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Cultural Extracto exclusivo de la nueva novela de Alfredo Bryce que la editorial Planeta presentará este próximo otoño europeo en Barcelona.

Las Obras Infames d e Pancho Marambio

Alfredo Bryce va a seguir siendo noticia. Acaba de terminar su última novela, “Las Obras Infames de Pancho Marambio”, de la que aquí se adelanta un extracto con autorización del escritor. Bienvenido Salvador Buenaventura, maduro abogado limeño, llega a Barcelona con los saldos de un sueño y huyendo de un mal congénito y familiar, el alcoholismo. La traición de un supuesto amigo, Pancho Marambio, falso arquitecto y autor plagiaro, gatilla una crisis de pronóstico reservado. Contar más sería digno de Marambio. Es un Bryce más hondo y revelador que nunca, que vuelve con sus propias palabras en una historia que habla entre líneas. Estas parecen citar a Oscar Wilde: La naturaleza imita al arte. Con ustedes, Pancho Marambio y el anuncio del desastre que provoca.

Cómo olvidar, en efecto, a este miembro de la patota de Gérard, por el que Bienvenido sintió siempre un particular afecto, y con el que siempre mantuvo una relación sumamente cordial. Con los años, sin embargo, el rechoncho Pancho Marambio se había convertido en un tipo bastante ostentoso y vulgar, al que ya sólo le faltaba pintarse con esmalte negro las uñas de los manos y de los pies, según le habían contado algunos de los amigos comunes. Y, más que en un gran mentiroso o un tipo falso, resulta que el rechoncho Pancho Marambio se había convertido en una mentira que camina, en todo un caso de falsificación humana. Bienvenido lo recordaba como un tipo bastante gordinflón y sumamente simpático y alegre, pero ahora, de regreso a Barcelona, lo que había encontrado era más bien un tipo profundamente pagado de su personita y enamorado perdido de los automóviles ostentosos.

Además, el tal Pancho Marambio se había teñido el pelo de negro retinto, para ocultar unas canas que él llamaba mis mechas ingratas, sin un ápice de pudor. En realidad, el inefable Pancho se lo había teñido absolutamente todo de negro retinto. Falsos eran pues el color de sus cabellos, el de su bigote, y hasta el de esos pelos hirsutos que exhibía a gritos en su pecho lechoncito, dejando sus negras y entalladísimas camisas abiertas casi hasta la pancita, imposible de disimular, por lo demás, y por mucho que el impresentable se cortara casi la respiración apretujándola al máximo con una fajita que uno fácilmente imaginaba teñida de negro, cómo no. Por supuesto que las camisas negras las llevaba siempre con los puños abiertos y remangaditos, de tal manera que tintinearan a la vista del mundo entero sus mil cadenitas de plata dudosa, llenecitas de esclavas, de dijes y de mil colgajitos más, de toda una verdadera sonajera, en fin. También los pelos del pelo en pecho se los había teñido el gran Marambio de negro, y a esto se añadían unas botas retintas y con alza, ya que el tipo hasta retaco no paraba, unas botas retintas y excesivamente brillantes, además, con unas puntas bien far west y hasta con unas espuelitas Midnight cowboy, como quien no quiere la cosa, pero que por ahí se divisaban y excesivamente brillantes, por supuesto, también. La verdad, nadie sabrá nunca qué habría querido parecer, el tipo, pero lo que en primer lugar saltaba a la vista era su inconfundible pinta de fracasado proxeneta de luto, y también, cómo no, uno tenía todo el derecho del mundo de preguntarse, por ejemplo, si el culo de Pancho Marambio era suyo o era prestado. Y encima de todo, tanto tinte negro, y más bien baratieri, realmente amenazaba con chorrearse íntegro y salpicar a medio mundo, por lo que la gente tenía que tomar las precauciones del caso y medir sus distancias, especialmente los calurosos días de intenso verano o los de lluvia torrencial, de los que gracias a Dios el tipo huía como de la peste, no vaya a ser qué…

El “resultado Pancho Marambio” era, pues, atroz, una verdadera enciclopedia ilustrada de lo que no se debe ser, hacer, ni parecer, ya que encima de todo la auténtica tintorería que llevaba encima no parecía en absoluto ser producto de un salón de belleza sino más bien de un puesto de lustrabotas. Pero, bueno, ésta no es más que la primera parte de Pancho Marambio. Y no la peor, como se verá.

