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03/Ago/2006
 
 
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Local La poca austera nueva vida de Lay Fung, y el prestigio ganado por la Unidad Canina de la Policía.

En Buenas Manos

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Lay Fung, mimado y bien comido, ha recibido reclamos de parte de Priscilla, una cachorra doberman pinscher que afirma tener un hijo suyo.

No desfiló en la Parada Militar del 29 porque ya no está en edad de poner el pecho por la Policía. A pesar de ello, Lay Fung vive con todos los honores de un miembro que ya colgó el uniforme. El entrenamiento diario y los placeres del retiro le pintan una vida nada perra que, además del buen trato que todo animal merece, lo resguarda de la opinión pública.

Ni pena de muerte ni muerte de pena. Lay Fung lleva una vida privilegiada no sólo para un can sino, incluso, para un ciudadano promedio. Semanalmente un encargado de limpieza asea y recorta sus uñas, acicala y baña su ralo pelaje, y lo saca a juguetear en dos y cuatro patas. Otro experto en cuidado animal lo nutre con alimento balanceado, revisa sus caninos luego de cada comida, le limpia el canil, y estabiliza su peso en 65 constantes kg. El rottweiler de marras es, de lejos, el animal más consentido de los 125 perros que viven en el local de la Unidad de la Policía Canina del Rímac, conocido simplemente como El Potao. Y no es que los otros 124 la pasen mal ni mucho menos. Sucede simplemente que Lay Fung no trabaja debido a su avanzada edad de 4 años (tómese en cuenta que los rottweilers tienen el mismo lustro de vigencia que un Presidente, siempre y cuando éste respete la Constitución).


 


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