domingo 17 de febrero de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1980

14/Jun/2007
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre Derechos HumanosVER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Salud y BienestarVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Jaime Bedoya
Sólo para usuarios suscritos Nicholas Asheshov
Sólo para usuarios suscritos José B. Adolph
Sólo para usuarios suscritos Cherman
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2270
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión

Diez Preguntas Para Robert Zoellick

La dimisión de Paul Wolfowitz de su cargo en el Banco Mundial ha resuelto un problema, pero ha revelado otro. Cuando se mencionó por primera vez el nombre de Wolfowitz como candidato a la dirección del primer banco de desarrollo del mundo, se acogió con incredulidad la idea de que el causante del fracaso de EE.UU. en Iraq fuera recompensado así.


Pero el presidente George W. Bush, desde que empezó a gobernar, procuró socavar las instituciones y los acuerdos multinacionales. El nombramiento de Wolfowitz pareció formar parte de ese empeño.

¿Se debe permitir ahora a Bush, presidente debilitado por encontrarse al final de su mandato y que cuenta con poco apoyo en su país y menos aún en el extranjero, que nombre al próximo presidente del Banco Mundial? Bush ya ha demostrado su falta de juicio: ¿por qué concederle otra oportunidad?

Los argumentos contra el sistema amiguista mediante el cual los Estados Unidos nombran al jefe del Banco Mundial y Europa al del FMI son particularmente apremiantes en este momento. ¿Cómo puede ser eficaz el Banco para fomentar la gestión idónea de los asuntos públicos y la lucha contra la corrupción, si se elige a su Presidente mediante un proceso que demuestra fallos en su propia gestión? ¿Cómo puede ser creíble un mensaje anticorrupción, si lo formula alguien nombrado por un gobierno de los Estados Unidos considerado uno de los más corruptos e incompetentes de su historia?

Resulta interesante que, como han señalado varias comisiones del Congreso de los EE.UU., redundaría en provecho de este país que el Banco estuviera dirigido por la persona más competente, seleccionada en un proceso abierto y transparente, independientemente de su nacionalidad, sexo o raza, lo que requeriría un cambio en la forma de elegir a su Presidente y, en las recientes audiencias celebradas en el Congreso sobre el Banco Mundial, las primeras en trece años, yo, como todos los demás comparecientes, pedí esa reforma decisiva.

Aquí tenemos algunas de las preguntas –con ciertas insinuaciones sobre las respuestas adecuadas y las inapropiadas– que se debería formular a cualquier candidato propuesto para la presidencia del Banco, incluido el nombrado por Bush, Robert Zoellick:

¿Cree usted que el Presidente del Banco Mundial debe anteponer los intereses de los países en desarrollo? ¿Instará usted a Europa y a Estados Unidos a que eliminen sus subvenciones agrícolas? ¿Abogará por una ronda de desarrollo que insista en la liberalización de los mercados laborales más que en la de los mercados de capitales, la eliminación de los obstáculos no arancelarios que mantienen los productos de los países en desarrollo fuera de los países industriales avanzados y la abolición de la llamada “progresividad arancelaria”, que obstaculiza el desarrollo? ¿Adoptará usted una actitud receptiva ante las investigaciones, aun cuando éstas muestren que las políticas de los países industriales avanzados pueden no redundar –al menos en algunas circunstancias– en beneficio de los países en desarrollo?
Durante el período en que James Wolfensohn ocupó la presidencia del Banco, hubo un cambio de concepción. Fomentamos políticas basadas en la investigación, aun cuando ésta resultara crítica con las políticas impulsadas por ciertos países industriales avanzados y por algunos de los funcionarios del Banco. Cuando nuestras investigaciones mostraron que ciertas políticas –como la de las subvenciones agrícolas– estaban perjudicando a los países en desarrollo, hicimos públicas las conclusiones y contribuimos a orientar el debate.

¿Apoyará usted la iniciativa de los países en desarrollo en pro de un régimen de propiedad intelectual orientado hacia el desarrollo?
Lo que separa a los países en desarrollo de los países desarrollados no es sólo el desfase en materia de recursos, sino también un desfase en materia de conocimientos. Se debería concebir el Banco, en parte, como un Banco de Conocimientos, que debería abogar por reformas encaminadas a aumentar el acceso de los países en desarrollo a los conocimientos.

El acceso a los medicamentos genéricos es esencial para que los países en desarrollo mejoren la salud de los pobres. El Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio de la Ronda de Uruguay fue concebido para reducir el acceso a los medicamentos genéricos, y lo consiguió. Pero peores aún han sido los acuerdos comerciales bilaterales que ha impulsado Bush. Todo candidato que afirme representar los intereses de los países en desarrollo debe distanciarse de esas políticas.

¿Laborará usted en pro de una nueva formulación de los criterios mediante los cuales consiguen los países el acceso a los fondos?
En la actualidad, hay países que reciben fondos sin ser los más necesitados ni poder utilizarlos de la forma más eficaz. El cumplimiento de las ortodoxias actuales –por ejemplo, en materia de privatización y liberalización– sirve para obtener puntos en materia de “gestión idónea de los asuntos públicos” aun cuando reduzcan la verdadera eficacia de la ayuda.

¿Cree usted que se debe interrumpir la concesión de fondos a los países corruptos? En caso afirmativo, ¿lo hará de forma coherente? En caso negativo, ¿cómo debe responder el Banco? ¿Apoyará usted un programa amplio de lucha contra la corrupción, incluida la eliminación de las cuentas bancaria secretas?
Uno de los defectos del programa de lucha contra la corrupción de Wolfowitz fue el de que se impulsó la ampliación o la continuación de la ayuda a países favorecidos por el gobierno de Bush, como el Iraq o el Pakistán, independientemente de su grado de corrupción, mientras que hubo poca tolerancia para otros. Asimismo, el gobierno de Bush se opuso a la iniciativa de la OCDE encaminada a limitar el secreto bancario, hasta que comprendió que las cuentas cubiertas por el secreto bancario contribuían a la financiación de los terroristas.

¿Cree usted que el Banco Mundial debería hacer más para alentar a los países a adoptar normas laborales básicas?
No sólo no ha adoptado el Banco una actitud activa para fomentar esas normas acordadas a escala mundial, sino que, además, existe preocupación porque, cuando habla de “mercados laborales flexibles” y de condiciones que propician la inversión privada, no fomenta la negociación colectiva ni la protección de los trabajadores.

El sistema amiguista de elección del jefe del Banco Mundial debe desaparecer. Ya ha hecho bastante daño. Pero, si los países industriales avanzados que controlan el Banco se niegan a respetar sus principios, al menos deben dar una señal en pro de una mayor transparencia. El mundo debe saber lo que va a recibir. Las audiencias públicas serían un paso en la dirección correcta. (Joseph Stiglitz*)

-----------------
*Joseph Stiglitz es premio Nobel de Economía. Su último libro es Making Globalization Work (“Cómo hacer que funcione la mundialización”).


 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista