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Personajes El fundador de los Traperos de Emaús era de carne y hueso. Periodista peruana narra episodio non sancto por primera vez.

La Última Tentación

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Entre la Fe y el Deseo.- El abate Pierre a los 76 años, el mismo día de la fogosa entrevista. Será recordado como un hombre que se rebeló a la pobreza.

El pasado 22 de enero falleció a los 94 años, Henri Groués, el abate Pierre, una de las figuras más representativas y polémicas del catolicismo francés. Fundador de la mundialmente conocida institución de caridad “Los Traperos de Emaús”, en el 2005 publicó Mon Dieu pourquoi? (Dios mío, ¿por qué?), libro en el que reconoce haber tenido pulsiones sexuales ocasionales. A continuación el testimonio de Esther Romero San Martín, testigo y objeto del deseo humano del religioso.

Mi amiga Marita me llama hace unos días y me dice: “Es para darte el pésame. Se murió tu novio”. Es una broma entre ella, otros amigos y yo desde hace más de diecisiete años. Mi “novio” era el abate Pierre, a quien entrevisté en Ginebra el 24 y 25 de octubre de 1988. La crónica respectiva salió publicada en el número 349 de enero de 1989 de la revista “Choisir”, de los jesuitas, en Carouge, Suiza.

Se ha muerto el abate Pierre. Me siento ahora en libertad de divulgar que fui objeto de sus acosos sexuales y tocamientos durante la entrevista. Yo no era, por cierto, una chiquilla: tenía nada menos que 52 años; él, 76. Además, soy más bien grandota y él era bajito y de apariencia frágil. Lo que pasó fue que me cogió totalmente de sorpresa: el “shock” fue enorme; nunca lo olvidaré y nunca dejaré de arrepentirme de no haberle dicho (si hubiera sabido de antemano sus antecedentes): “Ya pues, abate, estoy aquí para entrevistarlo, nada más”.

El hecho es que me enteré después, por Elsa Arana Freire, también objeto de sus arrebatos libidinosos anteriormente y quien me encargó entrevistarlo sin prepararme con la información debida en este caso, que estaba más bien “archivado” desde hacía algunos años en Normandía, en el monasterio Benedicto Saint-Wandrille por los escándalos que había suscitado ya repetidamente al acosar sexualmente a diversas traperas del Movimiento Emaús. Sin nombrar nombres admite sus tentaciones honestamente y sin remilgos en el libro “Mon Dieu, Pourquoi?” (“Dios Mío, ¿Por Qué?), que publicó en 2005.

Está bien: pecó como pecamos todos. Pero el abate Pierre, a raíz de nuestra conversación sobre la película “La Última Tentación de Cristo”, de Scorsese, me dijo que hasta Jesucristo había tenido tentaciones. Mi pregunta fue: “Cristo, el Verbo Encarnado, quiso hacerse hombre. Como era hombre, ¿acaso no lo era con una humanidad total, incluso con las tentaciones sexuales de un hombre?”. Su respuesta: “Por cierto que era un hombre cabal… Y ése es el misterio de la Encarnación. Cómo una persona puede ser totalmente Dios y totalmente un hombre. Pero nuestra fe afirma que Él era totalmente uno y otro, porque si no, habría que pensar que la agonía, los sufrimientos de la Pasión, las lágrimas delante de la tumba de Lázaro hubieran sido –y eso sería una herejía– solo una apariencia.

Solo podemos afirmar que creemos profundamente que Él era un hombre, plenamente, y que Él quiso ser un hombre pleno. Que podía sentir todos los atractivos de la sensibilidad, de la afección, normales en la naturaleza humana. Pero estaba destinado a vivirlos dentro de un dominio perfecto, por su razón y por su voluntad.

