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11/Ene/2007
 
 
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3ER. PREMIO: Una Cita Importante

Sabes que dentro de poco lo verás, ausente y lerdo, avanzando con sus pasos inacabables como si alguien le diera cuerda o como si el tiempo no pudiera afectarlo. Eso sucederá en la esquina de Zepita con San Martín y tú deberás mirarlo en silencio, fascinado y tenso, sin hacer otra cosa que aferrarte al volante de tu Dodge Coronet setentidós. Tal vez intentarás pensar en Ana, en los niños o en el proyecto urbanizador de Santa Inés. O probablemente volverás a verte tendido en el pavonado sofá del doctor Claudet y resignado a la escena de todas las semanas, le ofrecerás tu juventud en sosas confidencias, como si reseñaras un filme de Lelouch.

Ahora lo ves. Estás por llegar al semáforo y él –con su puntualidad mordaz, irritante– se encuentra al borde de la acera. Sabes que en los próximos segundos todo se desarrollará con el mismo libreto con que ha sucedido desde semanas atrás, tal vez desde meses o años atrás; cuando él intuya la luz roja bajará del parapeto y, apoyado en su asqueroso bastón (a veces crees que es una víbora dócil) iniciará el cruce a la otra acera. El semáforo cambiará a amarillo, luego a verde, después a amarillo, pero él seguirá impávido, sin darle importancia a tu angustia ni a los bocinazos de anónimos conductores alineados a tus espaldas. Luego a rojo, amarillo, después a verde, pero él seguirá metido en tu acogedor vacío.

Tu tendrás tiempo de pensar en Ana, en los niños, en el proyecto de urbanización. Te preguntarás otra vez el porqué de ese ignominioso azar de coincidir fielmente con el mendigo y comprenderás de nuevo que es ya un atroz designio. Entonces pensarás en el siquiatra Claudet, en su sofá oscuro y lascivo, en tu admiración latente por el doctor Josep Mengele y sus métodos de eliminar toda criatura inútil o deforme y caerás de nuevo en la encrucijada inevitable de saberte un elegido, pero sin la valiosa decisión de actuar.

Ahora el mendigo cruza frente a ti, a cinco metros de ti, mientras el ojo encarnado del semáforo está activo y tu automóvil se acerca a la intersección de Zepita con San Martín. La convicción rotunda de saberte un elegido es ya indeclinable, pero el recelo o el desagrado por la muerte aún te impiden alcanzar la consagración. Sabes que lo único que necesitas es ser poseído por la tibieza aguda; sentirla primero en la frente, luego en las carótidas y después extendiéndose por el pecho, el vientre, por tu muslo derecho hasta terminar en el pie, haciéndolo más pesado, potente, otorgándole soberanía total de tu pierna para ávidamente presionar el acelerador cuando el ojo del semáforo sea verde y el mendigo no alcance la acera opuesta.

Después todo sería simple. Descenderías del Dodge Coronet cuando la gente rodee a un cuerpo inerte y al bastón asqueroso. Respirarías con desahogo, como un fugitivo que ha logrado eludir a sus perseguidores y luego de revisar el frontal del auto, te preguntarías cómo hacer para borrar esa repugnante huella de sangre, cómo hacer para que no queden rastros de una existencia lerda e inútil.

Dante Zúñiga, arquitecto, cuarentidós años, alto y apuesto, despertó con una habitual, leve jaqueca. Torpemente salió del húmedo pijama y temblando se dirigió al baño, mientras pensaba que Ana ya estaría fresca y atractiva, disponiendo el desayuno. Poco después la frialdad penetrante del agua le borró los residuos del agobiante sueño y se sintió cómodo, dispuesto a emprender los actos ineludibles del día. Cuando volvió al dormitorio, ocurrió lo imprevisto. Fue en el preciso momento en que elegía una camisa y Ana anunciaba el desayuno. Primero sintió la deseada y esquiva tibieza a intervalos, como si aún no se decidiera a tomar posesión de su frente. Luego la sintió total, unánime, agradablemente aguda, cambiando sus recuerdos más recientes, haciéndolo gozar de un abandono suave, adormecedor, dominante. Entonces supo que ya no era imposible ni siquiera difícil lograr la consagración anhelada tanto tiempo.

Bajó satisfecho al comedor. Tomó el desayuno, besó a su esposa y a los niños. Después subió al Dodge Coronet setentidós. Al activar el encendido, comprendió que llegaría victorioso a la oficina, porque antes, en la intersección de Zepita con San Martín tenía una importante cita, una cita que definiría para siempre su condición de elegido y lo libraría del asfixiante sofá del siquiatra Claudet. La tibieza aguda se extendía ahora por su pecho. (Por: Santiago Merino Acevedo)


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