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Dueño de Nada “Con esto queda demostrado que el descenso al espanto tiene camino de regreso…”.

Umbrales, de Vida y Muerte

LIMA, 3 DE SEPTIEMBRE DE 2013

Las mamachas ayacuchanas, apurimeñas y huancavelicanas se tomaban de las manos con Salomón Lerner Febres y otros que fueron comisionados a cargo del proceso de la CVR, riendo y festejando. A estas señoras, que llevaban impecablemente sus vestidos coloridos, sus sombreros blancos decorados con un ramito de flores, se las veía serenas, enteras, rehechas después de haber vivido los horrores de los ochenta. Ahora, diez años después parecen tener luz propia porque en gran medida ellas han sido artífices de un sinceramiento terrible y necesario, plasmado en el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Con esto queda demostrado que el descenso al espanto tiene camino de regreso y que si este se recorre con fuerza, valentía y voluntad de justicia, se nace de nuevo.

Estas imágenes en días pasados han contrastado más que nunca con las que hemos visto en vivo y en directo, o a través de los medios, venidas de la zona de emergencia decretada por las heladas y nevadas, que a estas alturas ya alcanza a un tercio del país: Apurímac, Huancavelica, Cusco, Arequipa, Puno. Oficialmente, más de ochenta mil damnificados y ciento veinte mil animales muertos: alpacas, ovejas, llamas. Si las mamachas que iluminaban las fotos por el aniversario de la CVR eran la vida misma, en cambio las madres de familia de Carabaya refugiadas en improvisados cobertizos de cartón en medio de una tierra baldía cubierta de nieve sucia, bajo un cielo sucio, graficaban algo así como el umbral de la muerte. Las señoras bonitas celebraban los diez años del informe de la CVR. Las mujeres del sur andino estragadas por el frío y la miseria, celebraban un año más de lo que todos sabemos.

El llamado “friaje” que afecta a las provincias altas del sur es un hecho ya ritualizado. Se sabe que vendrá –con mayor o menor intensidad– que los niños serán quienes peor la pasen, que las madres, resecas y paspadas por la tragedia, poco podrán hacer más que estirar la mano, y que los pastores que se habían llevado su ganado a las máximas alturas a buscar algo verde, ven morir primero a las crías y luego a todo el rebaño. Y saben que los pastos que están debajo de la nieve ya están quemados, no es cosa de que se vaya lo blanco para que vuelva a aparecer el ichu. El ichu está quemado. Defensa Civil dice que hizo prevención, que invirtió 21 millones de soles en comprar pacas para alimentar al ganado cuando llegara la helada. Lo malo es que llevaron el forraje a un lugar en el que el friaje casi no se sintió. ¿No hubiera sido mejor, entonces, que siguiendo la tradición, Defensa Civil no hubiera estrenado prevención?

“Estas pobres mujeres, no sé, se comen las frazadas, me dice mi amiga puneña, endurecida por el dolor ante la inercia. Todos los años llegan en tal cantidad esas frazadas”. Y me explica, como que se crió en tierras altas, que el llamado friaje forma parte del ciclo del clima andino. Por supuesto, siempre la helada afectó a las poblaciones, pero no en la magnitud de lo que hoy vemos. “Antes la gente de la puna vivía en casas de adobe y techo de ichu. Eso las protegía del frío. Los niños comían cereales andinos. Estaban más fuertes para aguantar. Sus madres los abrigaban bien con lana de oveja. Una barrera contra el enfriamiento del pecho. Ahora, cemento, calamina, fideos, arroz, roponcitos de polar y casacas de plástico. Heladas siempre ha habido, pero hoy la muerte viene de la mano de la ignorancia y la falsa modernidad”. Además, añade mi amiga sin ceder en su dureza, la gente ya se acostumbró a que les donen frazadas y ropa usada. Por supuesto, hay mafias que comercian también. “Todo esto pasa por vivir de a mentiras”. Las mamachas de la verdad y la reconciliación ya aprendieron a sobrellevar las cosas de otra manera. (Escribe: Rafo León)


 


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