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Vírgenes

Ulises se encarga de desvestir vírgenes. Es su labor exclusiva en cada asalto. Los demás, por el contrario, asumen dos o tres tareas simultáneas: forzar puertas, reducir celadores, hurgar y desvalijar pedestales, sagrarios y estantes. No deja de ser curioso que a las manos anchas y remolonas de Ulises, acostumbradas a los tratos rudimentarios de bujías, bombas de gasolina y radiadores, les hayan bastado dos ocasiones para hacerse de un método: un desplazamiento sosegado y puntilloso de sus dedos sobre la pretendida santidad de esos monigotes humedecidos y quebradizos que dicen amparar los templos y capillas que abundan por estos rumbos.

Ahora que sabes que dejarás San Cristóbal, Eloísa es la única persona que te duele dejar abandonada a su suerte. La conoces desde que eran niños. Atiende la bodega que está frente al taller de mecánica que fue de tu padre y que ahora te pertenece. Desde siempre, la has visto despachar acetonas, azulbrasos y kolynos como quien concede milagros. Sospechas que está enamorada de ti por la forma que tiene de mirarte cuando entras a pedir un poco de agua y porque siempre ha festejado tus ocurrencias. Puedes pasar días enteros escuchándola hablar. Para tantear el terreno, le has dicho que estás en busca de una mujer con quien casarte y tener una familia. Eloísa no suelta prenda ante estas insinuaciones. Luego de persignarse, reacomoda su lugar detrás del mostrador o encuentra algo repentino que hacer al otro extremo de la bodega.

Nadie sabe bien cómo es que se animaron a dar el primer golpe. Era el fin de una tarde cualquiera en el taller. Ulises intentaba restituir el ronquido de un motor cuyas piezas empezaba a conocer con más detalle que su propio rostro en el espejo. El único trabajo en semanas. Tendidos sobre el lomo de una Chevrolet, sus compañeros dormitaban el caprichoso cansancio de la falta de clientela. Ulises extrajo el cigüeñal que nadaba dentro de un cubo de kerosén con un esfuerzo desmedido, como si el pedazo de metal diera de coletazos rabiosos. En ese instante, tuvo la impresión de que la chatarra y demás desperdicios del taller tenían más vitalidad que los sujetos que decían manipularla. Dejó el cigüeñal tirado en una esquina, con el propósito de verlo morir de asfixia. Luego, ordenó a los muchachos que pusieran en marcha el armatoste que rumiaba a sus espaldas, indicándoles que darían un paseo. Al anochecer, arribaron a una capilla ubicada a las afueras de la ciudad. La nerviosa arremetida les dejó el siguiente saldo: dos macizas cruces de plata, un cáliz de oro repujado y el ajuar completo de la Virgen de la Caridad, inofensiva patrona del santuario.

Al enterarse de la noticia, Eloísa se ha apresurado a pedirte que te encomiendes a la Virgen del Perpetuo Socorro: protectora de viajeros. Una vez más te muerdes la lengua para no decirle que no crees en esas cosas. A cambio, le preguntas si va a extrañarte. Ella contesta que sí, que rezará todos los días para que vayas por buen camino. Has visto crecer a Eloísa respirando y alimentándose de misas, responsos y cuaresmas, y te preguntas en qué momento pudiste hacer algo para alejarla de todas esas mentiras. Pero luego te dices que el asunto no es tan malo como parece. Eloísa sigue siendo la niña de siempre. Además, si no fuera por ella, jamás te habrías enterado de todos esos tesoros que duermen sin más protección que un nudo de pasador o un alambre mil veces torcido. Le dices que tú vas a extrañarla como a nadie en este mundo, que si estuviera en tus manos la llevarías contigo. Ella parece anticipar una respuesta con el resplandor de su sonrisa, pero al final se queda callada.

Engullidos por turnos por el estómago de un Rambler ’67, la banda se entera de los últimos cálculos de Ulises: lo que han logrado reunir es suficiente para buscarse otros destinos donde les venga en gana. El trabajo se suspende bajo el eclipse de sol que impone el capó descubierto del Rambler, un auto que parece mejor equipado para lanzarse a la conquista de un océano que para deslizarse por una carretera. Los tres están de acuerdo en partir. Saben que este pueblo no vería con buenos ojos que tres muertos de hambre cambien el signo de sus fortunas de la noche a la mañana. Se habla entonces de dividir el botín que ocultan en el galpón del taller en partes iguales, que cada quien vea la forma de vender las cosas por su cuenta. Ulises, que jamás ha conocido tierra que se distancie a simple vista de San Cristóbal, piensa en silencio que no tiene la menor idea de adónde ir. Para cuando se habla de la necesidad de programar un último asalto, a manera de despedida, ya nadie está interesado en reparar al Rambler. Ulises se ve a sí mismo piloteando ese aparatoso navío a través de ciudades remotas y hostiles, hundiéndose en medio de la nada, sin decidirse a echar raíces en ningún lado.

