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Policiales Breve repaso del rol femenino en la crónica roja peruana. De asesinas, delincuentes y mujeres al borde de un ataque.

Cuando Ellas Disparan

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Fieras de Ficción .- Las Diosas Malditas, pitucas letales antagonizando a La Gran Sangre. Según la productora, el rating promedio general es de 20,5. En A/B, 19,6.

A más belleza, más muerte. Cleopatra y Helena de Troya, mitos que provocaron guerras con sólo pestañear sus ojos, demostraron que detrás de un gran crimen hay una gran mujer. La rivalidad por la hembra como móvil, causa y conclusión de toda tragedia es el argumento predilecto de todo darwinista de cantina que se precie. Freud, a comienzos del siglo pasado y con más andamiaje teórico, aterrizó la idea en tres ejemplos concretos: el Edipo de Sófocles, el Hamlet shakespeariano y la historia de Los Hermanos Karamazov. Tres crímenes azuzados por vaginas dentadas. Y sin embargo, la historia prueba que ellas también saben tomar la culata de un fálico revólver con sus propias manos.

El primer ejército del mundo en valorar la sangre fría de las asesinas fue el judío. Luego, las fuerzas armadas de Fidel Castro y el Ayatollah Khomeini. En el Perú, las mujeres que se han manchado las manos de sangre pueden contarse con los dedos. Para el periodista Luis Jochamowitz, su rol de móvil y asesina puede presentarse de forma simultánea. “La policía sabe que cada criminal o cadáver, por invisible que parezca, está relacionado siempre con una mujer visible”. La frase “cherchez la femme” sintetiza esa técnica clásica en las pesquisas, tanto en las policíacas como en las cinematográficas: para llegar al hombre, busca a la mujer. Sucedió en el caso de Yolanda Manrique, una meretriz internacional presuntamente regenerada que solía esconder un estilete en las ligas de su media (ver CARETAS 1184). El fallecido Carlos Goldz, presunto espía, tenía un perfil. A ella la condenaron a 30 años. Fue asesina, pero también chivo expiatorio de la moral pública de los años 20. Para Jorge Salazar, periodista y habitué de las morgues, las mujeres chilenas –como la misma Yolanda- “introdujeron el crimen y el puterío en Lima”, pues en esos años el país del sur era pobre y sus mujeres –como sucede hasta el día de hoy- destacaban por su belleza. “Recuerde el bataclán –apostilla Salazar- aquel grupo de chilenas de cabaret que acuñó por primera vez el término. Y también a “El cabro Arenaza y la gata”, una pareja de bandidos chilenos de alto vuelo de fines de los cuarentas. Ella andaba con abrigo de visón”. Pero los cuarentas estuvieron marcados por otra vistosa mujer. Angélica Pedraza (a) “La Rayo”, fue una popular “escapera” (asaltante al paso) que puso en jaque a la Lima de post guerra. “Fue contemporánea de Tatán, pero la fantasía popular los hizo pareja”, afirma Salazar.


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