Cultural
La Musa de Silva
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Carmen Pizarro en días en que conoció al artista. Era una muchacha alta, bella y lúcida. |
Versos del gran músico que durante 70 años estuvieron guardados en un portafolio de cuero rojo aparecen ahora. Son cantos dedicados a Carmen Pizarro Lostanau, una mujer bella y distinguida, cuya hija María Gracia Martínez Pizarro las ha arrancado del largo silencio. Hablan de amor y mucho más.Hoy jueves, a las 7 de la noche, en la Sala de Usos de la Biblioteca Nacional, se presentan los versos que el músico Alfonso de Silva dedicó a la bella Carmen Pizarro, una mujer extraordinaria que fue su último amor.
El 7 de mayo se cumplen 70 años de la desaparición de Alfonso de Silva, el extraordinario compositor muerto a los 34 años de edad. El aniversario de esa partida, ocurrida en el Hospital Dos de Mayo, estará marcado por una noble ofrenda: la publicación de los versos que él dedicó a la bienamada de sus últimos años: Carmen Pizarro.
El gran músico, amigo fraternísimo de César Vallejo, había conocido a Carmen al volver de su último viaje a Europa, cuando ella acababa de egresar de la Escuela Nacional de Bellas Artes, entonces dirigida por José Sabogal.
El alma del artista estaba quebrada, quebrantada por la ruptura de su gran amor de años, la soprano Alina de Silva (CARETAS 388).
Carmen Pizarro Lostanau, aparte de su belleza insólita, pertenecía a una falange de mujeres que en los años treinta se dedicaron activamente al arte y en algunos casos a la política. Fue amiga muy cercana y fiel de Doris Gibson, a quien probablemente conoció en Bellas Artes.
Puedo dar fe de que Carmen estuvo muy cerca de la izquierda, por lo menos hasta los años de la guerra antifascista. En ese entonces la conocí de vista. Muchos años después la encontré por azar mientras yo esperaba un taxi. En un breve diálogo me dijo su desilusión por la causa a la que había consagrado lo más hondo de su ternura y su solidaridad juvenil.
A los años de su activismo social corresponde su encuentro con Alfonso de Silva. El músico estaba desgarrado. Se había entregado al alcohol y otras drogas, y a menudo se alojaba en el Hospital Psiquiátrico “Larco Herrera”. Mucha vida, mucho arte dejaba atrás.
Había nacido el 2 de diciembre de 1902 en el Callao. En su casa de Barrios Altos, frente al Jardín Botánico, se le escuchaba, ya a los cuatro años de edad, ejecutar al piano piezas difíciles que había escuchado. A los siete años estudiaba violín y poco después daba conciertos.
Violín. Sería su instrumento de supervivencia. En el París de los años veinte, tuvo que participar en una orquesta “argentina”, en la estela dejada allí por Carlos Gardel. (En su poema “Alfonso: estás mirándome, lo veo”, Vallejo eternizó ese instante: “En la ‘boîte de nuit’, donde tocabas tangos,/ tocando tu indignada criatura su corazón”. La criatura era Alina de Silva, la de la voz hermosa, reducida a cantante del conjunto).
En Lima, él había sido un niño engreido de la sociedad. A los 17 años, cuando estudiaba tercer año de Letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, murió su madre. Su tristeza de niño sin padre, se acrecentó. Después obtuvo becas para estudiar música en España, armonía en Alemania (los versos de Heine, los lieder de Schubert, nutrieron sus cantos). Pero ni la vida ni los recuerdos le dieron tregua.
Alguna vez he dicho entre amigos que si Beethoven viniera a Lima, tendría que tocar piano en alguna cantina de los Barrios Altos. En los años en que Alfonso se enamoró de Carmen Pizarro, él solía escribir artículos coyunturales, alimentarios, en algunos periódicos de Lima. ¡Y algunos le reprochaban no consagrarse enteramente a la música!
Carmen Pizarro le suavizó el abismo. Alguna vez Georgette, la viuda de Vallejo, me dijo que a éste le gustaba repetirle en voz alta estos versos de Jacques Prévert: “En suma, no tengo para darte más que el ardor de mi desesperación”.
En el libro Poemas a Carmen que el Fondo Editorial de la Universidad de San Martín de Porres presenta en la Biblioteca Nacional, con atinado prólogo de Ismael Pinto, leemos el que lleva por título ‘A Carmen’ y ostenta este epígrafe: “En souvenir d’une nuit d’épouvant” (En recuerdo de una noche de espanto). Y dice así: “Eras tú el mar azul, eras los mares/ en los que se apaciguaba mi angustia”.
El poema está fechado el 13 de febrero de 1936. Pocos amigos rodeaban entonces al músico: el maestro Federico Gerdes, Viruca Miró Quesada, Graciela Moral y, sobre todo, siempre, Carmen Pizarro. Pero los versos que ahora aparecen, y que habían sido guardados en un portafolio de cuero rojo con algunas fotos y varios manuscritos, son la última nota de una canción desesperada. (César Lévano)