Danza Novel generación de bailaoras colma de duende temporada taurina. Alumnas honran escuelas limeñas.
Novísimas Majas
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Estampa lorquiana, Margarita Villalobos sumergida en solariego baile. |
La plaza de Acho se prepara para la fiesta del toro bravo y su encuentro con el hombre sobre la arena, ante la presencia de la vida y la muerte. A su alrededor, alegría, la fiesta flamenca palpita. El baile y el toreo acoplados en octubre, no sólo por ser costumbres hispánicas sino también porque los dos son energía viva en medio del combate. Estirados los brazos, parecen alcanzar el cielo. Como una sombra de ave, la bailaora
prepara su cuerpo para la primera pieza “Por un momento el mundo se congela, desaparece todo, solo quedan tú y tu cuerpo dejándose llevar por la música”, dice Fiorella Morote (24) dispuesta a empezar una bulería. “Es una forma de expresar las emociones como cualquier baile; pero es más intenso que ninguno, me conmueve toda”.
El Origen
Una noche en la década de los sesenta, la familia Amaya arribó al Perú. Por una gira artística María Amaya primera bailaora española (hermana de Carmen Amaya, institución del baile flamenco femenino de todos los tiempos) vino acompañada de su esposo el famoso gran guitarrista “El Moro” y así, trajeron consigo, no sólo a Leo Amaya en el vientre de María a punto de nacer, sino también la sangre gitana que luego bañaría el sentido de gran parte de la tradición flamenca en el Perú. La familia Amaya se convirtió en el símbolo más noble de este arte. Hoy, son sus hijas, Leo y Esperanza, una dedicada principalmente al cante, la segunda al baile; quienes dan fe de la herencia familiar que bien saben cuidar y que además comparten generosamente en su propia casa en donde está la escuela. Sin pretensiones faranduleras ellas logran mantener esa mística gitana que les viene de sus ancestros, a pesar del transcurrir del tiempo.
Las Nuevas
Hay historia y también una nueva generación de bailaoras. Ellas vienen de aprender de maestras como Lourdes Carlín y su “Alma Gitana”, y de Cathy del Sol con su “Sangre Flamenca”, y de Esperanza Amaya con su “Flamenco Puro”, abriendo paso al nuevo panorama de baile flamenco en el Perú.
A pesar de venir de distintas escuelas, las noveles bailaoras concuerdan en algo, a pesar de la técnica, ésta no debe ser un obstáculo para dejar fluir la pasión, imprescindible en este baile, “Me quedo con el flamenco puro, me gusta más lo salvaje que algo estilizado y efectista, el flamenco es para sentirlo”, dice Margarita Villalobos (31).
Para el baile flamenco no hay medias tintas; si gusta, apasiona y ni la universidad ni el trabajo ni el amor podrán ir en su contra. “Estaba en exámenes finales de la universidad, después tenía que ir a trabajar a la pizzería. Todo lo hice corriendo para poder llegar después de todas mis obligaciones a mi ensayo general, pero mis cálculos fallaron, así que tuve que vestirme antes, atendí toda la noche en la pizzería vestida de sevillana”, ríe llena de orgullo Ángela Bocanegra (22). “Sabía que podían despedirme pero primero estaba mi ensayo general, no me podía hacer esto a mí misma”. Ellas trabajan y estudian y ya están decididas a seguir bailando hasta la muerte. “Nunca voy a dejar de bailar, sería desligarme de una parte de mí”, concluye.
“Esta danza es auténticamente fuerte, descubrí una Margarita sólida, más guerrera y segura gracias al flamenco”, dice Margarita Villalobos. “Te motiva a seguir luchando”, acota Diana Cuéllar (21), “una noche, se me rompió el taco en medio del escenario, en pleno final de un zapateo; no sabía qué hacer, llorar, irme corriendo, y algo sucedió, me llené de no sé qué, algo parecido al fuego y seguí, con más fuerza que nunca, este baile es también un reto hacia mí misma”.
Hay quienes persisten zapateando durante el día y la noche. El baile recién empieza. La temporada también. Que despierten con el temperamento de su cuerpo la casta del fiero toro de lidia. Y olé. (Paloma Yerovi).