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Deportes El gol de Leonardo Messi ha sido su pasaporte a la gloria futbolística. Un reinado empieza.

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“Mis mejores goles los metí en una cancha polvorienta de los suburbios, ante cuatro hinchas borrachos que no se acuerdan de nada”. El cálido derrotismo de Julio Ramón Ribeyro en su versión Luder, que condena al olvido alcohólico la gloria futbolística, es quizás la antípoda más clara de lo que se vive estos días en el mundo del balompié. Cuando –Leo Messi remedó –en cuanto la copia tiene de tributo– el imposible gol de Maradona a los ingleses en el ’86, renovó la fe de millones de feligreses por una religión que, en palabras de Jorge Barraza, es irrenunciable: la fe por la pelota.

El gol soñado

Sólo un virtuosismo extremo es capaz de una explosión de talento tal que convierta un estadio de fútbol en una pista sudamericana sin tráfico; y al equipo profesional que se enfrenta, en el antipático barrio rival: un clásico de esquina. Lo hecho por Messi ante el Getafe (equipo que será recordado de la misma manera en la que se evoca a Andrada, el arquero del Vasco que recibió el gol número 1,000 de Pelé) escapa a lo que los técnicos de fútbol enseñan y a lo que la ortodoxia recomienda, porque se tira abajo casi 150 años de evolución del deporte, décadas que han tendido a sacrificar el virtuosismo individual en pos del juego en equipo. El fútbol hoy en día privilegia el trabajo táctico, lo que en la cancha implica la desaparición del ‘10’ (y, sin embargo, todo equipo respetable necesita a alguien que usurpe esa función, aunque no vista el número en la camiseta). La velocidad y la precisión son la cara y cruz de una doctrina que seguida a raja tabla desahucia cualquier intento de pisar la pelota, detenerla como reacción ante el vértigo, hacer de la pausa, sorpresa, y del tempo personal, ese que permite driblear, enganchar para un lado u otro o anticipar la carretilla del oponente, una licencia prohibida. Messi, en una jugada que si no tuviese el eco de Maradona sólo sería imaginable en esas olimpiadas que Uruguay ganaba antes de que se institucionalice la Copa del Mundo FIFA (¡Pez acróbata que al ímpetu del ataque más violento,/ se escabulle, arquea, flota/ no lo ve nadie un momento,/ pero como un submarino sale allá con la pelota…!, le cantaba Parra del Riego a Gradín), lo que hace es devolver el fútbol a sus orígenes y reconciliarlo con su esencia más libre, incluso libérrima, si se toma en cuenta los riesgos que conlleva decidir burlar a medio equipo rival y anotar. He ahí un talento americano, en el sentido de Whitman, que en su trato con el balón, en su emparejado desarrollo espacial por el gramado, pareciera algo tan simple pero a la vez tan poético como el sincero homenaje que le da un futbolista a su pelota: Me celebro y me canto a mí mismo./ Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú/ y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.


 


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