Internacional Con la muerte de Pinochet reaparece una derecha dispuesta a justificar matanzas y millonarios asaltos al erario.
Funeral de División (VER)
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Antes de que los restos fueran cremados, el ataúd fue jalado por caballos mientras se escuchaba los Viejos Estandartes, uno de los himnos militares favoritos de Pinochet. Su nieto militar será sancionado por discurso político. |
La impactante polarización vista en el vecino Chile alrededor de los funerales del ex dictador Augusto Pinochet no se expresó solamente en los festejos de sus opositores y la furiosa defensa de sus simpatizantes. Según un sondeo del diario La Tercera realizado pocos días antes de su deceso, el 55% de encuestados se mostraba en desacuerdo con que reciba honores de ex jefe de Estado. Pero a un 45% le parecía correcto que la presidenta Michelle Bachelet asistiera al funeral y el 51% sí favorecía los honores propios de un ex comandante del Ejército, que fueron finalmente los que enmarcaron el acto. El terrible récord de Derechos Humanos que dejó su gobierno se oponía, para sus partidarios, al “orden” impuesto frente al caos de los estertores del gobierno de Allende y a la fortaleza económica legada por el régimen (que sus detractores le atribuyen más bien a la última recta capitaneada por Hernán Büchi y al desarrollo en democracia). Pero las revelaciones más recientes sobre la inmensa fortuna amasada por Pinochet debieron terminar de emparejar el suelo. El Riggs Bank cifró su fortuna entre US$ 50 millones y US$ 100 millones. Los tribunales chilenos encontraron el rastro de US$ 27 millones. Ahora las cuentas del Riggs guardan más de US$ 9 millones y el uso que tendrán ya abrió un nuevo debate.
Por eso asombraron los honores rendidos por las Fuerzas Armadas. Aunque, como lo describe José Rodríguez Elizondo en el artículo a continuación, la institución militar chilena no sea la misma que la moldeada por el dictador.
La situación la resumió el actual ministro del Interior chileno Belisario Velasco. Para él, Pinochet pasará a la historia como “un dictador que violó los derechos humanos y se enriqueció”. El presidente del Partido Socialista, Camilo Escalona, añadió que la derecha de hoy “volvía a pinochetizarse” y criticó el excesivo compromiso de la cúpula castrense con ese sector.
El saludo fascista al ataúd observado en la carátula de la presente edición recuerda que, a pesar de los tiempos, cada tanto vuelve a manifestarse una derecha contenta con justificar matanzas e incalculables saqueos al erario.
Un Liderazgo Aberrante
A pesar de los cambios experimentados por la sociedad civil y militar, incluso desde su féretro, seguía siendo el máximo catalizador de rechazos.
Pese a que fui una de sus víctimas objetivas, yo no descorché botellas de champán ni salí a gritar de alegría ante la muerte dominguera del general Augusto Pinochet Ugarte. Más bien, entré en estado de cristiana reflexión, del cual sólo salí cuando escuché la exigencia, altanera, de honores de Estado para el ex dictador.
Eran chilenos que, sin ser dioses, ya le habían perdonado todos sus errores y horrores. Antes del escándalo del Banco Riggs, hasta lo habían homologado con el gran Charles de Gaulle. Creían que su anticomunismo –feroz, pero provincial– había sido decisivo para terminar con la guerra fría. Gorbachov, Reagan y Juan Pablo II habrían sido sólo seguidores del adelantado gobernante chileno. En definitiva, Pinochet se les aparecía como más prócer que el “izquierdista” Bernardo O’Higgins.
Ahí entendí que, aunque uno quiera mirar con distanciamiento su figura, siempre llegará a la misma conclusión: incluso desde su féretro, seguía siendo el máximo factor de división social. Aunque no lo quisiéramos, todos debíamos mantener nuestro conflictivo Pinochet de bolsillo, para uso y abuso personal. Unos celebraban su muerte, otros la lloraban. Unos lamentaban que se fuera sin condena judicial formal, otros lamentaban que la presidenta Bachelet no lo despidiera como un padre de la patria.
Si la sociedad chilena se rigiera por la lógica, hoy tendríamos que dar un suspiro de alivio: al menos queda la esperanza de que, en un tiempo más, desaparecerá la última estela de ese gran catalizador de rechazos. A partir de entonces, tal vez podamos tratar de querernos más … o de agredirnos menos.
El Test del Ejército
Sin embargo –y paradójicamente–, la división política que catalizó Pinochet ya había dejado de ser simétrica con la división social. Los distintos informes sobre sus gravísimas violaciones de derechos humanos y, a mayor abundamiento, la evidencia de que había acumulado ingentes ahorros a costa del país, excedieron las tragaderas de sus seguidores con militancia.
