Alemania 2006 El nivel futbolístico alcanzado en cuartos y semifinales anticipan una final de antología. Europa queda para los europeos.
¡Oh Gole Mio!
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¡Ritorna Vincitore! Fabio Cannavaro se aúpa sobre la tatuada humanidad de Marco Materazzi para celebrar la hazaña en Dortmund. |
Hace falta bastante categoría para que el fútbol se torne excepcional y rompa una regla. La vieja tradición que asigna al continente organizador el campeonato respectivo pasó por encima de esa mezcla de piruetismo desganado brasileño, amén de los avezados pero insuficientes toques gauchos. Pasa que no basta con tener talento, sino que hay que saber usarlo. Parreira piensa como un DT italiano de los 60s, y juega primero a no perder para ganar luego con la camiseta (algo que el
scratch se puede permitir, digamos, con Japón). Pekerman traicionó su apuesta dejando de lado los que funcionaron (Saviola, Messi) para intentar un inocuo
fuego contra fuego (Cruz vs. Metersacker). En el ajedrez ganó Doménech, y luego, el espectador, lo que es bastante decir. Siempre y cuando éste último esté capacitado para apreciar fútbol, que no es lo mismo que comerciales de fútbol. Todos los partidos de cuartos alcanzaron cumbres de intensidad insólitas dándole una chance, aún para los escépticos, a la frase que asegura que el mejor partido es el que acaba 0-0 (como aquel Inglaterra vs. Portugal). Sea cierto o no, la verdad es que si se junta el nivel exhibido por los seleccionados con la impecable organización, se tiene uno de los mejores mundiales de la historia. Uno que, por otra parte, legará conversación durante cuatro años alrededor de un puñado de preguntas.
¿Qué le pasó a Brasil? Cayó ante la mejor Francia (madura, alturada y fiera), un combinado intoxicado de alardes mediáticos y favoritismos injustos, displicente cuando hubo que meter, desprolijo cuando prometía arte, inhibido cuando soñaba con el ‘hexa’. Una respuesta es que cada quien buscó su récord individual. Ronaldo, el de goleador histórico (lo consiguió), y luego a comer; Cafú, el de presencias mundialistas (lo consiguió), y luego a ver cómo Henry era de pronto un nombre en una camiseta blanca que desaparecía sobre el gramado. Le faltó al Gaúcho su botín de oro, y ahí está una de las claves, pues se esperaba que ratificara que este era su año y su mundial, articulando un equipo de egos alrededor del lujo útil que regala en el Barcelona, un oxímoron que en Alemania sólo ha cumplido Cristiano Ronaldo. Ahora, su efigie de 7 mts. cae en las favelas como la cabeza de Hussein por Bagdad. Lo último es que cuesta ser crack, y ya cuando se empieza a comparar a tal o cual con Maradona o Pelé se espera que el tipo esté por encima de las expectativas, aunque éstas sean altas. Esa es la labor de un genio con amor propio y ambición, porque las cuentas bancarias de los diferentes, a estas alturas del profesionalismo, están todas llenas. Ronaldinho no pudo, o no quiso, o estaba cansado o se enfermó (como Ronaldo en el ‘98). Y puso un pueblo a llorar. Que se entienda entonces: Tristeza nao tem fin, felicidade si.