Observas por enésima vez el Corazón de Jesús que preside el anaquel principal en la bodega de Eloísa. Los ojos enrojecidos de esa imagen tienen un efecto distinto en ti desde que sabes que debes abandonar San Cristóbal. Eloísa te pregunta si tienes algo que decirle.

Le haces saber que partirás mañana muy temprano. Ante su incredulidad, inventas un destino: le dices que en San Andrés hace días que te están esperando, que hay un mecánico que no se da abasto con una nueva ruta que ha abierto el gobierno. Adviertes el dolor que la noticia le ha provocado por la forma que tiene de juntar la palma de las manos para acercarlas a su mentón, con aire pensativo. De pronto Eloísa te dice que la patrona de San Andrés es la Virgen del Cadalso, que su figura es muy requerida porque sirve para apurar la partida de los niños que están muy enfermos. La gente le reza, y ella les evita a sus niños más dolor en este mundo, porque los niños se van directo al paraíso, añade Eloísa. No puedes creer la inocencia de esta mujer. Le indicas que tienes algo importante que hacer antes de irte, pero que regresarás más tarde, cuando haya cerrado la bodega, que ella es la única persona de la que quieres despedirte.

Ulises se sorprende al hallar abierta la puerta de la bodega. Por un instante duda si debe ingresar. No sabría explicarle a Eloísa el abultado contenido de su morral de mecánico. Cuando por fin se decide, cae en la cuenta que los anaqueles están colmados de cirios de distintos tamaños. Una sola lumbre enrarece las cuatro paredes en las que Ulises se ha sentido siempre como en casa. Demasiadas sombras acompañan sus pasos. Una voz ordena que se detenga. A través de la brumosa iluminación, le parece distinguir la presencia de Eloísa, cubierta desde el cuello hasta los tobillos con un extraño camisón blanco, extendiendo los brazos y repitiendo su mandato. Ulises hermana la presencia del espectro que se acerca hacia él con las enanas de sonrisa insípida y mejillas abultadas que no ha tenido reparos en profanar en los últimos meses. Es un alivio saber que el de hoy ha sido el último asalto. Sabías que era el último asalto, tu última oportunidad de cargar con enaguas, fustanes, pollerines, cintos y pecheras de bordados y aplicaciones centellantes. Eloísa, con un gesto de devoción dirigido al rostro de Ulises, habla de la necesidad de salvar sus almas y señala el orificio en su camisón que recorta la espinosa crecida de su sexo. Ulises entiende entonces el origen de la mancha renegrida que creyó ver a la altura de la pelvis de su anfitriona. Sabe lo que tiene que hacer. Una nueva vida, eso es lo que te esperaba. Confiabas en tus atributos para desvestir vírgenes, en la paciencia amatoria de tus mimos para tratar con la piel de yeso y quincha de esas mujeratas insignificantes. Al penetrarla, siente que un leve crujido recorre el cuerpo de Eloísa, como si algo dentro de ella se quebrara sin remedio ni compostura. No sabes de donde surgió el estrépito. Primero fue un brazo, luego una cabeza y después dos imágenes completas. A la tercera virgen la llevaste a rodar contigo, en tus brazos, cuando se oyó el primer disparo. Ese cuerpo desnudo, frío y triste estrujaba tus huesos mientras tú veías entrar a la turba que salió de la nada, pidiendo la cabeza de los ladrones. Ella lo tranquiliza, le repite que es la única opción que tiene de salvar sus almas. El segundo crujido no tarda en llegar, y retumba con mayor insistencia en la cabeza de Ulises. Al cuarto disparo, cuando la sangre empezó a teñir el dorso descubierto de tu amada, pensaste en darle un beso y pedirle perdón. Eloísa se queda quieta, sin responder. Sabes que no volverán a despertar. (Augusto Effio)


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