Alemania 2006 Cuando la sangre hierve la cabeza y la agresión gana tanto condenas como admiración.
El Honor en la Testa
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La serenidad del ex capitán: “Me disculpo ante los niños, pero no me arrepiento de lo que hice”. |
Ni el más autómata creador de best-sellers hubiera imaginado semejante banquete de elementos que mantiene en vilo al planeta. Ya nadie se acuerda del gol de Maxi Rodríguez ante México o de la capacidad aduanera del mediocampista Andrea Pirlo. De aquí a 100 años, la apatía técnica de la Copa del Mundo Alemania 2006 permitirá que sólo sea recordada una estampa para delicia de los anaqueles históricos o los adictos a los
top ten de distinta naturaleza: el auroral cabezazo del más grande jugador galo de todos los tiempos, Zinedine Zidane, a pocos minutos del atardecer de su carrera deportiva, al pecho del triturador de piernas italiano Marco Materazzi que determinó su expulsión para congoja de los televidentes, quienes sintieron un remezón más estrepitoso que la caída de la estatua de Ronaldinho. Pero ese acto agresor (no una zancadilla cualquiera, sino un arte original) encapsulaba una carta bajo la manga de genialidad: a los pocos minutos, el efecto era inversamente proporcional a lo que el corazón dictaba en ese momento.
El careo convocado por la FIFA que pondrá nuevamente cabeza a cabeza a ‘Zizou’ frente a Materazzi con aires nada amigables este 20 de julio, Día de la Amistad, es sólo una escala inútil, un trompe l’oeil para sumergir a los interesados en una ilusión de justicia, con la intención de resolver un misterio insondable como el imán en los botines del ex galáctico cuando toca el balón: ¿Qué fue lo que le dijo Materazzi a Zidane, propiciando ese acto irracional, destemplado y desbordante de esa elegancia distintiva del campeón mundial en el ’98?