Alemania 2006 Los octavos de final de Alemania 2006 prometen ser un choque continuado de potencias. Prohibido pestañear.
El Mundial Recién Empieza
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La agonía visual de arquero inglés Paul Robinson acompaña el disparo del sueco Henrik Larsson hasta las redes. Empate cardíaco. |
Victoria Pírrica. A pesar de la enorme intensidad con la que se ha jugado Alemania 2006, probablemente el mundial más físico e intenso de la historia (Perú no le aguanta 30 minutos a Corea o Australia), una temprana conclusión es que, al menos en primera ronda, ha predominado largamente la táctica sobre las individualidades. En otras palabras, la imposibilidad de un delantero regular para superar a un defensa regular. Muchos lo ven como un triunfo. Lo sería si el emparejamiento del nivel se produjera hacia un fútbol vistoso, agradable, espectacular. No lo es si la igualación se decanta a un fútbol reservado para el íntimo disfrute de los científicos del deporte en detrimento del espectador. Este presagio funesto posee, por supuesto, más de una excepción y más de una posibilidad de que no se conjure. No sucederá si Tévez y Messi campeonan, si Robben sigue destrozando cinturas, si Aragonés pone más a Joaquín y Domenach a Ribery, si Rosicky y Cesc Fabregás continúan apoderándose del mediocampo, si Ljunberg despabila, Robinho entra, Rooney se recupera y ese acróbata luso del balón, Cristiano Ronaldo, culmina sus proezas artísticas. Si no sucede nada de esto, algo que perfectamente puede ocurrir, ésta seguirá siendo la copa de los buenos laterales (Lahm) y de los grandes goles de media distancia (el último, un bombazo de Cole a los suecos). Ambas características son síntoma del fracaso de los artilleros sobre las marcas escalonadas y el orden, con el perdón de Miroslav Klose y “el Niño” Fernando Torres. Esto ha devenido en un lugar común particularmente nocivo repetido hasta el hartazgo: un equipo es mejor en tanto más pasan al ataque sus laterales. Es decir, cómo cuatro backs marcan a un delantero y medio (un ‘9’ y un extremo), y por lo general la jugada más apreciada de los centroforwards no es encarar, sino dar el pase atrás, forzar el foul o aguantar hasta que se acomode la defensa rival (lo que produce aplausos, cuando llega a pivotear es casi orgásmico; los goles, ni qué decir, se lloran todos), el signo del DT atrevido es mandar adelante al equipo por las bandas para tirar el centro. Mucho más provecho tendría recuperar al ‘10’, al organizador, si se puede, intentar el fútbol total que hasta ahora sólo mostró en un partido Argentina, desempeño que no se veía desde la Holanda del ’74, el Brasil del ’82 y la Francia del ’86. Los ejemplos no están escogidos al azar, ninguna de esas selecciones logró la Copa, siguiendo un viejo mantra fatalista: no siempre el joga bonito gana. Es más, suele no pasar (Q.E.P.D. Telé Santana). Este mundial tiene sus propios ejemplos en la República Checa, que goleó 3 a 0 a EE. UU. y luego cayó ante Ghana, o en Italia, que venció contundentemente a Ghana pero no pudo con EE.UU. El Grupo E, ciertamente, fue el verdadero “grupo de la muerte”.
Gala de despedida. Por supuesto, tampoco campeona el que juega mal. Francia, un equipo con un plantel soñado, sufre lo mismo que la Italia de Trappatoni del 2002: posee un técnico austero y necio que prefiere mandar a la marca a sus talentos (Zidane) o, en el peor de los casos, dejarlos en la banca (como a Trezeguet). A lo que se le suma el dato bastante perceptible de cómo se aletarga un seleccionado que juega sin ambición porque ya lo ganó todo. Tanto por el esquema conservador como por la veteranía (promedio de edad de 30 años) de esta selección con tres mundiales encima, se siente en el juego cansino y en el pase burocrático la fatiga de unos jugadores que estarían mejor descansando en la Costa Azul, sobre todo Barthez (¡que tape Coupet!). Salvo Henry, que aspira a títulos personales (“el mejor del mundo”); o el crack del Olympique de Marsella, Ribery, ya que se nota en su malogrado rostro el brillo de quien verdaderamente ansía el triunfo. Los argentinos lo llamarían un muñecardo letal, sin duda tomará la posta de Platini y Zidane, y es hasta ahora la verdadera revelación del torneo.