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Cultural Isabel Gómez presenta libro donde relata su breve paso por la cárcel limeña.

Presa por su Nombre

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Hace una semana Gómez supo que ya puede volver al Perú sin temor a ser detenida. Por increíble que suene, está planeando su regreso.

El error de identidad que la confundió con una narcotraficante, y las inexplicables decisiones de la Policía y Poder Judicial nacionales condujeron a la periodista española Isabel “Lula” Gómez Benito a la prisión de Santa Mónica en el 2004, cuando había venido a Perú a pasar una semana de vacaciones. Gómez ha querido que esta experiencia signifique algo más que un mal trance. El primero de diciembre presentó en una cárcel de Asturias “Condenadas al Silencio”, libro en el que expone el problema de la homonimia para la justicia peruana y donde, además, denuncia la situación penitenciaria local. Aquí, un fragmento preparado por ella misma.

¿de verdad que usted se llama así? Me preguntaron al presentar mi pasaporte en la aduana de entrada a Perú.

–Sí, claro, respondí, tranquila.

–¿Seguro que se llama Isabel Gómez Benito? –me insistió la agente de policía despacio, y parándose en cada uno de mis nombres–. ¿No tiene usted ningún segundo nombre u otra cosa? –insistió, parapetada por un cristal de protección, al tiempo que me devolvía la documentación y confrontaba papeles.

–Me llamo así, tal y como dice mi pasaporte –repetí tranquila según me dejaba pasar e intentaba orientarme en el aeropuerto para recoger mi macuto y empezar mis vacaciones de Semana Santa.

–Señorita, disculpe, ¿puede acompañarnos? Necesitamos aclarar algo de su pasaporte, un pequeño problema –dijo uno de los agentes de civil que, según tiraba de mi equipaje, esperaba detrás mío. Acababa de aterrizar en Lima; viajaba sola, de vaqueros, mochila, con intención de visitar Cusco y Machu Picchu, y no tenía nada que ocultar. Sin problema, sin miedo, pensando en resolver cualquier trámite burocrático, les acompañé.

Mi delito, descubriría más tarde, llamarme (nombre y dos apellidos) exactamente igual que alguien buscado por la justicia de Perú desde hacía 10 años por un tema de drogas. Mi intención era sólo pasar una noche en Lima y volar a Cusco al día siguiente, para lo que ya tenía billetes. Ese domingo 4 de abril, por la mañana, había salido de la ciudad donde vivía, Bucaramanga, en Colombia, para disfrutar de mis vacaciones.

Fueron como tres horas largas en aquella comisaría. Allí me pidieron de nuevo que me identificara y me volvieron a preguntar si mi nombre era aquel que figuraba en mi documentación. Mi tranquilidad y seguridad les desconcertaba. No tenía nada que ocultar y desde un principio me mostré calmada: dispuesta a colaborar y pidiéndoles que, por favor, contactasen con quien necesitasen: Ministerio del Interior, Exteriores, Consulado español...

–Verá; no sabemos si es cierto o no, pero en nuestro registro hay una Isabel Gómez Benito buscada por la Interpol por tráfico internacional de drogas –terminaron por decir, mientras llamaban a otros departamentos, a la central de Policía, se acercaban nuevos policías y comisarios y seguían pidiendo datos y datos a la máquina.

Incrédula, todavía sentada en el mismo sillón, ni siquiera hablé. Extendí los brazos enseñándoles las manos y les pedí que me tomaran las huellas, que comprobaran el resto de mis datos: nacionalidad, lugar de nacimiento, el número de pasaporte, la foto...

Con calma por el absurdo les decía que mi nombre era común, que lo comprobasen, que nunca había estado en Perú... pero los ordenadores centrales de la Policía –me dijeron– no estaban disponibles para averiguar lo que yo afirmaba, y no había nada que hacer ante las 1, 2, 3 y hasta 11 órdenes por TID (tráfico ilegal de drogas) contra alguien con mi mismo nombre.

–Mire, mañana todo se solucionará; pero es que ante un caso de narcotráfico como el suyo no podemos dejarla ir. Está detenida Hoy pasará la noche en calabozos y mañana se la llevará ante la justicia –sentenció un policía que mientras me leía los cargos me esposaba

Cerca de las doce de la noche salía del aeropuerto, esposada y custodiada por dos policías que me pedían caminase a paso ligero por los pasillos del aeropuerto.

Así empezaba el peor viaje de turismo a un Perú jamás imaginado y una estancia de 12 días en varios calabozos de Lima y en el penal de Santa Mónica de Chorrillos, también en Lima. Así viví 12 días largos, hacinada y sin libertad, en una cárcel, la de Santa Mónica, sobre la que pesan denuncias ante Naciones Unidas por haber puesto cristal machacado en las comidas de las presas políticas para que quedasen ciegas. Así empezaba el recorrido por las historias de mis 70 compañeras de celda, por un mapamundi de verdades y mentiras que nunca aparecen en los atlas ni en los libros y forman parte de la historia con minúsculas de América, de los pobres, de unas mujeres que tenían entre 17 años y 75 años de edad, sin libertad, sin derechos, sin voz y a la espera, a la infinita espera de una salida que nunca se sabe cuándo ni cómo llegará.

Yo salí rápido, 12 días que duelen o pesan como cien mil horas. Finalmente tuve suerte, pero me robaron todos esos días, unas horas que también se las quitaron a mi familia y a la gente que no durmió ante aquella detención errada, ante aquel dictamen de ingreso inmediato en prisión por parte de los jueces y ante aquella no aceptación del habeas corpus (detención ilegal), entre otras irregularidades.

Las penas de mis compañeras estaban por verse; según los informes del penal –con capacidad para 450 mujeres y con casi 900 mujeres allí, sólo el 15% de las mujeres recluidas estaban condenadas; el resto... esperaba día tras día noticias de alguien, de algún juzgado, algún familiar... que les contase qué hacer y cómo iban sus casos. La cárcel de Santa Mónica es un viejo barracón en las afueras de Lima con dos secciones: para presas comunes y para terroristas, de máxima seguridad. En ella todo es viejo y las instalaciones se reducen a patios de colegio donde lo único que hay es sol, y diversas habitaciones sucias que hacen las veces de despachos, sala de juicios y enfermería Por no haber no hay ni comedor. Los talleres, de punto de cruz, se hacen en el patio, al sol en verano, o a la lluvia, en invierno. Se come en la celda; la comida entra en cubos tres veces al día.

Esa eterna espera de fecha para juicio para casi la mayoría de las presas y ganas de que ocurra algo hace que todo dentro pueda ser noticia; porque allí no llega información pura; sólo rumores, y todo es falso o puede serlo. Esa fue la primera indicación que me dieron la primera noche que dormí allí, el primer consejo del penal.

–Oye, tú, aquí no te fíes de nadie, ni de tu padre; tampoco de mí; todo es mentira y estás en una cárcel, te lo recuerdo. Guarda tu dinero bien y duerme con tu mochila abrazada como si fuera tu almohada –me gritó en perfecto inglés Tova, a la vez que me lanzó una manta gruñendo, ya en español, un “ni manta tiene”, y prometiendo que hablaríamos al día siguiente. Ella es holandesa (y lo digo en presente porque sigue en el penal); lleva allí 16 años y le quedan sólo dos. La pillaron con cocaína; traficaba. (Lula Gómez)


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