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Alemania 2006 Los americanos se agrandan en tierras germanas. Si Brasil y Argentina confirman, y los europeos despiertan, el Mundial teutón podría ser el mejor desde México ’86.

La Conquista de Europa

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Croata Igor Tudor no tiene cómo detener al jugador más habilidoso del mundo: Ronaldinho. Debut solo con chispazos.

El Mundial alemán se vive con cierta lógica. Confirma que la globalización más inclusiva no es económica, sino futbolística, y respalda a quienes sustentan un emparejamiento competitivo en el orbe del balompié. Todos los partidos son difíciles, la mayoría de países ostentan aplicados esquemas que anulan; la mayoría de las veces, los destellos individuales. Difícil explicar de otra forma el empate a cero de Suecia con Trinidad y Tobago, el primer batacazo del torneo producido por tres perfectos desconocidos: el back Sancho, el lateral Lawrence y el arquero suplente Hislop, quienes bastaron para contener a los cracks suecos –Ibrahimovic (Juventus), Ljunberg (Arsenal) y Larsson (Barcelona). Históricamente, los equipos centroamericanos han recibido las goleadas más estrepitosas (con el 10-1 de Hungría a El Salvador en España ‘82 en primer lugar), y no hace mucho la impetuosa Jamaica contaba y cantaba a ritmo de reggae sus derrotas de a 4 goles por partido. La sola participación fue siempre mérito suficiente para los de la Concacaf, con la reciente excepción de México, que a fuerza de organizar dos mundiales (‘70 y ‘86) e inyectar millones a su liga ha provisto a su fútbol desabrido de algo parecido a un orden táctico y, nacionalizados mediante (Guille Franco come bifes y el ají le cae mal, Zinha no se apellida Borja), han podido figurar incluso como cabezas de serie a detrimento del fútbol-arte, por momentos inspirado por otros flojo, de la selección portuguesa.

Hacer la Europa. Alemania 2006 contraviene la estadística que disminuye a los equipos americanos en los torneos celebrados en el viejo continente, y si la tendencia inicial prosigue, deberá ser un antecedente al momento de evaluar la repartición de cupos en los mundiales. México refrendó su actual protagonismo ganando con oficio un partido que será memorable no por lo ocurrido en los 90 minutos de juego, sino por el gesto iraní de ofrendar un arreglo floral al arquero Sánchez antes de que empiece el match (su padre había fallecido hace pocos días). Acaso sea necesario una sensibilidad ajena a la occidental para ver al rival con respeto y compasión, sentimientos tan elevados como obsoletos en el profesionalismo. Sin embargo, esto no impidió que este apreciable amateurismo mostrara su lado funesto en el desempeño del guardameta Mirzapour, quien veía caer su valla con la mueca sensiblera y el gesto histriónico de un actor de Hollywood, confirmando dos cosas: primero, que no basta tener un grupo de jugadores de primer nivel (Hashemian, Karimi, Mahdavikia –para algunos, el “Solano iraní”) para rendir en la elite futbolística (por otra parte, el drama de Perú); segundo, que el puesto más difícil de cubrir, porque requiere más técnica, es el de portero.


 


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