zona, tras la operación “Camaleón”, esta semana. Los operativos continúan. (Escribe: Marco Zileri)