Los problemas que se refieren a la sexualidad son considerados por todos como cuestiones esenciales, pero no son las cuestiones esenciales. Lo vemos por la importancia que Nuestro Señor atribuye a los preceptos morales, a la prioridad que da a la justicia, al cuidado del más débil, del más pobre. Nuestro Señor tiene muchas más palabras de severidad hacia la injusticia, la explotación, la falta de amor, que hacia los pecados carnales. Sabemos de su compasión inmensa por la mujer adúltera…

Yo creo que no hay que quitarle importancia a las cuestiones de moral sexual, pero tampoco darles tal peso que nos hagan olvidar los demás llamados hacia la perfección. Estamos llenos de indulgencia respecto de las personas que no dejan de ir a misa pero que en sus negocios, en su actividad comercial, son explotados. Quizás inconscientes, pero de hecho seres imperfectos. Los aceptamos, y nos mostramos despiadados con los que son imperfectos en otras áreas”.

Se ha muerto el abate Pierre, a los 94 años. Yo diría que fueron 94 años de caridad, de amor al prójimo, de compasión. No, querido amigo Augusto, no era ni San Francisco ni la Madre Teresa ni Mandela. Era simplemente un hombre, un hombre de bien. (Esther Romero San Martín *)

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*Corresponsal en Ginebra

El Hombre Bajo la Sotana

Sucedió Así.

La entrevista se publicó en 1989 en la revista “Choisir”.

“Al conocerlo a usted uno se emociona tanto,” le dijo entre lágrimas Esther Romero al abate Pierre antes de entrevistarlo, por primera vez, en el Hotel Terminus en Ginebra en el ’88. Esther no conocía el pasado lujurioso del abate y mucho menos se imaginaba la procesión que él llevaba por dentro. Así que colocó su grabadora, la única testigo del asedio, en una pequeña mesa de la habitación, y se ubicaron frente a frente.

La entrevista estuvo llena de interrupciones. Según Esther, “el abate Pierre se levantaba todo el tiempo a contestar el teléfono”. Lo peor vendría luego de que contestara su última llamada y se sentara a su costado. Repentinamente, la cogió de las manos y la abrazó. O el abate llevaba una Biblia en el bolsillo o simplemente estaba feliz de verla. Ella pegó un grito y el padre aprovechó para besarla a la francesa. Esther no salía de su asombro. No le respondió. Se levantó, tomó fotos y se marchó. Mientras manejaba sólo se repetía una frase a sí misma: “No puedo creerlo”. Entonces se dio cuenta que le faltaba información. Tuvo que regresar al día siguiente. Durante la segunda entrevista no se quitó ni el abrigo. Al despedirse pensó que todo terminaría en paz, pero el abate no quiso quedarse con las manos quietas y, disimuladamente, le cogió los senos. Para que nadie se enterara de lo sucedido y no causar un escándalo mediático Esther borró los jadeos del casete y cuenta recién su historia, luego que el sacerdote publicara sus confesiones en el 2005. Que en paz descanse.

La Cruz Del Celibato

Un extracto de
“Dios Mío, ¿Por qué?

Me ocurrió que cedí (a la fuerza del deseo ) de manera pasajera. Sin embargo nunca he tenido una relación regular, ya que impedí que el deseo sexual creciera en mí. He por lo tanto conocido la experiencia del deseo sexual y de su rarísima satisfacción, no obstante esta fue una verdadera fuente de inasatisfacción, ya que sentía que yo no estaba siendo honesto.”

Confesiones de este calibre fueron hechas por el religioso en octubre del 2005. Entonces tenía 93 años, y ajeno al temor del escándalo, consideraba que podía hablar de todo sin falsos pudores.

Sobre la sexualidad de los sacerdotes, el fundador de Emaús afirmaba conocer sacerdotes que vivían en concubinaje con mujeres que amanban y que aceptaban esta situación. Recordando que en la Iglesia de rito oriental existen sacerdotes católicos casados (los maronitas, por ejemplo). Discrepaba con lo entonces dicho por Juan Pablo II respecto de la negativa de retomar el tema del celibato de los sacerdote para el resto de la Iglesia Católica. Está escrito.


 


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