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Edición 1873

12/May/2005
 
 
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Seguridad Sally Bowen narra encuentro con ex informante de la DEA.

“El Día que Entrevisté A Benítez”

1873-sally-6-c

Al menos, 15 testigos confirmaron entrevista entre Sally Bowen y Oscar Benítez en San Jorge.

Bajo de un taxi destartalado y me dirijo rápidamente a la puerta del penal San Jorge. Estoy nerviosa, tengo que admitirlo: mi colega Jane Holligan ha sido echada por la fuerza de este mismo penal hace un par de meses por entrevistar al mismo preso, Oscar Benítez Linares. Ya estoy anticipando una visita accidentada.

En las afueras, varias mujeres han instalado su pequeño negocio – alquilando faldas a las mujeres que han venido portando pantalón. Felizmente, ya he averiguado las reglas: falda, nada de zapato con tacón alto, nada de carteras. Ni grabadora, cámara fotográfica, papel o lapicero.

Es temprano, pero ya hay cola en la puerta de ingreso. Me llega mi turno.

“¿Con quién desea hablar Ud?” “Con Oscar Benítez, señor.”
El guardia revisa su lista. “No figura esta persona, señorita.”

“Tiene que figurar,” insisto. “Yo sé que está aquí.” Pero es cierto. El nombre de Oscar Benítez no está en el registro.

Súbitamente tengo una idea. “Y el nombre Niko Kaputo?” (Jane me dijo que había utilizado también ese alias que recuerda sus años de narcotraficante). “Ah, señorita, Niko. ¡Claro que sí!” Registran mis datos, se llevan mi pasaporte y mis llaves.

Paso adentro. Una mujer de aspecto formidable me lleva a un cubículo. Me revisa minuciosamente y encuentra en el bolsillo de mi falda un billete de S/.10 (para el taxi de regreso) y uno de US$ 20 (por si acaso). “No entran billetes en moneda extranjera. Tienes que dejarlo afuera con otra persona.” No hay otra persona. Aceptan a regañadientes que deje el billete en el casillero junto con las llaves y el pasaporte. “Y si desaparece?” me preguntan. A estas alturas, no me importa. Quiero entrar, hacer mi entrevista y salir de este lugar nefasto.

Pasando por corredores mal pintados y oscuros, y por otra instancia de control, llego al pabellón “de observación.” Aquí se encuentran decenas de personas públicas: militares de alto rango, dueños de medios de comunicación, jueces, asociados de negocios de Montesinos. Hay pequeños grupos parados en la puerta esperando a sus familiares: algunos me reconocen y escucho comentarios poco amistosos.

Apenas menciono el nombre Oscar Benítez, aparece a mi lado éste, un tipo todavía jovencito, sonriendo. Explico que soy colega de Jane, quien ha viajado a Estados Unidos con una beca y no ha podido volver para completar la entrevista truncada. Oscar me instala en el patio interior, corre a su celda a buscar papel y lapicero.

Sigo nerviosa. Temo que me pase lo que le pasó a Jane, que me echen del penal. Hago mis preguntas rápidamente, tratando de complementar la información que ha recabado mi colega, conocer unos detalles más.
Dentro de cinco minutos, se presenta un guardia. “Niko, el director del penal quiere que vayas a su oficina ahora mismo.” Oscar no se inmuta.
“Dile que estoy con una visita. Después iré.” El guardia se queja pero se va.

A cinco metros de distancia, al otro lado del patio, me doy cuenta de un hombre que nos está fijando una mirada francamente hostil. Lo reconozco: es el “general victorioso” de Fujimori, Nicolás Hermoza Ríos, ex jefe de las Fuerzas Armadas. “El me la tiene jurada,” me dice Oscar. “Es a raíz de mi testimonio que él está aquí.”

Oscar me cuenta que muchos de sus codetenidos lo odian por las mismas razones. Aún dentro del penal se cuida mucho: nunca acepta comida, temiendo que alguien lo envenene. Para comer, tiene que esperar la llegada de su madre.

Entramos en el tema: la historia que Oscar conoce tan bien, la del narcotráfico. Cuenta cómo empezó en el negocio a los 17 años, pesando pasta básica de cocaína en la plaza de Tarapoto y llevando los libros para su tío. Cómo conoció a los hermanos Aybar Cancho. Cómo fue enlace entre narcos y militares en el Huallaga para poder sacar droga en helicópteros del Ejército. Cómo fue enviado a Europa para extraer cocaína de un cargamento de miel. Cómo decidió salir del negocio, haciéndose informante de la DEA y saliendo con ayuda de ellos a Miami. Cómo el negocio siguió atrayéndolo y volvió al Perú. Cómo otra vez se volvió colaborador de la DEA para ayudar a que cayeran Montesinos, los Aybar Cancho y otros.

Escribo furiosamente. Tantos nombres, hechos y fechas. Oscar me explica quiénes eran todos, me ayuda con la ortografía, me explica las conexiones, los entretelones. Cada vez que lleno una hoja, la introduzco en mi falda. Ya estoy ligeramente barrigona.

El sol empieza a cubrir el patio. Llegan esposas e hijas con canastas. Ahora las ligeras voces de mujeres y las risas alegres dominan. Los presos se animan. Alrededor de las once, entra un grupo de músicos y empiezan a tocar. Las mujeres sacan de las canastas comida deliciosa y abren botellas. Parece una fiesta campestre más que una cárcel.
Ya el general Hermoza se está divirtiendo: no nos hace caso. Más relajada, continuo conversando con Oscar, tomando notas. Nadie nos interrumpe.

Unas dos horas y media después, me despido. Oscar está esperando a su mamá. No me revisan en la salida –y el billete de US$ 20 sigue junto con mi pasaporte. He cumplido con mi objetivo, tengo la información que buscaba de un testigo valioso y convincente que, además, está dispuesto a salir con nombre. Salgo con un gran suspiro de alivio y la puerta se cierra detrás. (Sally Bowen)

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