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Entrevistas En medio de thriller acusatorio, escritor ofrece su propio rollo. Filmación de “Julius” arranca en diciembre.

La Película de Alfredo Bryce (VER)

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Recostado en uno de los sillones de cuero del Bar Inglés del Country Club, Alfredo Bryce Echenique parece un personaje salido de su propia pluma: mientras su mundo amenaza con venirse abajo, él desestima las acusaciones de plagio en su contra con socarronería y el primer vodka tonic de la tarde en la mano.

Hasta el momento, son once los plagios de artículos periodísticos que se le han imputado. Un error de su secretaria, se disculpó Bryce primero. Un complot fujimontesinista, adujo después. Fruto del odio de un enemigo, retruca ahora.

Mientras tanto, el hielo tintinea en su copa al compás de los sueños del escritor. La felicidad plena, explica, sería volver a vivir en San Isidro, entre el Country Club y la Bonbonniere. Por ahora, luego de su medio año de rigor en Lima, Bryce Echenique ya está de salida rumbo a Barcelona. Una llamada suya nos hizo saber que no quería irse sin decir lo que está a punto de decir.

–¿Se va usted a España para olvidar todo el asunto de los plagios?
–Bueno, lo que me interesa ahora es ver a los famosos plagiados catalanes que son mis amigos y saben que se trata de un montaje. Un montaje del señor Herbert Morote que le paga a un periodista peruano. Si se han metido conmigo me van a conocer, porque mi reputación ha estado en entredicho, aunque desde que me convertí en plagiario mis libros se han vendido más que nunca. La gente en las calles me vuelve loco, me felicitan, se solidarizan. Es una cosita provinciana.

–Pero no puede negar el rebote que ha tenido esto en el exterior.
–Bueno, en un periódico donde es un honor que te traten mal. En el Inmundo, como le llaman en España a El Mundo, aunque allá no pueden ser tan inmundos como acá porque no ha habido Fujimori que degrade a la prensa.

–Ha dicho usted que se trata de un complot fujimontesinista.
–Bueno, ya no creo que sea fujomontesinista. Sé quién lo paga. Morote, en concreto. La delincuencia periodística está instalada en Lima, en el Perú. Eso es lo que hizo Fujimori, desmembrar el Estado, envilecer el periodismo y emputecer al pueblo.

–Alfredo, ¿en serio no cree que haya podido cometer un error involuntario en algún momento?
–Creí que lo había cometido en el primer texto, el texto del embajador De Rivero, pero después me dije, “¿cómo es posible que yo o mi secretaria saquemos un artículo de una revista llamada Quehacer en Lima y lo publique en El Comercio?” Eso no lo hace ni un subnormal.

–Ya no cree entonces en lo del complot fujimontesinista.
–No dejo de creer, porque mis amigos periodistas y sociólogos insisten en que sí ha podido haber una campaña de desprestigio de ciertos intelectuales con cara al retorno de Fujimori.

–Sin embargo, Mario Vargas Llosa luchó abiertamente contra la dictadura y a él no lo acusan de plagiario.
–A Vargas Llosa lo han acusado de trata de blancas, ya hubiera querido que lo acusen de plagio.

–¿Dónde lo han acusado de eso?
–Que te lo cuente Mario. Yo no me acuerdo bien. Yo me desentendí del asunto cuando presenté mi renuncia a El Comercio, pero bueno, ya tomé la decisión de residir en el Perú todo el año. Mira, la mejor forma de responder a estas acusaciones es haciendo lo que uno mejor sabe: escribir. La Vanguardia me hizo una larga entrevista y no quisieron publicarla por no darle publicidad a este asunto. Es un lío de peruanos.

–Pero La Vanguardia está evaluando entablarle acciones legales.
–Pues ese juicio no lo han iniciado jamás, porque han decidido no hacer nada más que un almuerzo de bienvenida para cuando yo regrese. Mira, te voy a decir una frase que es de una ranchera de Pedro Infante: “Yo p’abajo volteo muy poco, tú p’arriba no sabes mirar”. Pues eso le digo a (Augusto Álvarez) Rodrich. Lo que he hecho es esperar a que el “chaparrón” pase.

–Dice usted que es un lío provinciano, pero ha rebotado en España, Argentina, Chile…
–Pero sin que nadie entienda nada, es el cochabambismo: cuando no sabes bien de algo o no quieres a alguien, insúltalo, dile maricón o plagiario.

–Pero no puede negar que el “chaparrón” lo moja de todas maneras.
–Bueno, sí, sí, ha llovido y me ha llovido a mí sobre todo.

–Para algunos es obvio que usted ha plagiado. Para otros, está demasiado enfermo para darse cuenta de lo que está pasando. Yo lo veo saludable.
–Pues ya ves. En los seis meses que llevo aquí he terminado una novela y estoy escribiendo otro libro de cuentos, he viajado, he releído todo Anna Karenina, hago mis caminatas cada mañana durante dos horas. Siempre he tenido fama pues de loco, de bohemio, de borracho, de todas estas cosas que me han permitido esconderme muy serenamente y hacer una vida en la que ya voy por los 25 libros. He estado desaparecido en una playa del sur escribiendo mientras ocurrían todas estas cosas.

