Opinión
Burocracias Universales
Figura del proceso revolucionario contra la dinastía Somoza, la vena humorística de este ilustre colaborador no era conocida aquí hasta hace muy poco tiempo.Pronuncié encendidos discursos durante las concentraciones revolucionarias de los años 80, en la Nicaragua sandinista.
Agobiado por irritantes desvaríos de la administración pública, en una de esas intervenciones, dije: “cuando los dementes nucleares borren de la faz de la tierra toda vida humana, van a sobrevivir tan sólo las cucarachas y la burocracia”.
Ya me había olvidado del tema hasta que nuevas experiencias me lo recordaron.
Traje un par de pajarracos de Managua llamados en mi país lapas y en el Perú papagayos. Todos los papeles –creía yo– estaban en regla. No permitieron su ingreso. Hacían falta no sé qué permisos (así en plural). Llamé a la Ministra del Medio Ambiente y al Ministro de Agricultura de Nicaragua, los cuales enviaron todos los permisos posibles. Imposible. Amenazaron con degollar a las inocentes criaturas de San Francisco de Asís, tal como lo habían hecho con tres loros del representante de la ONU en este país.
Hablé con funcionarios del más alto nivel de Nicaragua y el Perú. Casi imposible. Después de hacer gestiones todavía más intensas que las hechas para condonar la deuda externa con el Perú, logré llevar a los animalitos (conocidos como Kaddafi y Arafat) a territorio nicaragüense (es decir, la Embajada) bajo serias amenazas de muerte. Ahora las carismáticas lapas parecen tener mal de amores, ansiosas de ternura, y es que están tristes por el frío limeño. Hasta ahora ahí están a la espera de un sobreseimiento definitivo.
Dejé olvidadas en Managua las llaves de mi escritorio limeño y, desde luego, le pedí a mi secretaria me las enviara por DHL. Los trámites aduaneros, el asombroso costo del rescate, el tiempo perdido, me obligaron a romper la cerradura.
La Embajada le dio de baja a un carro en el cual vagabundeó Matusalén y se lo vendió a nuestro chofer en un precio simbólico. Hace tres meses, César –así se llama el conductor– ha visitado 14 oficinas, yo he firmado 43 documentos y hemos gastado una fortuna en notarías y combustible y aún así mi amigo continúa viajando en las peligrosas Combis y, hasta ahora, no tiene esperanzas visibles de conducir su destartalado vehículo.
Cometí el error de enviar por carga aérea una caja conteniendo 10 cajas de tabaco nicaragüense (para obsequiarlas), tres botellas de vino, media docena de calzoncillos usados (aunque limpios), y cuatro ejemplares de mi libro: “La paciente impaciencia”. La línea aérea me cobró 200 dólares, la aduana del Perú otros 200, firmé tantos papeles que con ellos bien hubiera podido recuperar una parte de la inversión vendiéndolos por peso. Aún hace falta firmar otros documentos (hubo un error, ya que en algún papel hizo falta incluir en una palabra la letra A). Me prometieron, en la aduana, entregarme la caja mañana por la mañana.
Hace tres meses pagué por adelantado un vehículo Volkswagen para uso de la Embajada. Me juraron que lo entregarían, después de liberarlo de impuestos, o dicho de otro modo, después de cumplir con diferentes requisitos, dentro de 15 días. O sea lo recibiré –si lo recibo– dos meses y medio después de comprarlo.
Hablando con un amigo chileno, me consoló diciéndome: “en mi país es igual y en Argentina también y ni siquiera tienes idea de cómo es en Venezuela”. Y a propósito, agregó: “¿qué te hizo decir en Nicaragua esa frase apocalíptica del fin de la vida sobre la tierra?”
Ahí le dije: “cuando yo era Ministro del Interior, una funcionaria cercana a mí llegó a las oficinas administrativas a pedir subsidio por su embarazo. El burócrata le exigió pruebas de su estado y ella, que estaba próxima a dar a luz, se burló diciendo: “no puedo informarle de mi embarazo porque en realidad estoy con hidropesía”. (Tomás Borge)
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(*) Único sobreviviente de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua y embajador de su país en el Perú.