Sociedad Cuando confiar es un verbo difícil de conjugar sin amargura o risa, historias de fe llegan para contradecir a los descreídos.
Milagros Morados
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Parálisis Curada.- A Alfredo Lavado nunca le pudieron explicar por qué estuvo paralizado durante 3 meses. |
Llega octubre, y de repente no importa que las calles del Centro luzcan zanjas típicas de temporada de elección edil. Tampoco que paso a paso se pueda estar dejando la vida en manos de los devotos de los bolsillos ajenos. La efigie del Señor de los Milagros tiene tras de sí mucho más que los miles de fieles que acompañan su lenta peregrinación. Desde que deja el Convento de las Nazarenas el primer sábado del mes, interminables y desordenadas hileras de seguidores se reconcilian con los sinsabores cotidianos y hacen un verdadero esfuerzo por creer. El incienso y los cantos, la luz de los cirios encendidos, la estela morada que rodea al Cristo de Pachacamilla despiertan en muchos un fervor adormecido el resto del año. Pero también ayudan a otros a renovar promesas y agradecer por una vida en la que los milagros sí pueden cumplirse. Con esmero, empeño u oración.
En Cuerpo y Alma
Era 1990 y Alfredo Lavado, de nueve años, estaba a punto de dar los exámenes de último bimestre en el Colegio San Agustín. Entonces, sin motivo ni aviso, la mitad derecha de su cara y cuerpo dejó de responderle. Trastorno esquémico, le dijeron a él y a sus padres en la Clínica San Juan de Dios, sin que su encefalograma determinara la razón de su severa parálisis, o si sería temporal o permanente. En su casa, su mamá continuaba con los ejercicios de rehabilitación que le enseñaron en la clínica, pero no mejoraba. Como no podía escribir ni hablar, para no perder el año balbuceó las respuestas de los exámenes a sus profesores.