–¿No le afectó enterarse de lo que estaba pasando?
–En el primer momento sí. Me llamó la atención que me acuse un señor muy respetable que ha hecho un texto muy bien preparado. Tiene todo el derecho de ponerse furibundo. Entonces no veía tan claro cuál era la confusión y dije que mi secretaria había mandado el texto equivocado. En el primer momento estuve perturbado. Después ya me doy cuenta que es mucho más que un error. Yo no puedo acusar a nadie porque no tengo pruebas.

–Pero usted ha dicho que Morote es quien está pagando para que lo ataquen.
–Bueno. Es probable, es probable.

–O sea, según su teoría, Morote le paga a Álvarez Rodrich para que lo acusen de plagio.
–Bueno, yo creo que sí, pero no puedo afirmarlo.

–Alfredo, lo último que ha salido a la luz es sobre el artículo de Niño de Guzmán que usted habría plagiado en febrero de 1993.
–Bueno, eso es que Oiga era un desastre. Yo que he dictado cátedras enteras sobre Cortázar en Estados Unidos, ¿voy a tener necesidad de copiarme un artículo periodístico de un gran amigo? Es que en Oiga hicieron uno de esos cambalaches típicos de una revista en decadencia y mezclaron cosas de un artículo de Guillermo con cosas de un artículo mío o han tomado un artículo que yo mandé... Guillermo trabajaba ahí.

–No me diga que el propio Niño de Guzmán es culpable de haber sido plagiado.
–Él no recuerda ni yo tampoco. Es igual a lo que le sacaron al pobre Alonso Cueto, un texto del 93, por supuesto que ahí Perú 21 cerró filas con su colaborador. Y, bueno, Cervantes fue el gran plagiario de la historia, y Shakespeare fue un monstruo que se comió todo. No es el caso de estos artículos de porquería que citan ahora... el plagio es el más grande homenaje, y bueno, yo creo que plagio y contagio son palabras sinónimas.

–¿A quién le gustaría plagiar?
–Me gustaría plagiar a Stendhal. Nunca he encontrado el camino, sus claves son tan herméticas. Y me gustaría plagiar pues a Cervantes. Un plagio es un acto de admiración, de cariño.

–¿Y qué opina sobre la débil línea que hay entre ficción y realidad? Habrá quienes digan que usted parece un personaje salido de sus propios libros, a quien el mundo se le viene abajo alrededor sin que se dé cuenta.
–Sí, bueno, creo que realmente la realidad me desborda. Me resulta profundamente aburrida y chata.

–Con el primer caso, el del embajador, usted dijo que su secretaria se había equivocado...
–Sí, sí, sí. Eso no es verdad, mi secretaria era yo. Claro, pero es que me desconcerté, porque yo no tengo ese material acá.

–Ahora cree que no se equivocó. Entonces ese texto no era parte de ninguna bibliografía, como usted decía.
–Todo eso me lo inventé porque estuve aturdido, pero cuando salen dos, tres, cuatro, yo digo “no puedo haber cometido ocho errores porque entonces estoy para una casa de ancianos”. Para darme un poquito de importancia dije que fue mi secretaria. Mira, ahora estoy en los títulos de otro libro que se llama “Historietas y Cualquiercosarios”: “Cesítar o la historieta de un tamañito” y también “Augusto o la historieta de un estreñimiento”. Cualquiercosarios son los que son cualquier cosa menos algo, y entre ellos tengo a Alonso Alegría, que no es nada al lado del padre. Y ahí también estoy plagiando a Gregorio Marañón.

–¿Le parece vil el periodismo peruano?
–No, no es el periodismo, es la mezcla de lector-periodista. Pero soy optimista con el Perú. Tuve un primer retorno frustrado y me fui enfermo de tristeza. Llegué en un mal momento, justo el final de Fujimori. Desarrollé una paranoia a todo. Muchas cosas me agredían, la fealdad de muchos sitios. Fue una espiral de locura y terminé en un hospital en Barcelona. Huía, huía, la paranoia estaba dentro de mí, la llevaba por donde iba, el Perú me perseguía por todos lados. Rodrich ya se insinuaba detrás de una puerta, ja, ja. Pasé una temporada en un hospital psiquiátrico atado en un calabozo o algo así. Y pastillas e inyecciones y calmantes y quitarte la copa por completo.

–Con un síndrome de abstinencia espantoso, me imagino.
–Brutal. Brutal. Sin embargo, la recuperación fue impresionante. Fue en una psicoclínica en las afueras de Barcelona. Un manicomio. Un sitio entretenidísimo.

–No faltará quien piense que usted no se ha terminado de curar y en realidad esto de los plagios es parte de su locura.
–Bueno, yo te voy a decir que sí, eso lo ha pensado alguna gente. Yo lo he rechazado profundamente porque soy una persona que hace todo con un método maniático en mis horarios y mis cosas. O sea, que no me voy en olor de santidad, pero sí de literatura. Y me voy contento aunque, como dicen los mexicanos, no soy monedita de oro para gustarle a toda la gente.

–Ahora bien, Cecilia Valenzuela dice que también la “plagió” a ella.
–Ja, ja. La Chichi es una gran amiga.

–Ella dice que fue más que eso.
–¿Ah, sí? Estoy muy viejo, tengo derecho a perder la memoria. (Maribel de Paz)


 


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