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Cultural Después del escándalo de Todas Putas, Hernán Migoya vuelve con Putas es Poco.

Boca Que Provoca

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Migoya: “intento reírme de mí mismo, aunque siempre quise ser pin-up por un día”.

Luego del revuelo provocado en el 2003 por su libro Todas Putas, el escritor y cineasta español Hernán Migoya arremete de nuevo con Putas es Poco. En su anterior entrega, Migoya presentó el relato de un violador que reclamaba por sus derechos. El feminismo entero se le vino encima y Mario Vargas Llosa salió en su defensa y en la de la creación literaria. Recientemente casado con una pucallpina, Migoya incluye por primera vez el relato de una prostituta de oficio, precisamente, en Lima.

–¿Quiénes más putas, las peruanas o las españolas?
–En España hay un deseo de ser más puta, si hablamos de comportamientos libidinosos, porque con la moda de la liberación femenina se desarrolló un pudor a ser sexual de manera natural. Tanto los hombres como las mujeres europeos venimos a Latinoamérica a desinhibirnos sexualmente. Y en cuanto a las peruanas, creo que sois bastante putas.

–¿Son las mujeres un trofeo?
–Sí, para el seductor sí.

–Y tú te consideras un seductor.
–Yo fui un seductor. Ahora estoy casado. El matrimonio mantiene domesticado al seductor. En eso se basa la pareja, en domar al potro.

–¿Por qué te ríes?
–Porque es diferente cuando la entrevista la hace una mujer. El hombre tira siempre hacia el punto de vista del otro hombre como víctima, y la mujer hacia la curiosidad sobre su propio sexo.

–¿Y por qué retomar el tema con Putas es Poco?
–Porque sigue siendo difícil para mí escribir de algo que no esté relacionado con la mujer. Y porque me di cuenta que estos cuentos eran una buena manera de reafirmarme, porque realmente creo que en el arte de la seducción, la traición y la ambigüedad son vitales en el comportamiento femenino. Y eso es lo que quise reivindicar con mi primer libro: el puterío.

–Dices ser misógino, pero la mujer es el centro de tu existencia y tu literatura.
–Las odio porque no puedo evitar amarlas. Es la gran maldición del hombre, el no poder evitar adorarlas, y cuando te han jodido la vida empiezas a investigar por qué son así ellas.

–Hace un tiempo escribiste un artículo en el que describes Lima con ojos de visitante, y allí decías que te agrada el caos de esta ciudad, y las mujeres policías.
–Me encantan, y me parece alucinante que se dé por hecho que las mujeres son menos sobornables. ¡¿De dónde ha salido este dato?! En esto estáis adelantados al resto del mundo. Pero lo que más me ha chocado esta vez es que ya no me choca nada. El año pasado me llamaba la atención ver a un tipo desnudo, inconsciente, en la vereda. Si un escritor europeo quiere volver a conectar con la vida, tiene que venir al Perú. España ha entrado en esa espiral de país rico de tenerle miedo a todo y etiquetarlo todo.

–¿Y tu propia etiqueta cuál es?
–Una mosca cojonera, un francotirador.

–¿Qué trae el nuevo libro?
–Así como Todas Putas era un libro sobre el desamor, Putas es Poco es el día después, la vida en soledad y una reflexión sobre cómo, para poder seguir existiendo en sociedad, tenemos que sacrificar el niño que llevamos dentro, que es algo que a mí me repugna.

–¿Qué es lo que más te repugna de madurar?
–Que te obligan a que seas tú mismo el que mate tus propios sueños.

–¿Y cuál es tu principal ilusión?
–Aparte de la gloria, sentirme vivo. Menudo megalómano. Acabaré como Hitler, totalmente enloquecido. Tengo miedo de acabar loco. Sí, creo que me gustaría conseguir la gloria.

–¿A quién pondrías en tu propio campo de concentración?
¿En plan cabrón? A Michael Moore, porque un tipo que humilla a un viejo con una carrera cinematográfica como la de Charlton Heston para mí no merece vivir. Charlton Heston ha hecho las películas más humanistas de Hollywood: El Planeta de los Simios, El Señor de la Guerra, El Más Valiente Entre Mil. ¿Ese es un campo de concentración? No, de exterminio. Ja, ja, ja, ja, ja.

–¿Y qué se viene después de Putas es Poco?
–La novela Quítame Tus Sucias Manos de Encima, que es la primera frase que Charlton Heston pronuncia en El Planeta de los Simios después de que lo atrapan los monos. El punto de partida son las trece horas de charlas matrimoniales que mi mujer y yo tuvimos que aguantar. Éramos como ciento cincuenta parejas y se me ocurrió explicar la historia de esta sociedad a través de una pareja que se ama pero que va a encontrar allí una prueba de fuego. Siempre he querido hacer algo parecido al pulp, y esta será una especie de aventura de ciencia ficción en el Perú. De ciencia ficción porque nadie se creería fuera del Perú las cosas que ocurren aquí. En realidad es realismo, naturalismo, pero el naturalismo peruano fuera es ciencia ficción pura y dura. (Maribel De Paz)

Jirón de Amor


*Extracto del libro Putas es Poco.

El carro azul celeste que dobla la esquina me alegra el día. El azul celeste es mi color favorito, me anima un cuanto no sé por qué, me hace sentir celestial, una barbaridad.

Es un Porsche, creo, o uno así, no entiendo de marcas. Pero es lujoso. Es ultraplano y su color lo hace especial. Lo conduce una chibola que podría haber sido yo, no es más linda que yo. Lleva un vestido bonito, lentes de sol y masca goma de mascar para demostrar que es feliz.

Se parece tanto al sueño que él y yo tuvimos. Me prometió el oro y el Moro se fue. Me prometió la felicidad eterna y al día siguiente se esfumó, quién sabe si con o sin ella. Del oro tampoco hubo noticia, más bien se llevó el poco que yo había ahorrado. No hay Moro en la costa, ni en la sierra ni en la selva. No volví a saber del Moro, pero sí me dejó algo que vale más que todo el oro y que él juntos.

La tengo a veinte metros de la esquina. Pochita me avisa si viene el serenazgo o la policía. Sólo con poner los ojos salidos, redondos, de su carita de sueño, sé que algo se cuece. Es carne de mi carne, no me podría engañar. Si hace algo así, algún gesto raro, me quito del medio. Me voy a un zaguán a fingirme la noctámbula que no sabe dónde ha metido las llaves, no tengo tanta plata para la coima. Si ella no se vuelve, me apuesto en la esquina y ofrezco mi boca regia de quince abriles, y así estoy bien parada hasta que me toca inclinarme.

Por el día Pochita no me hace falta. Por el día la tengo conmigo porque no me fío de dejarla sola en la choza. Con el cerro vecino también invadido, hay mucho malogrado suelto y mucho desocupado disfuncional. Tampoco la mando a la escuela del asentamiento, algún profesor seguro la querrá chifar.

Conmigo está más segura. Intento que no mire mientras trabajo y ya.

Por el día también tengo a mi amiga, la agente Nardos. Con ella delante no le podría pasar nada a Pochita, ni a mí. No lo permitiría. De seis a seis, ella está subida a su torreta de tráfico en pleno centro del jirón, tragando gases de los carros que pululan en ambos sentidos. El atasco de tránsito es habitual, un parón allí puede demorar sus cinco minutos fácil. Pero si la cosa está descongestionada, la agente Nardos se porta igual: los detiene de mi lado con un pitido infernal de generala y los deja allí aguardando que una avalancha imaginaria esté a punto de cruzarles, aguardando su capricho en realidad, hasta que me dé tiempo a pasearme toda la cola de carros ofreciendo mi flor bermeja. Hay días que me he hecho una hilera entera, uno por uno o incluso dos y tres por uno, depende de lo repleto que ande el auto. Yo de rodillas al primero, y los de atrás aguantando mecha, mentándole la madre a la agente o tragando saliva de los ojos que se les secan. La mayoría callados, sí, esperando que les llegue el turno. Si hasta otros que no tenían pensado alquilarme terminan por hacerlo, de ver las caras sudorientas y gustosas que ponen los más. A veces sale algún gringo de un carro y se me acerca todo contrito a preguntarme que por qué hago eso, y cuando le digo que por dinero, compadecido me saca unos billetes y me dice que me vaya.

Me voy, claro, una cuadra arriba y tres a la derecha y vuelvo. Hay días que me duelen las pompas de tanto apoyarlas en mis talones. Hay días que me ha ido bacán gracias a ellas.


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