Derechos Humanos El hálito macabro que el ojo por ojo de la pena capital deja en el mundo. ¿Es esto lo que se quiere en el Perú?
Muerte De Pena
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Caterva de prisioneros retando a las autoridades a ahorcarlos o reducir sus penas a 20 años de prisión efectiva. Corredor de la muerte de Sri Lanka, 2003. |
"Los amo”, dijo un ciego Clarence Ray antes de que le inocularan la muerte a los 76 años por cometer triple asesinato. Era el prisionero más antiguo del pabellón. Tanto, que se movilizaba en silla de ruedas. “Libérenme”, gritó el asesino Kenneth Allen. “Soy inocente, pero nunca tuve las herramientas legales para probarlo”, argumentó Stephen Johns, sentenciado por robo y asesinato. “Besen mi orgulloso trasero irlandés”, chilló Robert Atworth 4 años después de robarle el dinero y la vida a un hombre. “Que alguien mate a mi abogado”, murmuró George Harris, asesino múltiple y ladrón. Nada como leer de un tirón las últimas palabras de 376 sentenciados en un día soleado. No son epitafios de celebridades, tankas kamikazes japoneses o jiseis poéticos de monjes zen en el umbral de su muerte. Pero impactan de la misma forma.
La última iniciativa del portal electrónico del Departamento de Justicia Criminal del Estado de Texas ha sido alojar estos discursos junto a las fotos que los sustentan. El sitio recopila las historias de 376 personas ejecutadas desde que se restableció, en 1976, la pena de muerte (en 1972, el Tribunal Supremo la prohibió por ser un castigo “cruel y excepcional”). Están los que aún en sus últimos minutos de vida intentan defender su inocencia. Hay quienes necesitan el perdón de sus seres queridos, y también quienes les piden perdón a sus muertos y deudos. Muchos dejan la vida en silencio. La Canadian Coalition Against The Death Penalty (CCADP) también ha incursionado en el registro de últimos alientos, pero, simultáneamente, exhibe páginas web, diarios y poemas de sentenciados en espera de su ejecución.