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01/Mar/2007
 
 
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Cultural Doña Marha nos saca la lengua en el 2007.

Catana Contra Zafios

Una definición y/o corrección idiomática para cada día del año aporta el último libro de Martha Hildebrandt, que se vendió como cancha hasta el punto de casi desaparecer en librerías.

Hace años, la doctora Martha Hildebrandt me preguntó si sabía escribir, a lo que le respondí que sí. “¿Y por qué cree que sabe escribir?”, me preguntó, clavando sus ojos en los míos. “Porque soy periodista”, le respondí orondo, a lo que ella, de inmediato, retrucó: “¡entonces usted no sabe escribir!”.

Dicho esto me tomó para un trabajo eventual de tres meses que después se extendió por cinco años, tiempo en el cual comprendí que, efectivamente, no sabía escribir. No con el rigor que ella exige.

¿En qué está el secreto? En la cultura. Nada más. ¿Y a quiénes se les considera cultos? A quienes han tenido la oportunidad de transitar por las aulas universitarias, aunque sea con un libro de adorno bajo el brazo, alguna vez. Estas personas, en teoría, deberían hablar bien, pero, desgraciadamente y para rabia de la doctora, no ocurre así. Hay médicos, abogados, ingenieros, economistas, etcétera que hablan mal. ¿Y? Con ella debemos andar cuidando por donde pisamos y mirando dónde colocamos, en su momento y en su lugar, la lengua para no decir pienso de que, por ejemplo. Y si lo emplea estando la doctora muy cerca de usted, protéjase, porque se le vendrá el mundo abajo, con todas su maldiciones. El dequeísmo –Hildebrandt dixit– es un fenómeno muy extendido, pero no por eso perdonable. Es un error sistemático, porque atraviesa todo el lenguaje. Es una de las cosas que definen a un mal hablante. ¿Cómo la ve?

–Pero peor que eso es el queísmo– asegura la doctora.

Consiste en quitar el de, cuando debe ir. Ya nada de esto, sin embargo, le llama la atención a la congresista. Ella está curada de espanto. Camina repartiendo a diestra y siniestra los carajos, como una manera de sentirse mejor, más liviana y desfogada. Además, según nos ha confesado, lleva once años en el Congreso de la República, manjar de manjares, escuchando linduras, escudriñando, siempre curándose en salud, muy cerca de tan ilustres genocidas del lenguaje, que ni siquiera se percatan cuando sueltan un dijistes convicto y confeso, un estuvistes que es peor todavía, o un irroga, cuando debieron decir arroga, o muy solemnes lanzan al viento el aperturar por no decir abrir con sencillez.

La doctora publicó a fines de año su Agenda Culta, virtualmente agotada. Allí aplica una catana, una paliza, a los zafios que maltratan el idioma.

Contra lo que usted pueda pensar, la doctora Hildebrandt no es boquita de muchas lisuras. En su registro sólo tiene dos de ellas que las repite a cada segundo de su vida; eso sí, con furor, pasión, encanto y hasta cierta dulzura. Se trata de mierda y carajo. No sale de eso. Alguna que otra vez se atrevió a decir huevón, pero no es de su preferencia. Carajo, que significa pene, pierde su contenido léxico y se convierte en pura interjección. (Edwin Sarmiento)


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