El delito monetario, más que el crimen, fue el puntillazo para el pinochetismo de las élites. La última campaña presidencial mostró a Michelle Bachelet, Sebastián Piñera y Joaquín Lavín (todo el país politico) coincidiendo, expresa o tácitamente, en que el hombre no calificaba para recibir honores póstumos de Estado.
Por eso, ahora es importante analizar, a cabalidad, lo que sucedió en ese sector literalmente estratégico de la nacionalidad que es el Ejército. Esa organización que fuera el alma mater del dictador y el bastión de su fuerza política como gobernante.
En esta arma –y por extensión, en las FF.AA.– el proceso fue de la mayor complejidad comparativa. Esto, pues Pinochet no presidió un régimen institucional como el brasileño de los años 60-80, con pulcra alternancia de gobernantes militares. En rigor, lo suyo fue una dictadura personalista exacerbada, apoyada sin deliberación por soldados, marinos, aviadores y carabineros.
Haciendo de la arbitrariedad virtud, Pinochet pudo jactarse, entonces, de haber mantenido a los uniformados fuera de la política. De hecho, sólo una minoría de oficiales resultó contaminada y/o condenada por sus decisiones más escalofriantes. Por cierto, Pinochet no asumió nunca la responsabilidad por esas obediencias ciegas o esos destinos frustrados.
En ese ambiente enrarecido, de división nacional mantenida y liderazgo irresponsable, el sector castrense chileno debió equilibrarse en la cuerda floja de su institucionalidad. Sus jefes hasta acataron la heterodoxa decisión de prepararse para una eventual guerra con el Perú de Juan Velasco Alvarado, de la cual se marginó a la desconfiable sociedad civil. Luego, fueron eficientemente disuasivos para impedir una guerra con la Argentina de Jorge Rafael Videla.
Aquello indicaba que, obedeciendo a su tradición y reflejos, los militares querían mantenerse como instrumento profesional de la Defensa, pese a que su jefe máximo no convocaba a la unidad nacional, estaba internacionalmente aislado y no respetaba los fundamentos morales del mando. Pese a que atornillaba al revés.
Sólo así se explica que, mientras los exiliados, los disidentes internos y el mundo, veían al Ejército chileno bajo el prisma oscuro de Pinochet, un notable recambio de oficiales venía marchando hacia la cúpula. Gracias a su inteligencia crítica, a sus habilidades para la simulación táctica y, sobre todo, a la evidencia de sus méritos, no pudo eliminarlos en plena carrera ni subordinarlos a presuntos incondicionales.
En ese contexto, bastaron ocho años y dos sucesores –los generales Ricardo Izurieta y Juan Emilio Cheyre– para que el Ejercito de Pinochet volviera a ser reconocido como el Ejército de los chilenos. El actual comandante en jefe, general Oscar Izurieta, incluso ha tenido el gesto de reconocer que, sin esos dos predecesores, él no habría llegado a la cúpula de su arma.
Desde esta perspetiva, el mayor fracaso de Pinochet fue no haber construido un Ejército a su mala imagen y semejanza, para imponer su mitología de líder anticomunista global. Fue casi un milagro, según la sociología de las instituciones verticalizadas.
Legado Paradójico
Los chilenos tenemos, hoy, un Ejército escarmentado y enriquecido por un durísimo
shock vocacional. Sus nuevos líderes buscan mostrarse a la civilidad, explicarle sus misiones fundamentales y servir a la democracia, sobre la base del nuevo concepto del “profesionalismo participativo”. Su sólida formación académica –no sólo en ciencias y artes militares– los ha hecho asumir tres realidades básicas: el riesgo de aislarse de la sociedad, el peligro de una opinión internacional antagónica y la necesidad de privilegiar la cooperación con los tres países vecinos.
Puede apostarse que este Ejército está haciendo, de manera simultánea y con la discreción que corresponde, el análisis interno de todo lo malo que Pinochet perpetró en su nombre. Por lo mismo, hoy puede mirarse en el espejo de los ejércitos de las democracias desarrolladas.
Sin duda, es un sorprendente “antilegado” pinochetista. Además, podría ser un estímulo adicional para que los dirigentes políticos rectifiquen comportamientos disfuncionales, como su aparente laxitud ante las señales de corrupción. Si no imitan determinadas pautas o exigencias de la transición militar, dilapidarán el capital que significa un buen ejército para una mejor democracia.
En resumidas cuentas, Pinochet fue un dictador que, pese a algunas originalidades y al tropicalismo de algunos incondicionales, debe ser encasillado en el panteón de los otros dictadores históricos de la región. Por lo mismo, su mejor epitafio podría ser ése que algunos franceses ingeniosos adjudicaron a Richelieu: “Todo el mal que hizo lo hizo bien y todo el bien que hizo lo hizo mal”. (José Rodriguez Elizondo)