La segunda parte es que absolutamente todo lo que hacía en esta vida Pancho Marambio también era falso, desde hacía ya un buen tiempo. Porque trabajaba de arquitecto, pero sin serlo ni lo más remotamente, ya que con las justas había terminado la primaria, cosa requeteconocida por sus amigos y ex compañeros de escuela primaria, precisamente, aunque, eso sí, había tenido el increíble cuajo de publicar nada menos que dos libros de títulos francamente inefables, sobre todo tratándose de él: El castillo y su restauración, y El palacio y su restauración. Sí, señores, tal cual, y sin jamás haber restaurado castillo ni palacio alguno, por supuesto. Y, para colmo de colmos, resultó que andaba ya muy metido en la misteriosa escritura de un tercer tomazo, de esos llenecitos de ilustraciones a mil colores y en el papel más fino, titulado nada menos que Vocabulario de la construcción y la arquitectura, cuando el arquitecto Ignacio Paricio, autor de un excelente Vocabulario de arquitectura y construcción, lo pescó con las manos en la masa, y a punto estuvo el gran forajido de Pancho Marambio de acabar entre rejas. En lo que sí había incursionado de veras, el Rey de Tinte, aunque muy fugazmente, debido a su estrepitoso fracaso comercial, era en el diseño y fabricación de unos muebles que él llamaba futuristas, para los que nunca encontró lugar ni comprador alguno, ni siquiera entre los amigos de la patota de Gérard, que preferían sentarse en el suelo de su casa u oficina, o dormir en la mismísima alfombra o moqueta, antes que tener que posar nalgas y espalda sobre la incertidumbre absoluta que generaban, por ejemplo, los resbaladizos sillones y sillas del Tintado, que, de veras, no siempre atajaban a los usuarios en su resbalón de tobogán.

Y así, tal cual, o sea con su mejor look de angelito negro, apareció Pancho Marambio, la mañana siguiente, en el departamento que Bienvenido Salvador Buenaventura empezaba a visitar en ese mismo momento, situado en la calle Provenza, bastante cerca de Rambla Cataluña y en la parte derecha del Ensanche, una amplia zona de la ciudad construida de acuerdo a un avanzado diseño urbanístico de finales del XIX. Era un departamento de techos muy altos, realmente amplio y sumamente luminoso, con acceso al techo del edificio que, según le dijeron los propietarios, nadie visitaba nunca. Al subir a verlo, Bienvenido no tardó en pensar que a ese espacio se le podría sacar muy buen provecho, pero ahora en lo que realmente se tenía que concentrar era en el departamento mismo, hasta su último detalle. Estaba pensando que habría que hacer más de un cambio, como cerrar alguna puerta inútil y derribar un par de paredes interiores, pero la gran amplitud del vestíbulo y el hecho de que los vendedores fueran una pareja con dos hijos pequeños, niño y niña que dormían en habitaciones separadas, lo convenció de que el espacio era más que suficiente para él y para su muy valiosa biblioteca –había eliminado, eso sí, como quien pretende borrar de un plumazo toda una larga época de su vida, hasta el último de sus libros de Derecho, antes de abandonar Lima–, para su formidable discoteca y para la excelente filmoteca que empezó a formar en los tiempos en que el terrorismo de Sendero Luminoso hizo que los peruanos abandonaran prácticamente del todo las salas de cine.

Lo malo es que, mientras Bienvenido Salvador Buenaventura trataba de observar minuciosamente cada rincón del departamento, la cháchara atroz de Pancho Marambio le impedía cada vez más concentrarse a fondo en su firme propósito de verlo todo muy detenidamente y de no precipitarse en su elección. Pues sí, era lo que él temía: en menos de lo que canta un gallo, el Tintado había descubierto en la vendedora del departamento un alma gemela, aunque en este caso embetunada tan sólo por dentro, ya que por fuera se trataba de una mujer de pelo sinceramente rubio. Pero en todo lo demás se parecían como dos gotas de agua sucia, ambos especímenes. Ana, se llamaba la panchificada propietaria, y también para ella fue cosa de un abrir y cerrar de ojos descubrir en cuerpo y alma a quien desde ese momento se convertiría en su cómplice absoluto, sin que Gérard y Bienvenido hubiesen imaginado aún que por ahí iban los tiros, aunque sí el pobre esposo de Ana, sin duda debido a una larga y triste experiencia conyugal. Se llamaba Sergi y fue mandado a callar las tres veces que opinó, en su cuádruple calidad de padre de familia, esposo, propietario y vendedor. Bienvenido se había aliado a él, momentos antes, aunque muy mala alianza la suya, sobre todo si tenemos en cuenta que Pancho Marambio hacía rato que había penetrado también en cuerpo y alma a la tal Ana, en lo que era ya un verdadero alarde de compenetración. En cambio el gran Gérard, noble y leal como siempre, se puso de parte de Bienvenido y del oprimido y silenciado Sergi. En fin, la peor alianza que imaginarse pueda.
(li)

