Vida Moderna De Berlín a San Borja, llega la fiesta electrónica callejera más grande: el Love Parade.
La Juerga Interminable
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Joyce, holandesa en el Siegessäule. |
Todos los estudios serios han arribado a la misma conclusión: la música se escucha sólo con los oídos. Tras confrontar tal afirmación con las fotos de Javier Zapata de los diversos Parades europeos, la repregunta cae por su propio peso. ¿Por qué la música electrónica le rinde culto al cuerpo? Este 16 de setiembre, y durante 9 horas consecutivas, el primer Parade limeño hará que la respuesta se caiga de madura.
El concepto de un Parade es sencillo: si la gente no va al espectáculo, el concierto se acerca a las gentes. El original nació en Berlín, en 1989. Un DJ de entonces, cansado de la escisión de su ciudad y el poco espacio que se le daba a su música, decidió remecer el Muro de Berlín 4 meses antes de su caída. Tomó prestado el camión de mudanza de un familiar cercano, lo equipó con parlantes y consolas, y marchó por las calles de la ciudad propalando su hipnotizante música, como si de un despechado flautista de Hammelin se tratase. El acto tuvo mucho de performance pero más de manifiesto político. La cifra que salió a las calles es inexacta, pero suficiente para elevar ese acontecimiento al nivel de una noticia. Años después, la noticia se instauró como tradición y, posteriormente, franquicia. El evento berlinés, bautizado desde entonces como Love Parade, ha congregado este año a más de 1.5 millones de caderas, 42 camiones y 50 escenarios fijos, además del apoyo de todas las fuerzas institucionales de la ciudad. No ha sido el único: el concepto del Love Parade ha trascendido Berlín, y ha colmado grandes ciudades como Hamburgo, Johannesburgo, San Francisco, Tel Aviv y México DF. La franquicia sudamericana ha sido llamada South Parade y, después de Santiago de Chile y su afluencia de 200,000 danzantes, acaba de llegar al Perú con la idea de hacer el segundo festival en Sudamérica.
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Empieza en el cruce de San Luis con San Borja Sur, al lado del serenazgo de San Borja. |
En coordinación con el municipio de San Borja, la música electrónica tomará el asfalto por asalto, para bendición de los danzantes y maldición de los vecinos. Un ejército de DJ’s de latitudes como las de España, Jamaica y Colombia se unirán a sus pares peruanos para recorrer 5 kilómetros del distrito. La dinámica es la misma de una parada militar o un corso cualquiera: la fiesta recorrerá del punto A al punto B durante 9 horas seguidas, empezando el sábado 16 de setiembre a las 3 de la tarde. En este caso, 10 camiones movilizarán a los DJ’s, animadores y a las anfitrionas de rigor –además de 3 ex ganadoras del Miss Perú– desde el cruce de la Av. San Borja Sur con San Luis hasta la Alameda de los Héroes del Ejército, junto al Pentagonito. El posterior
after party será gratuito. Las cifras son elocuentes: 6 zonas de baños portátiles y 4 ambulancias. Tomando en cuenta que la central del serenazgo sanborjino está en el mismo punto de partida del recorrido, se espera que la seguridad sea auspiciosa.
A pesar de la esperada montaña de desperdicios remanente, el balance se presume positivo. El puñado de DJ’s peruanos desplegará su frondosa paleta de sonidos, que va desde el tribal de Mayza Lozano y el minimal techno de Orieta Chrem hasta el más rockero electroclash del DJ Danny M. En un país donde el cuántohay y la payola rigen mucho de las ondas hertzianas, democratizar la música en vivo llevándola a las calles es casi un acto de filantropía. Y filantropía gratuita, pues obvia las cinco modalidades de discriminación vigentes en cada concierto: general, preferencial, vip, supervip y platinum vip.
Sin embargo, no está demás decir que ninguna de esas bondades podrá ser apreciada bajo un velo de prejuicios. Un rave no implica drogas, aunque estas sí potencien los efectos del mismo. Otro error implica el pensar que se trata sólo de “música para bailar” y no “música para escuchar”. Tal dicotomía no existe. Como explica el gurú electrónico Simon Reynolds, las frecuencias que golpean la carne hacen que todo el cuerpo actúe como una oreja. Es justo afirmar que pocas personas pueden asumir el anarquismo propio de estas maratónicas sesiones de baile sin caer en el descontrol. Y es que la verdadera alma de estos conciertos no es un anónimo DJ escondido tras un mote, sino la misma masa ululante del público. Oído a la música, pues el culto a la masa –tanto del público como de sus cuerpos– será la tónica de este South Parade. (Carlos Cabanillas).