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Historia En la repetición está el gusto; pero a veces –caso Leguía– toda repetición es una ofensa.

Resucitados: Presidentes Reincidentes

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Nicolás de Piérola volvió de su catástrofe personal en la guerra con Chile para forzar la renuncia de Cáceres en 1895, ser elegido, completar su mandato e iniciar un período de estabilidad.

A Piérola y a Belaunde, como a Alan García, se les dio por muertos políticamente después de sus primeros gobiernos, pero volvieron al poder por la vía de las ánforas para afianzar rumbos. La historia del Perú, sin embargo, está plagada de otras repeticiones menos virtuosas.

El siglo XX registró ocho casos de “reincidencia” en la presidencia de la República, no siempre mediante el voto. El siglo XIX había exagerado la nota: tuvo 15 repetidores. La historia de nuestra República recuerda que a mediados del siglo penúltimo surgió un personaje al que Jorge Basadre evalúa como el mejor gobernante de esa centuria: Ramón Castilla. “Había visto nacer a la patria de la punta de la espada y colgaba de su pecho la medalla de los vencedores de Ayacucho; pero no se dejó arrastrar, como otros, después de la victoria, por el desvarío vano, la divagación estéril o la inerte molicie”. Después de su primer período, 1845-1851, que fue como un oasis de paz en tiempo de guerras civiles, retornó al poder, 1855-1862. Fue un período turbulento. Un día, en la calle Arzobispo de Lima, al costado de la catedral, fue víctima de un balazo disparado por un sujeto embozado y a caballo, que lo hirió en un brazo. Un segundo tiro iba directo a la cara; pero el tiro no salió. Al único hombre que llegó a ver el rostro del agresor, alguien le arrojó vitriolo a los ojos y lo dejó ciego. Pero Castilla culminó su período. Al final de sus días, preparaba una expedición contra el régimen de Mariano Ignacio Prado, que quería cambiar la Constitucion de 1860. Murió en el desierto de Tarapacá, al pie de su caballo. Tenía casi 70 años. No todos los segundos períodos presidenciales tuvieron epílogos tan trágicos y tan nobles.


 


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