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Historia Una bomba atómica cayó sobre Nagasaki el 9 de agosto. Las armas nucleares que vendrían serían peores.

La Pesadilla Nuclear

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El primer ministro japonés, Shinzo Abe, ofrece una oración por las víctimas de la bomba atómica en el Peace Memorial Park, en Hiroshima, agosto 2007.

SE cumplen 62 años de la caída de una bomba de plutonio, apodada Fatman (El Gordo), sobre la ciudad de Nagasaki, Japón. 3 días antes, un 6 de agosto de 1945, una bomba de uranio, el Little Boy (El Muchachito) explotó en Hiroshima. Pero mejor no compararlas con el impacto superior de las actuales armas nucleares. Las diferencias son abismales.

Porque mientras la bomba de uranio que cayó en Hiroshima equivale a 0,015 megatones, una bomba de 1 megatón podría matar a todo ser vivo en un área aproximada de 30 km2, cuando la bomba sobre Hiroshima barrió con un espacio de 5 km2. Felizmente una bomba nuclear de 1 megatón nunca ha sido utilizada bélicamente, al menos de manera oficial.

Pero sin duda, el triste hito de Nagasaki e Hiroshima marcó el camino de desarrollo de lo que son las armas nucleares de hoy. De ellas, existen por lo menos 3 generaciones: a) Bomba A: que se activa por la implosión del plutonio. Tecnología de los años 30’s y 40’s. b) Bomba A de segunda generación: la mejora se manifiesta en el tamaño, pues los más de 3 metros se reducen a menos de 2. c) Bomba termonuclear que dispone de Deuterio, Tritio y Litio. Permite hacer explosivos con un rango de medio megatón, para empezar.

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Una bomba nuclear de un megatón desaparecería a un distrito como Surco (34,75 km2). La de Hiroshima (0,015 megatones) haría lo mismo con Pueblo Libre (4,38 Km2).

Paradojas en el desarrollo de la carrera armamentista: mientras la gestación de la primera bomba atómica tuvo como guía espiritual a Albert Einstein, hoy una bomba de uranio puede ser fabricada por profesionales que tengan cierta formación en física: son suficientes 5 kilos de uranio 235, con lo que la bomba tendría el tamaño de un panetón. Lo difícil es conseguir uranio 235 puro, ya que éste representa el 0.7% del uranio natural y para separarlo del uranio 238 hace falta procedimientos de laboratorio –por no decir reactores nucleares–, pero basta que el profesional sepa cómo acceder a ellos para acercarse a su meta.

Por otra parte, flota más una hipótesis según la cual Venezuela, vía Hugo Chávez, seguiría la política de los últimos países comunistas en la posesión de armas nucleares. Si el presidente con ínfulas de Bolívar señaló que “EE.UU. planea invadir Venezuela con armamento nuclear para apoderarse de nuestro petróleo”, el embajador saliente de los EE.UU. en Perú, James Curtis, respondió así cuando fue consultado sobre la posibilidad de un auge nuclear en Sudamérica: “Venezuela está intensificando sus relaciones con Corea del Norte e Irán, países con programas nucleares de riesgo. Eso es preocupante y lleva a sospechar de las intenciones de esa ecuación”. (CARETAS 1985)

El Inicio del Terror

Sin embargo, las bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima son las únicas de su tipo que, hasta hoy, han tenido un uso militar no experimental. Ambas fueron lanzadas tras la decisión del emperador japonés Hirohito de no rendirse. Resultado: más de 250 mil muertos. En pocos ciudadanos como los del Sol Naciente, la terquedad del orgullo solamente claudica ante la muerte.

Pero no todos los japoneses llevan la terquedad hasta esos extremos. Por ejemplo Hideo Irey, quien nació en Perú pero se educó en Japón y estuvo allí cuando el emperador Hirohito se dio cuenta de que la guerra no daba más, señala que lo que sintió la mayoría de los ciudadanos fue alivio, y no tristeza por la derrota de su nación. “El dolor de una guerra es algo que no se tiene que repetir”, afirma mientras contempla la exposición que preparó el Centro Cultural Peruano Japonés con motivo de un nuevo aniversario de Hiroshima y Nagasaki. Irey sabe lo que es el dolor: vivía en Okinawa, y su brazo fue alcanzado por una ráfaga de metralleta cuando intentó escapar de los solados americanos. Lo logró pero tuvo que ser asistido en el Hospital Militar, donde le amputaron el brazo. Hoy Irey tiene 81 años. Entonces rozaba la veintena. Y cuando recuerda las imágenes del horror, su silencio es también una petición para que la barbarie no vuelva más. (JT)


 


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