Cultural Mauricio Delfín, hijo del escultor, se presenta a combazos y tumba irritante obra pública. Denuncia penal en marcha.
El Delfín De Delfín
 |
Un Día de Furia.- Momento preciso de la caída de las placas, con el agravante de haber ocurrido en día de elecciones. ¿Vandalismo o legítima respuesta ciudadana? |
Hace bien Mauricio Delfín, antropólogo e hijo del escultor Víctor Delfín, en decir que está en otra onda. Durante la entrevista, el también creador de arte electrónico se negó a ejecutar alguna acción parecida a la que efectuó el 19 de noviembre. En plenas elecciones municipales, Mauricio destruyó a combazos seis placas de un muro del “Paseo de los Poetas e Intelectuales”, en Barranco. Su inspiración fue el poema “Angustia Del Espacio” de Moro. El muro era un espanto. Impedía la vista al mar y tapaba la cruz de Barranco. Eso lo reconocen incluso el alcalde Martín del Pomar y José Elías, asesor cultural
ad honorem. Expiada la ira, Delfín señala que es hora de erigir espacios de encuentro en lugar de monumentos inexplicables, especialmente cuando Barranco tendrá nuevo alcalde, pues al parecer la política cultural de Felipe Mezarina, virtual vencedor, es inexistente.
Del Pomar y Elías no le creen. Al cierre de la nota, una denuncia penal en contra del vástago del escultor cobraba cuerpo. Delfín hijo señala que ésta se mueve dentro de la ilegalidad: “La obra, realizada en espacio público, nunca fue presentada al Concejo Municipal, nunca hubo concurso, no cuenta con estudios de impacto ambiental y social. No he matado ni violado a nadie. He protestado ante un atropello a mis derechos ciudadanos”.
Aunque la Constitución consiente la defensa legítima, el artículo 73 señala que los bienes de dominio público son inalienables. Le consultamos sobre cómo reaccionaría si destruyen la obra no menos “sacarronchas” de su padre, la de los amantes en el Parque del Amor. Mauricio contesta decidido: “Que vayan. Pero, ¿acaso alguien ha ido?”
La violencia es indefendible, pero es difícil parcializarse con alguien cuando el proceder de obras públicas no tiene pies ni cabeza. La ineptitud burocrática ha convertido al distrito que cobijó a Eguren y Martín Adán en tierra de nadie. Del Pomar apunta que el muro no le costó ningún centavo al Municipio, pues fue donado por los vecinos. Entonces dijo “ya”, como quien acepta un caramelo. No hubo una evaluación de propuestas para escoger al mejor. Si bien se saneó una zona abandonada, la grandilocuencia costó caro. Elías afirma que están “corrigiendo errores involuntarios”. Lo curioso es que cuando CARETAS volvió al lugar de los hechos, unos obreros estaban parchando Dios sabe qué. Llegó la policía, y preguntaron por el permiso. No existía. En comunicación telefónica, Elías indica que llegó con el papelito sagrado “justo 10 minutos después” de nuestra retirada. Elías y vecinos han propuesto otro bosquejo para reemplazar al muro. Lo han denominado pomposamente “El Arco Del Triunfo”. Otra vez el diálogo de sordos, el “puenteo” de los mecanismos formales.
No se trata de adherirse al aforismo “Destruir para construir”, pero lo que les pasa a los Delfín es una cosa de locos. El edificio que viene levantando Bragagnini Constructores S.A.C. al lado de la casa de los artistas, declarada Patrimonio Cultural de la Nación por el INC, ya alcanzó los 7 pisos: la privacidad se trizó como las placas trituradas. Y la vista al mar será aderezada por un restaurante “Rústica”. La tradición se ahoga. A eso se suma el muro de la discordia, ubicado a una cuadra de la casa-taller.
La incoherencia urbanística ocurre cuando el voluntarismo se confunde con tomar decisiones de cualquier manera. Su remedio está en recuperar el valor de la palabra. En tener arrojo, que no se obtiene necesariamente de una comba (J.Tsang).