Cultural
Insomnio Vista al Mar
Un objeto imposible da pie a la novela “Órbitas. Tertulias”, donde vuelve a aparecer el mismo personaje –y el mismo escenario, Cerro Azul- de un anterior relato de Mirko Lauer (“Secretos Inútiles”, 1991). Ganador en el 2005 del Premio Juan Rulfo de Novela Corta, convocado por Radio Francia Internacional, este libro es la narración de un periplo de 24 horas a lo largo y ancho del valle de Cañete. El viaje, en mototaxi, ofrece al lector varios momentos inesperados. Un extracto.Hace un año que me vengo acostando muy temprano aquí en la diminuta península, casi apenas oscurece. Lo hago para evitar ese punto intermedio de la noche en el cual, creo, todo puede ser perdido. Como me acuesto temprano y duermo poco, me despierto todavía muy de noche,a veces para salir a pasear en las horas pequeñas de la madrugada. Como un avestruz onírico cuya mente deambula mientras su cuerpo yace, cada par de semanas me ha dado por soñar versiones más o menos disimuladas de una misma historia, al final de la cual aparece un objeto impreciso hacia el que me atrae una curiosidad que rápido se convierte en angustia, y me despierta. Influye, estoy seguro, que desde hace buen tiempo venga tomando a diario el amargo brebaje que me envía mi amigo don Alejandro Chumpitaz con una muchacha muy morena y flacucha -¿una sobrina?- que lo deposita en una botella de gaseosa al pie de la puerta de tela metálica de mi departamento en el segundo piso de La Casona, y que apuro antes de irme a la cama.
Vengo soñando con el objeto, al que intuyo un sentido arqueológico, pero del que sólo sé que es un límite que separa el sueño de la vigilia. He soñado a través de la primavera, y ahora en el verano sueño más vivamente que nunca, acaso por el calor. Los paseos se están haciendo más frecuentes, quizás por la curiosidad y la angustia que crecen. En cierto modo he empezado el paseo de esta noche saliendo al balcón delantero a probar el fresco, aunque no lo hay realmente. Me reciben, como cada noche, filas de luces ordenadas como hileras de colmillos: las del malecón de al pie de mi casa, las del muelle que a 200 metros da la apariencia de cerrar la bahía, las del estacionamiento iluminado y las cantinas del otro lado del muelle, mucho las del pueblo mismo, intercaladas por manchones de copas de eucalipto, y al fondo las de los faros de los vehículos que dan la impresión de avanzar lentos como caracoles sobre la Panamericana, y por último, donde casi se pierde la vista, las de la urbanización fantasma Cerro Colorado. Sobre la mesa de mármol que da al mar descansan algunos volúmenes: la más reciente edición de Ultima Thulé, que me envía el autor, mi amigo Jean Malaurie; The 64 Sonnets, de John Keats; el tomo II de las Obras completas de Baltasar Gracián.
Chumpitaz me dice que yo no estaré volviendo a mi pueblo por un buen tiempo, o que de pronto ya no lo veré más. Este comentario medio desolador siempre nace de él, y siempre le respondo que yo no estoy dedicado a extrañar ese lugar que no conozco. Lo único que puedo afirmar sin peligro es que siento mi ausencia en su distancia. Hay días en que estoy lejos de mi pueblo y días en que el pueblo está lejos de mí. En cualquiera de los dos casos, parece que el lugar y yo estamos condenados a no coincidir, y ese hecho podría estar cavando agujeros sentimentales en mi persona. Como es un recuerdo emocionalmente vivo pero muy poco preciso, al grado que tampoco recuerdo su nombre. Mi pueblo se mueve casi sin límites por el mapa, incluso yo mismo lo muevo, según el ánimo, y luego tengo problemas para volver a encontrarlo donde yo mismo lo dejé. A veces lo ubico como una simple confusión de breves calles en la parte más alta de un valle andino, otras veces como una tristeza de casas inconclusas a poca distancia de una ciudad costeña, al borde de un desierto, de los dos lados de un río lento, o también en una hondonada que le hago compartir con un archipiélago de desolladoras pozas termales. Alguna vez lo he colocado en un lugar que a todas luces no puede ser, por ejemplo como una extravagancia teutónica junto a una laguna en la cima de un pico o en medio de un bosque de flores tropicales.
