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Cultural Osvaldo Cattone reincide en el mundo editorial con La casita del placer, su segunda novela.

Gozo en su Tinta

“Mi novela no tiene un protagonista, es coral. La quise llamar Coincidencias, pero a la editorial y a mí nos pareció poco descriptivo“.

Querubines con forma de lámpara, enredaderas colgantes y floridos arreglos rosáceos. También chimenea, piscina, cancha de tenis y sillón atigrado. Y cuatro perros, tres aves, un papagayo y dos ayudantes solícitos a cualquier requerimiento de CARETAS. No hay duda: este es el lugar.

Osvaldo Cattone se sienta en su terraza y ofrece huevos revueltos. Es un bon vivant, un sibarita de 74 años. Pero ahora quiere retirarse de las tablas para escribir. “Ya no juego en la cancha de tenis, y en invierno ya no nado en la piscina”, explica sin perder la sonrisa. Primero publicó Mirar sin Verte, (2005). Luego, una columna en Expreso llamada Cattoneando, casi siempre titulada ‘Hola, amigo’. Ahora, La casita del placer (2007). Antes de empezar la entrevista ya tiene otra novela.

–La intrusa va a ser el gran best-seller del Perú. Es la historia de un padre y un hijo enamorados de una misma mujer. ¿Sabes? Yo escribo porque me divierte. No formo parte del cenáculo de escritores. Curiosamente, tampoco formo parte del de actores.

–¿Por qué no escribir teatro?
–Porque no sé escribir teatro. Ni (Mario) Vargas Llosa sabe escribir teatro, y eso que tiene mucho más talento que yo. Mira, no me creo James Joyce. Sólo quiero que el lector quede atrapado, que no me abandone. Acabo de empezar el último del Nobel Orhan Pamuk y no puedo pasar la página 20. No puedo perder tiempo luchando contra Joyce. No puedo leer la poesía de Blanca Varela, por ejemplo.

–¿Qué autores le gustan?
–Adoro a Walt Whitman y a Chocano. A Gabriela Mistral y Alfonsina Storni. Y claro, a Rosa Montero, pues mi amistad con ella surgió a partir de mi admiración.

–¿Qué ha opinado de su nuevo libro?
–Le encantó el borrador. Dice ser mi fan número uno y haberse emocionado leyéndolo en su cama. Ahora, acá me hicieron mierda con el primero. Sólo Ricardo González Vigil habló bien de mí.

–Conoce de críticas adversas. Si antes era visto como la cara frívola del teatro, ¿ahora qué dicen de ‘Baño de mujeres’ y Teatro desde el teatro?
–Peor que exista ‘Baño de mujeres’ o ‘Teatro desde el teatro’ es que La Plaza Isil o el Centro Cultural de la PUCP tenga éxitos con Perú Jajá o Morir de Amor, que es lo mismo que hace Cattone. El verdadero culpable de la banalización del arte en el Perú es el público. El público de Lima es totalmente pasatista. La gente es tan infeliz que va al cine y al teatro para divertirse. Lo último que quieren es ver Beckett. Yo, como soy un hombre feliz, voy a ver algo con contenido. No necesito pasarla mejor en el teatro.

–Pero necesita escribir.
–Las generaciones pasan tan rápido, Carlos, que cuando yo muera y tú mueras nadie sabrá que hemos hablado. ¡Nadie sabrá que existimos!

–El libro existirá.
–El teatro es sólo el instante. El libro dura. ¿Sabes lo que es irse de este mundo? ¿Y además irse hacia la nada, hacia la oscuridad, hacia un agujero, hacia la llama, hacia la cremación? ¡No me jodas, viejo! Un día vas a leer en el periódico ‘murió Cattone’. Dirás ‘yo lo conocí’.

–Toco madera.
–Yo también.

Toc, toc. (Carlos Cabanillas)

La Casita del Placer

Un adelanto del tercer capítulo de la novela de Osvaldo Cattone.

BETO
Salió del Burlesque a las doce. Si a medianoche no conseguía nada prefería irse a su casa. Era muy selectivo con los clientes y Danny, con quien compartía un departamento en Queens, le criticaba todo el tiempo que fuera tan puntilloso con la mercadería que se le ofrecía.

En el caso de que a Beto no le gustara, no atracaba y, aunque la tarifa fuese siempre más o menos la misma, prefería perder los ciento cincuenta dólares a dejarse manosear por un viejo que le daba asco. Por supuesto lo hacía por plata, pero también tenía que sentir ganas. El billete solo no lo excitaba.

Le parecía más honesto que, si hacía gozar a alguien, él también gozara. O sea, era un puto que retribuía con amor el amor que despertaba; si no, no podía. A veces tenía que rebajar la tarifa porque el que le atraía no podía pagar la cantidad suficiente. Y lo hacía con gusto. Prefería ganar menos y gozar más, lo cual era inversamente proporcional al provecho del negocio.

Su inglés había mejorado. Se había inscrito en una academia donde enseñaban el americano de la calle y en dos años casi pensaba en neoyorquino.

Él y su hermano Javier, que estaba en Lima y al que solo le había mandado alguna postal en los primeros tiempos, habían estudiado inglés. Pero lo hablaba tan perfecto y tan british que en ningún lado lo entendían. Es más, se burlaban de él y prefería conversar en spanglish con los latinos que conocía. Había llegado primero a Miami y luego a Nueva York después de que su madre hubiera muerto de un cáncer terminal. Esto le había dejado imágenes imborrables, como cuando al acariciarla, una noche en que aullaba de dolor, se iba quedando con los mechones de su pelo, ese precioso pelo negro, en la mano.

Por suerte el cáncer de colon fue rápido y el Seguro Social le permitió estar muy bien atendida, pues había sido enfermera diplomada y conocía a mucha gente en el Rebagliati. Javier y él habían estado hasta el final a su lado y prácticamente murió en los brazos de ambos.

Su padre, con otro compromiso que no lo dejaba moverse con libertad, solo se manifestó en la tarjeta de una corona y en un sobre que dejó en la casa con quinientos dólares para ayudar con el sepelio. Pero no quiso verla en el cajón. Seguro que iba a ser una imagen demasiado intensa para su comprometida conciencia

Beto se fue enseguida a Estados Unidos. Javier lo hostigaba por su condición de gay y, fallecida su madre y lejos de su padre, no tenía con quién vivir ni qué hacer.

No podía seguir discutiendo con su único hermano por una realidad que él no pensaba alterar, porque su naturaleza le pedía su mismo género y no tenía la menor idea de cómo se podía sentir atracción por un sexo que no fuera igual al suyo. (...)


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