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Historia El mítico Haití cumple 45 años. CARETAS repasa la (no tan antigua) cultura del café en Lima.

El Café de la Memoria

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Flamantes mesas del Haití de Miraflores, una noche antes de que el local abriera sus puertas al público, 45 años atrás. El clásico altillo estuvo ahí desde el principio.

La historia de los cafés en el Perú le debe mucho a León de Monzarsz, brasileño hijo de europeos que a los 12 años se escapó de su casa para viajar por el mundo –y terminar en el Callao, de casualidad, en los años 20– y a Antonio Neri, originario de Monte Varchi, Italia, que creó el primer café Haití en Santiago de Chile (en pleno Paseo Ahumada, donde todavía está) antes de llegar a Lima. Porque el café nunca había sido una bebida muy familiar para el peruano promedio hasta comienzos del siglo XX, y eso que ya se cultivaba en suelo nacional desde antes de 1800. La razón es sencilla: las autoridades coloniales desalentaban el consumo interno al reservar las cosechas para su envío a España. Aun así, hacia comienzos del XX ya existían en Lima pequeños huertos domésticos y la bohemia asumía su existencia a partir de una taza de café, con Valdelomar y el Palais Concert por delante.

León de Monzarsz le dio el impulso empresarial al negocio. El barco en el que viajaba hizo una parada técnica en el puerto del Callao por un par de días, los cuales le bastaron a Monzarsz para decidir quedarse en Lima y abrir un café, calculando que no había competencia seria a la vista. Así nació el Café León, frente a la iglesia de La Merced, en el Jirón de la Unión, que unos años después se mudaría a la plazuela frente al Teatro Segura. Artistas, periodistas, bohemios y futuros presos políticos lo hicieron su favorito, y siempre andaban por ahí aunque no tuvieran un cobre –por eso a la plazuela del León le decían “la pampa del hambre”–. Monzarsz se enriqueció y abrió otros locales hoy legendarios, como El Patio, en el jirón Camaná, preferido de intelectuales, aficionados a la tauromaquia y hasta toreros como el propio Manolete; o el Café Marrón, en el Pasaje Olaya, primer video pub del Perú, que poseía una pantalla gigante en donde proyectaban películas de la época, y fue habilitado con el mobiliario del quebrado Palais Concert; un incendio terminó con su historia. Años después, sobre el mismo terreno se construyó la tienda Oechsle.


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