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Vida Moderna “Second Life”, el espacio virtual que reinventa la vida. Testimonio de parte.

Mi Segunda Vida

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Avatar Sabin en plena meditación. No figuran niños y viejos en Second Life aunque sus usuarios podrían serlo. La ilusión de la eterna juventud.

La isla inicial de Second Life se asemeja a un parnaso new age. La promesa de una vida mejor en un clic. Pero nada es gratis. SL apuesta por la economía de mercado, y el tráfico de almas no suena tremendo porque la virtualidad garantiza que la diversión se prolongará como una telaraña.

Con SL, Kant, Platón y Borges babearían. Aunque el tiempo, el espacio y las ramificaciones on line a la n de la internet son nimiedades filosóficas cuando se habla de billetera. Por ejemplo: al avatar –la versión digital de uno mismo– por fin le “liga” con alguien. En este caso, el avatar de una española, “Nay”. (El impedimento no es el idioma. Es cuestión de convicción: ante la superficialidad de la mascarada virtual, se recomienda acudir a listas de interés para dar con avatares de gustos similares). Con la treta del advenedizo, el diálogo discurre:

Nishi: Soy nuevo, estoy perdido.

Nay: Yo también. Por fin alguien habla español. ¿Sabes en dónde se consigue ropa?

Nishi: No; podemos averiguar.

Las expectativas crecen. Pero las pequeñeces de la dura calle se infiltran. “Hay que teletransportarnos”, solicita prometedoramente la acompañante.

Los avatares se acercan a una pantalla. La acompañante desaparece. Se intenta hacer lo mismo pero una ventana indica que se debe depositar 100 Linden Dollars (la moneda oficial de SL). El romance se desvanece entre algoritmos.

Sueños Digitales

Lo que la ciencia ficción vendió durante años, y que dio con su documento definitivo en la novela “Snow Crash” (1992) de Neal Stephenson, encontró en la intangibilidad de los cero y uno su lugar de materialización. SL vive de paradojas desde que fue creada en 2003 por la empresa Linden Labs. Posee un territorio de 40 mil hectáreas, aunque el “surfeo” se restringe por la dictadura económica. En él es posible hallar productos de Adidas y Toyota, y la intensidad palpable de disfrute radica en el simulacro. Hacer aquello que no se podría hacer en la vida real (comprar un terreno o construir una casa lujosa): SL lo ofrece a precio módico, pero se debe tener una cuenta bancaria verdadera. Videoconferencias reales pueden ser proyectadas en medio de la simulación. Los argentinos, fingiendo grandeza, han construido en SL un espacio llamado “Argentonia”. Y es un espacio asexuado a pesar de que uno de sus ganchos es la parafernalia sexual. A saber:

–Los movimientos de los avatares son rústicos: pueden caminar, sentarse y hasta volar como en una mala novela de realismo mágico, pero nada de acrobacias sexuales. Hay contemplación, sí, pero el control de la acción es quimera.

–Embarazo e hijos se reservan al territorio del tabú. La atemporalidad no permite niños y viejos.

Pero su potencial es exponencial. Como dice “Snow Crash”: “Toda información parece ruido hasta que rompas el código”. Caso contrario, U2 no hubiera dado un concierto en SL, “Big Brother” no tuviera su versión virtual allí, Reuters o universidades no crearían sus sucursales, y ni 20 millones de usuarios se hubieran inscrito en esta segunda juventud sin fin. (JT)


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