Fotografía Cabelleras doradas, furiosas o mojadas protagonizan muestra de Anamaría McCarthy.
Criaturas Celestiales
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Sobre estas líneas serena sirena: “Ella es nadadora, entonces tenía que tomarle las fotos en su hábitat”, dice McCarthy. |
La mitología le confiere vida propia. Desde la bíblica fortaleza de la cabellera de Sansón, hasta la leyenda de la marquesita muerta que arrastraba en su penar larguísimos rizos color cobre, y que García Márquez convirtió en la historia de Sierva María en “Del amor y otros demonios”. En la literatura infantil, también, cada hada, princesa y bruja aparece rodeada de la respectiva melena: mágica y luminosa, en algunos casos, fiera y oscura en otros. “Pensé mucho en la historia del arte; en pinturas y esculturas en donde el cabello reflejaba la personalidad del retratado”, explica la fotógrafa Anamaría McCarthy sobre “La edad se cuenta de cabello en cabello”: muestra que requirió que los retratados se soltaran las trenzas para su cámara. Literal y metafóricamente.
Esta fascinación por el tema no es reciente. En su primer autorretrato sostiene una pieza de cabello de su madre, muerta un año antes: cuando encontró un moño hecho con sus propias hebras, a la usanza de las cincuenta, “tomé la foto que nunca tuve con mi mamá: sintiendo su cabeza entre mis manos”, recuerda. En su última exposición, cuán dramática resultaba la vista de una cabeza desnuda, afectada por el cáncer. Quizás este trabajo sea una respuesta al peso emocional de esa experiencia. Lo cierto es que ahora sus imágenes hablan de movimiento, libertad y fluidez. “Y de música”, agrega. “Porque es como si estas cabelleras tuvieran una melodía propia”. (R.V.)