Todos estos desencuentros, que ahora me han vuelto luego de años de no pensar en ellos, para coincidir con el nuevo desorden de mis noches, quizás tienen que ver con que mi madre nunca me explicó bien lo de mi pueblo, nuestro pueblo, y ella misma se la pasó moviéndolo de un lugar a otro, según la historia familiar que me estuviera contando. Durante más de 50 años, toda mi vida, no le escribió a nadie de su familia, ni contestó mis preguntas sobre el tema. Ese es el tiempo que me he pasado acostumbrándome a ese movimiento de un pueblo desconocido a medias, el cual siempre termina siendo una perplejidad que me arrulla, pero a la vez una cuna de la que podría caerme en cualquier momento. Por eso prefiero que el día me encuentre caminando, que es una manera de fijar un lugar en la distancia. También escucho radio tempranísimo algunas mañanas, buscando en la música la clave de la ubicación, aunque en general la música me desubica. El resultado de todo esto es que ya no hago averiguaciones sobre el tema porque a la gente no le gusta que le pregunten de dónde es, de dónde viene, como si prefirieran no ser de ninguna parte, o solo de Lima, que para muchos es como ninguna parte, o incluso solo del lugar sobre el que están parados en ese momento. Tal vez también a ellos se les ha olvidado, como a mí, y no desean que se lo recuerde.
Antes de prepararme para salir a ese perlado mundo de focos encendidos, con un expresso recalentado delante de mí, le paso revista a mi sueño de hoy, que es más o menos así: siempre comienza con la frase Qa commence, desde hace dos días un vapor con velas arriadas hace cola ante el puerto con otros seis, anclados a unos cien metros de distancia del faro, esperando que en la orilla las olas se calmen para que los barcos que han coincidido frente al puerto puedan depositar pasajeros y carga. Pero a pesar del leve mar de fondo, de las inmensas olas en la orilla, de los tumbos y de la demora, mar afuera sobre las cubiertas de los barcos es una noche tranquila, bañada por una luz de luna llena abalsamada por un viento caliente de febrero. Cada tanto reaparece la ronda de los mojados lomos de bufeo, cortando el agua del color de un ópalo veneciano con decisivas cuchilladas curvas, entre alegres y solemnes. Las naves ancladas se mecen en racimo, como otros tantos cetáceos de mojado uniforme, y por momentos parece que en sus puntas las colgaduras de los mástiles en cualquier instante fueran a enredarse ansiosas unas con otras.
Las empresas navieras instalan sobre las cuatro cubiertas más elegantes pequeñas mesas con manteles cuadriculados de damasco blanco para una cena tardía, y en ese ambiente gregario algunos audaces se dan saltitos en bote para unirse a las tertulias de otros barcos. En todas la conversación es parecida: los que esperan desembarcar cuanto antes y los impacientes por seguir caleteando hacia puertos de más al sur, el extraño verano que parece traer más clima nublado que de costumbre, los méritos comparados de diversos dulces de Ica, Moquegua, Pisco y La Serena, temas de la política no polémica, todos orientados a reforzar la simpatía de clase en lo que finalmente no deja de ser una suave emergencia: barcos detenidos por una noche entre las cabritillas, y conversación amable pero alerta entre cuatro de los seis capitanes.
Sin que los comensales ya algo envinados lo sospechen, desde los bordes de los platos cargados de una comida náutica sin pretensiones, sobre todo galletas de agua partidas, entreveradas con aceitunas secas hervidas en orégano sobre un pescado seco difícil de identificar, las voces más agudas se van elevando hacia el alfiletero de las tenues estrellas del Centauro que esta noche domina la límpida bóveda, mientras que las voces más graves se dedican a recorrer de ida y vuelta alguna de las melancólicas espirales de la claridad lunar. Todo esto bañado por vinos vulgares pero honestos recién recogidos de la campiña chorrillana. (Mirko Lauer)