Cultural Afamado director de orquesta mexicano llega a Lima dispuesto a bajar al llano la música clásica.
Batuta Barrial
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Con su metro noventa y seis de estatura, Eduardo García Barrios experimenta desde todo lo alto para acercar la música sinfónica a los estratos populares. Empieza con “La Patética” de Tchaikovsky. |
"Te dejo, chava”, me dice Eduardo García Barrios antes de tomar la batuta para dirigir el ensayo de la Orquesta Sinfónica Nacional. Batuta que suelta pronto para despertar, a mano pelada, violines, oboes y demás instrumentos que se desperezan con las notas de la sexta sinfonía de Tchaikovsky, “La Patética”, última composición atormentada del músico ruso. Entonces, García Barrios se entrega a una especie de danza en la que sus manos se mueven con la gracia de una prima ballerina hasta encresparse con movimientos violentos cuyo código los músicos interpretan bien.
Estamos en el sótano del Museo de la Nación y la Sinfónica se prepara para el concierto a beneficio de Radio Filarmonía, que a través del 102.7 de la FM democratiza la música clásica llevándola desde Las Casuarinas hasta los arenales de Ventanilla. El concierto será este viernes 20 en el Colegio Santa Úrsula y el director mexicano, de visita en el Perú y hasta hace cuatro años director de la Filarmónica de la Universidad de Lima, está empeñado en hacer honor a su apellido y llevar la música de vuelta al barrio.
–¿Cómo hacer llegar la música clásica a las zonas populares?
–Primero hay que querer llevarla y crear en el barrio el espacio para que una orquesta pueda tocar. En segundo lugar, hay que traer el barrio a los espacios donde se toca esta música. Uno de los grandes impedimentos para esto es la aparente separación entre la música “clásica”, de concierto, y el sentir popular, lo cual es un prejuicio, pues la música no es elitista en sí misma. Hemos realizado conciertos para la población que no tiene acceso a este tipo de manifestación artística y que, sin embargo, tiene la sensibilidad para apreciarla. Lo importante es crear los vínculos para que la música de concierto sea un aspecto cotidiano de cualquier parte de la población.
–¿Qué experiencias conoces al respecto?
–En México organizamos muchísimas giras a provincias y barrios populares, tocamos en iglesias, en pequeños teatros y en cines. La gente capta la emoción que hay detrás de la música sinfónica, y no necesariamente tienes que llevar música fácil. He hecho conciertos en barrios populares con programas de Stravinsky y Revueltas y a la gente le fascina y sientes en la sala ese silencio, esa atención, ese estar descubriendo los colores, los instrumentos, las melodías, las sensaciones, las texturas.
–¿Cómo lo notas de espaldas al público?
–Percibes la diferencia entre un silencio de atención y uno de aburrimiento.
–¿La ruptura del silencio?
–Una especie de silencio-modorra, a diferencia de la atención y la energía que sientes cuando la gente se permite adentrarse en este mundo pieza tras pieza. Pero un concierto de corte popular debe durar máximo una hora, porque lo que sí requiere esta música es concentración.
–¿Cómo cautivar a un público no acostumbrado al disfrute de una sinfonía?
–A través del Estado, que tiene la obligación histórica de darle a la comunidad artística los recursos para su crecimiento, y establecer programas de constante vinculación entre los grupos artísticos y la comunidad. Por otro lado, la creación de orquestas infantiles y juveniles. Y ahí el caso paradigmático es Venezuela, cuyo mapa social cambió a raíz del programa de orquestas y coros juveniles: doscientos mil muchachos haciendo música en los barrios populares. Es un programa que lleva treinta años y que comenzó con la creación de núcleos de orquesta en todo el país. Recibe apoyo del Estado y un contrabajista de 17 años de una orquesta juvenil de Caracas ya ingresó a la Filarmónica de Berlín.
–Entonces, dinero, educación…
–Un sistema de educación generalizada donde los jóvenes hagan música, pues no basta con llevarlos a un concierto una vez al año, hay que hacer que ellos toquen el concierto. Estoy convencido de que Mozart, Beethoven, Brahms, Stravinsky, Revueltas, Garrido Lecca, Valcárcel, quien sea, son manifestaciones humanas que le pertenecen a la gente y que hay que devolverle a la gente.
–¿Qué proyectos has vivido de cerca?
–La organización de la orquesta infantil de México, que reúne a 160 niños escogidos entre los mejores de toda la república. También acabamos de fundar la asociación Laboratorio de Investigaciones Escénico-Musicales y estamos realizando un trabajo con jóvenes cantantes profesionales, investigando los procesos entre cuerpo, voz, textos y música pura. Recibimos apoyo del gobierno de la ciudad de México y de fundaciones privadas.
–¿Y cuándo has sentido el silencio-modorra del que me hablabas?
–En algún evento social donde la música era un adorno. Sientes que las notas salieron, pero no hubo la magia que siempre estás buscando y que se logra cuando se conjugan las sensibilidades y las energías, que es cuando todo fluye, cuando todo es fácil, cuando la orquesta se convierte junto con el director en un único ser.
–Como hacer el amor.
–Totalmente. O sea, tienes esta relación en la cual te fusionas, y esta fusión produce que la música fluya de una manera natural. Te excitas en el sentido sensual, pero no sexual, porque aunque la música tiene un enorme contenido sensual y erótico, como artista hay una parte fría, de control. Te pierdes, te fusionas, pero al mismo tiempo estás alerta. Ahí está la diferencia. Hacer el amor es perderse. (Maribel de Paz)