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Fútbol de Guerra y Fiesta

El empujoncito de la FIFA a favor de Suiza se estrelló con Ucrania.

EL fútbol, que alguna vez fue un juego ordinario y elemental, ha sido ascendido –lo estamos viendo en este Alemania 2006– a ceremonia, con la fuerza integradora de las más caras causas universales. Sin embargo este mismo certamen ha demostrado también que la competencia aún no consigue escapar del corruptor universo del poder… Imaginábamos que lo sucedido en Inglaterra 66, donde jueces alemanes e ingleses torcieron los resultados para favorecer a las escuadras de sus países de origen, jamás volvería a suceder. Nos equivocamos: el último viernes, el árbitro paraguayo Carlos Amarilla, que como señalamos en nuestra columna anterior, había favorecido a la nación de origen del presidente de la FIFA, Suiza, volvió a cumplir su oscuro papel, al facilitar abiertamente el triunfo de la hasta ahora modesta Ucrania sobre Túnez. Menos mal que al día siguiente, la selección de Alemania compensó la amargura del aficionado neutral al brindar en solo quince minutos una demostración fascinadora y deslumbrante de fútbol. Ese cuarto de hora bastó para que los miles de seguidores de Suecia, luego del partido, se preguntasen: ¿Quién puede vencer al oso en su guarida?

El Mundial de Fútbol, a la larga, no es otra cosa que una extraña partida en la que todos, menos uno, acaban por perder y así las cosas, este escriba, aún a sabiendas que el próximo rival de Alemania es el equipo argentino, está convencido que el dueño de casa hará la fiesta final. Y es que en ese choque de concepciones futbolísticas tan dispares, la historia, que a veces sirve para algo, cae por su propio peso: los gauchos nunca han podido bailar su tango en pistas europeas.


 


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