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Cultural Un libro de Waldemar Espinoza precisa cómo las rebeliones de nativos y la acción de misioneros nos dieron un ancho espacio amazónico.

Una Selva de Historia

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Nudistas del Napo, 1880.

Waldemar Espinoza Soriano (Cajamarca, 1956) es un historiador que se internó durante años en la selva virgen de archivos de España, el Perú, Colombia, Ecuador y Argentina para desentrañar la historia de nuestra Amazonía y la hondura de sus conflictos (que no cesan).

Tras largo safari, acaba de publicar Amazonía del Perú. Historia de la Gobernación y Comandancia General de Maynas (hoy Regiones de Loreto, San Martín, Ucayali y Provincia de Condorcanqui), en coedición del Congreso del Perú y el Banco Central de Reserva. He ahí un libro de 598 páginas en el que la investigación rigurosa halla pasajes que lindan con lo real maravilloso.

Por ejemplo cuando documenta la leyenda de El Dorado. A fines de 1533, cuenta, el capitán Sebastián de Benalcázar salió de Piura, rumbo a Quito, que entonces pertenecía a la Gobernación del Perú. En Quito, el conquistador escuchó un relato del indígena Moqueta, según el cual había en la selva un cacique que se cubría el cuerpo con polvos de oro antes de bañarse en una laguna. Benalcázar partió en busca de ese cacique, desde entonces llamado El Dorado. Incursiones, luchas, ambiciones, descubrimientos territoriales fueron inspirados por esa fiebre del oro que buscaba la región de El Dorado.

El libro trae aparejado un tesoro de ilustraciones. Allí nos asombran grabados que son obra de exploradores europeos de cuando no se había inventado la fotografía; pero que captan con fidelidad costumbres, rostros, vestimentas (o ausencia de ellas). Por ejemplo una valiente mujer de la etnia ticuna enfrentándose, lanza en mano, contra un jaguar furioso.

Otra imagen ilustrativa es la de un bandeirante, con su chaqueta sin mangas rellena de algodón, para escapar al daño de las flechas nativas. Los bandeirantes, explica nuestro autor, eran exploradores y bandoleros brasileños de la región de Sao Paulo que en el siglo XVII penetraban en suelo peruano en busca de oro o piedras preciosas y que capturaban selvícolas para esclavizarlos.

Las etnias amazónicas defendieron su territorio (que es ahora nuestro territorio). Con todo, los bandeirantes violaron la línea señalada por el Tratado de Tordesillas entre España y Portugal, y forjaron un Brasil cuatro veces más grande de lo que era originalmente.

Historiador con Historia

Nacido en Cajamarca y graduado en la Universidad de San Marcos, donde fue discípulo de Raúl Porras y condiscípulo de Mario Vargas Llosa, Pablo Macera y Luis Lumbreras, Waldemar Espinoza ha efectuado ya antes importantes trabajos sobre el pasado peruano.

En su libro La destrucción del imperio de los incas (220 mil ejemplares vendidos), recuerda que Porras pedía a sus alumnos trabajos de interpretación de textos y de investigación histórica. Espinoza presentó uno titulado Los auxiliares indígenas de Cajamarca en la conquista española. Se basó en informes inéditos de los siglos XVI y XVII que halló en el Archivo de Cajamarca.

De entonces arranca su devoción por el trabajo de campo en archivos. Su libro demuestra que ha buceado intensamente en fuentes múltiples.

“En la selva peruana”, explica, “abundan folletos, libros, memorias de jesuitas, franciscanos, dominicos y mercedarios. También mapas, cartas de navegación y descripciones topográficas”.

Allí se puede leer el movimiento de la historia y la geografía. Los misioneros jesuitas, que penetraron en la selva desde 1630 hasta 1797, año en que los expulsaron del Perú, cumplieron sobre todo una labor educativa. “Eran más tolerantes que los franciscanos”, sintetiza Espinoza. Los jesuitas multiplicaron ciudades y escuelas para los catecúmenos.

Por lo demás, no fue nada pacífica la conquista de la selva. En 1676, tres mil abijiras fueron masacrados para vengar la muerte de un sacerdote.

Rinde homenaje el historiador al sacerdote José Bahamonde, quien en 1740 fundó el pueblo de Santa Bárbara de Iquitos. La actual capital loretana tenía entonces 80 habitantes hoy tiene 350,000 (y está plagada de pobreza, abandono, contaminación de ríos y saqueo de bosques).

Destaca Espinoza la rebelión de Juan Santos Atahualpa, que fue en gran parte, señala, una forma de rechazo a los patrones culturales ajenos a los propios.

Escribe Espinoza: “Juan Santos Atahualpa sublevó a las etnias de Chanchamayo, Perené, Pangoa, Gran Pajonal, Pachitea, Palcazu y Alto Ucayali. Las etnias del mencionado ámbito se precipitaron velozmente a obedecerle, por considerarlo su libertador. Tenía tanto prestigio que hasta las etnias ya cristianizadas del Perené lo admiraban y seguían, ejemplo que fue imitado por campas y amueshas”.

Y prosigue: “La estremecedora y más grande rebelión acaecida en la Amazonía peruana fue tan intensa y significativa, que ahora la historia crítica la juzga como el primer movimiento precursor de una independencia netamente indígeno-mestiza, que antecede a la de Túpac Amaru. La guerra duró más de diez años”.

Como se sabe, Juan Santos nunca fue derrotado.

Espinoza reivindica también a Francisco de Requena, el ingeniero nombrado por el rey de España como gobernador y comandante general de Maynas. Fue un hombre que durante 17 años recorrió la selva palmo a palmo. Por eso pudo sustentar, en documento exhaustivo, por qué debía devolverse al virreinato del Perú la jurisdicción sobre Maynas que durante algunos años le había sido cercenada. Desde Bogotá, demostró Requena, era imposible manejar la región.

Waldemar Espinoza nos comunicó este hecho curioso: no existe en ningún lugar una imagen de Francisco de Requena.

Por el Principe de Asturias

El volumen ahora publicado es sólo el primer tomo de la obra, puesto que abarca desde el siglo XV hasta la primera mitad del XIX. El segundo tomo llega hasta el 2000. Está listo para su publicación.

Este trabajo erudito y ameno, vasto y fascinante, aparece en días en que diversos científicos sociales, incluidos algunos historiadores españoles, están promoviendo la candidatura de Waldemar Espinoza al Premio Príncipe de Asturias, que España discierne. Lo merece. (César Lévano)


 


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