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Historia La relación entre monarquía y armada británicas es histórica. Príncipe Harry no será parte de ella, parece.

Guerreros Reales

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Reina Madre, Jorge VI y estragos de una bomba en el Palacio de Buckingham, en la 2da. Guerra Mundial (1940). Ella siempre se negó a mudarse.

Las últimas semanas no han sido amables con el más joven y colorado de los hijos del Príncipe Carlos. Hasta hace un par de semanas, Harry aún iba a ser el líder de un pelotón del Regimiento “Blues & Royals” de la Caballería “Household”, destacado a Irak. Debía dirigir a los once soldados que lo conforman y que él, a sus veintidós años, entrenó. Pero el sábado pasado los ha visto partir, luego que el Ministerio de Defensa decidiera que su estancia en Irak no era sólo de un peligro inminente para él, sino para su regimiento.

No importó que, ante las amenazas de secuestro y el mohín de recular de la cúpula militar británica, sus compañeros se hayan ofrecido a usar peluquines color zanahoria y camisetas con el slogan “Soy Harry”, según tabloides sensacionalistas como “The Sun” y “Daily Mirror”. No importó que él mismo se haya esforzado en hacer saber su fuerte deseo de acompañar a su pelotón en la guerra. No importó, finalmente, que buena parte de su pueblo lo apoyara en esa pretensión. Harry ha despedido a sus muchachos con una decepción que no sólo debe entenderse desde su joven ímpetu, sino también desde una mirada histórica. Y es que la relación entre la monarquía y las fuerzas armadas británicas responde a una tradición de meterse de cabeza –coronada– adonde sea que haya revuelta.

Corazón y Garra de León

Desde su pupitre, Mr. John Andrews, natural de Gales, Jefe del Departamento de Historia del Colegio Markham, da cuenta de algunas figuras históricas y otras de leyenda que pertenecen, ya, al imaginario universal. Habla sobre Boadicea o Boudica, reina de la tribu icena que, en el 60 d.C., la emprendió contra los romanos que habían asesinado a su esposo e hijos. Ella y sus hijas dirigieron un ataque en el que conquistaron Londres (entonces ocupado por los romanos) e hicieron retroceder al enemigo. Pese a esa victoria, Boadicea y sus huestes fueron finalmente vencidas, y ella y sus hijas violadas. Se mató ingiriendo veneno. Pero se constituyó en un ícono de la mujer guerrera, tan poco reconocida en batallas más contemporáneas.

Y claro, está el Rey Arturo: mitológico rey sajón que intentó unir a las tribus de Bretaña para hacer frente a vikingos y anglosajones. Su origen debió estar en el jefe de alguna tribu antigua, y la leyenda fue engrandeciéndose a medida que los narradores cantaban sus proezas. Arturo, el elegido, el único que pudo hacerse de la Excálibur que yacía incrustada en una roca, encarna a la figura del rey como poseedor de un derecho divino. Sobre él, sólo Dios.

Haciendo valer ese derecho, Alfredo el Grande logró poner a raya, en el siglo IX, a los feroces vikingos. Un poco más tarde el Rey Canuto –que unió por un tiempo Dinamarca e Inglaterra durante feliz reinado- reclamó ese mismo derecho desde la playa, ordenando al mar que se retire. Sin lograrlo, claro.

Pero nadie como Ricardo Corazón de León, llamado así por la valentía con la que lideró a sus caballeros en las Cruzadas del siglo XII. Es el más famoso de los reyes, dice Andrews y, por si existiera duda, recuerda que el pobre Kevin Costner se mató durante todo “Robin Hood” para que, en los últimos minutos de la película, Sean “Corazón de León” Connery le robara, al ladrón, todito el ecran.

Caballero Moderno

Robert Webb, Jefe de Misión Adjunta de la Embajada Británica en el Perú, explica que, dado que la reina es Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, el nexo entre estas y la monarquía es natural. “Pero la ida del príncipe, desde un principio, estuvo sujeta a revisión. Porque las circunstancias de las operaciones militares cambian, y porque, además, esta es una guerra distinta. El Jefe del Comando Conjunto visitó Irak y comprobó que el riesgo es mayor”, dice Webb. Pero no falta el suspicaz que vea en todo ello una estrategia, para que, ya sin los medios sobre él, el príncipe pueda cumplir con regimiento y tradición. “¡No podría declarar sobre eso! Me enteraré cuando usted se entere. En todo caso, no lo creo”, finaliza Webb, con breve alarma y luego compostura británica que es, también, histórica (R. Vaisman).


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