Alemania 2006 Italia ganó un Mundial donde la figura fue francesa, pero de la mano de la defensa menos batida, la destreza de Pirlo y las estrategias del técnico Lippi, alcanzó el tetracampeonato en una Copa del Mundo.
Arrivederci, Zidane
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Artilleros “tanos” Iaquinta y Luca Toni alzan la copa que fue diseñada por su compatriota Silvio Gazzaniga. |
Todos los genios tienen un lado oscuro, y Zinedine Zidane no es la excepción. Ya había mostrado su furia en el ’98, donde terminó campeón del mundo, y también en la Juventus, donde confesamente se acostumbró a ganar, una actitud que de personal tuvo lo que su magia le regaló al mundo; y de aprendida, esa lógica italiana de jugar golpeando, y sólo si es posible, sin ser visto. Los
azurri juegan así desde que decidieron que no perder es más importante que ganar. De ahí el cúmulo de estrategias antideportivas que arrancan las sonrisas de quienes equiparan talento con viveza. El domingo pasado se vio mucho de eso: noquear discretamente (Cannavaro a Henry en el primer minuto), chocar antes que jugar (Gattuso es héroe pero Totti no hizo dos pases), intimidar y provocar al rival horadando psicológicamente en ese espacio creado por la distancia del árbitro y el mutismo de las cámaras. Lo que se dice,
pendejada, que para algunos es valor y para otros náusea. Zidane acabó su carrera sobrepasado por su despedida, por la final del mundo, y por el respeto que siente por su madre y hermana (según la BBC, Materazzi le habría dicho a Zidane: “Deseo una muerte horrible para ti y tu familia”). Zizou es musulmán, y para él su familia es sagrada dentro y fuera del campo. El descontrol no es una virtud, pero hay quienes pueden ver decencia en ello.
Ganó la peor Italia arrinconada desde el segundo tiempo, y aún en superioridad numérica, defendiéndose ante una Francia disminuida, sin Zidane (roja), Vieira (lesión), Henry (lesión) y Ribery (cambio). Los suplentes galos fueron capaces de jugar siempre en campo rival, al punto que el cuestionado Barthez, quien tuvo complicidad en el gol de ese provocador apellidado Materazzi (la historia le guarda el mismo lugar que reservó para su connacional Salieri), no tuvo una sola atajada. Buffon tapó el mundo, sobre todo en una mano cambiada que privó a Francia de su segundo título y a Zidane de un nuevo récord: hubiera sido el único jugador en marcar dos goles en dos finales. Aún así, es posible destacar una defensa titánica, imposible, embanderada por Cannavaro y secundada por una gran revelación de esta Copa, Grosso, quien va al ataque con la misma prolijidad con la que defiende, acaso el único capaz de quitarle al pequeño Lahm su lugar como mejor lateral zurdo de Alemania 2006. Junto a él, un portento en la marca y la elaboración futbolística, Andrea Pirlo, quien salva el honor de una escuadra resignada a la bola parada, a la altura de sus delanteros, a la inocuidad de un Totti para el olvido.