Su nombre, Bienvenido Salvador Buenaventura, cincuentón de nacionalidad peruana, de acuerdo con la documentación que se le ha encontrado en el bolsillo posterior izquierdo de un fatigadísimo pantalón, cuyo corte y tela hablan sin embargo de tiempos mucho mejores, vagabundo y bebedor empedernido desde hace ya un buen tiempo, según todos los indicios, resulta en estos momentos bastante paradójico, por no decir que bastante irónico y desafortunado, y, por qué no, sencillamente patético. Pues sí, esto de llamarse Bienvenido Salvador Buenaventura, dadas sus circunstancias actuales, resulta, o realmente trágico o realmente cómico, según como se mire, claro está, pero tragicómico, no, eso sí que no.

Bienvenido Salvador Buenaventura afirma que ha llegado, tal vez por fin, a Barcelona, y agrega que tal vez por fin, en su caso, significa que viene de muy lejos, que lleva una eternidad intentando llegar a alguna parte, que alguna vez en su vida fue muy feliz en esta ciudad, pero que hoy las cosas han cambiado tan radicalmente que podría decirse incluso que nunca antes ha estado en esta ciudad, y que ni siquiera él sabe muy bien, ni nadie lo sabe tampoco, de dónde viene, y que ni siquiera él sabe muy bien, ni nadie lo sabe tampoco, cuándo y dónde empezó para él este doloroso peregrinar o peregrinaje. Él no lo recuerda muy bien que digamos, en todo caso, ya que el sustantivo que es peregrinaje le suena a que por fin ha llegado a puerto, bueno o pésimo, pero puerto, a fin de cuentas, mientras que el infinitivo que es peregrinar le suena a que todo este ir de país en país, primero, de ciudad en ciudad, luego, de calle en calle, después, ya en Barcelona, y finalmente de un lado a otro de la detestable calle Aragón, como la califica él, muy enfáticamente, habrá de continuar, por más que lo aten y lo encierren, sí, habrá de continuar eterna y viacrucismente, hasta el día del whisky final.

Dicho sea de paso, estaba bebiendo suicidamente, cuando lo internaron, lo cual sí que resulta totalmente contradictorio en una persona que había sido siempre un ejemplo de mesura, tanto en la comida como en la bebida. Y de tabaco ni se diga, tampoco, porque el hombre jamás tuvo un cigarrillo entre los labios, ni siquiera entre los dedos de una mano. O sea que tiene que haber habido, muy probablemente, algo así como un minuto fatal, una suerte de factor desencadenante de esta empresa, a toda vista, suicida. ¿Cómo una vida tan ejemplar pudo de golpe desembocar en semejante horror? Esto es, en todo caso, lo que se preguntaban los médicos al encontrarse con un paciente en ese estado y, sin embargo, con una trayectoria de vida que, según más de un amigo en Barcelona, no sólo había sido ejemplar sino incluso triunfal. Pues nadie tiene tan claro el diagnóstico como el propio Bienvenido Salvador Buenaventura.

–Mi diagnóstico tiene nombre y apellido y no hay para qué irse por las ramas. Mi diagnóstico no es otro que Pancho Marambio, doctores.

Hay un hecho seguro, eso sí, y en él están de acuerdo todos los médicos consultados, desde que lo trajeron a la clínica. El pobre diablo en que hoy parece haberse convertido Bienvenido Salvador Buenaventura no ha cumplido aún los cincuenta y cinco años, es muy lector, muy culto, y ha sido un profesional notable, hasta no hace mucho tiempo, pero en este momento absolutamente nadie diría de él que se trata de un hombre de mundo y de un gran viajero, ni muchísimo menos, si no más bien de un pobre infeliz que, si algún día pareció querer labrarse un gran destino, lo que al fin y al cabo logró hacer con su vida toda, fue, en cualquier caso, un enorme desatino. (Alfredo Bryce Echenique)


 


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