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El Último Huésped
Jueves 17, rescatistas intentan salvar huéspedes entre los escombros del Hotel Embassy de Pisco. Los dos pisos superiores del edificio eran ilegales. Se encontraron cinco cadáveres.

María Flores Conislla (35) calculó que tenía tiempo para pasar por su casa luego del trabajo. La invitación era para las seis de la tarde y la acompañaba una pequeña nota que decía: “No te olvides de avisarles a Patty y a Rosa”. Se puso tacos, un pantalón negro y algo de maquillaje. Llegó a la Iglesia San Clemente, en la Plaza de Armas de Pisco, con la misa ya iniciada y toda la familia de su amiga Carmen Espino ocupando las primeras filas de bancas. Encontró asiento a mitad del templo cuando Camila, la hija de Patty de siete años de edad, la reconoció bancas adelante y fue a sentarse en sus rodillas. Así escuchó lo que quedaba de la misa.

El padre José Torres dio el “pueden ir en paz” y María se colocó en la fila central de la iglesia para saludar a Carmen y a sus familiares, que conmemoraban un mes del fallecimiento de Alejandro Espino, patriarca de la familia. Nunca pudo hacerlo. Sintió un primer sacudón, el crujir de algo no determinado y luego un ruido ensordecedor. “Sólo atiné a abrazar a Camila y a meterme debajo de una banca”, recuerda. Sin poder ver nada, escuchaba pedidos de auxilio a su alrededor. Prendió su celular, pero no había señal. A su costado, Camila le preguntaba qué había pasado.

Media hora después, María tenía las piernas adormecidas y sentía un peso indescriptible sobre los hombros, amortiguado por las bancas de la iglesia que, de milagro, se habían cerrado encima de ella y de la niña. “No quedaba aire y a cada remezón nos llenábamos de tierra”, recuerda. Cuando empezaba a cansarse, sintió la voz de su hermano Arturo muy cerca, un metro encima de ella. “Fue el ángel de Camila”, dice con convicción. Gritó y luego sintió que una mano tocaba su cabeza. En medio del polvo y la oscuridad, sin sentir dolor alguno, mientras la cargaban encima de escombros y alaridos, pudo advertir siluetas activadas por algo peor que el miedo.

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A la mañana siguiente el recorrido a Pisco es una carrera inútil contra tres combis repletas de fiscales del Ministerio Público de Lima para reconocer cadáveres, en medio de una Panamericana Sur triturada por una fuerza descomunal. En la radio, el recuento de víctimas se alternaba con llamadas y correos de peruanos de todas partes del mundo, preocupados por el padre, el hermano o el hijo.

¿Alguien podría imaginar lo que sucedía en esas ciudades y poblados?

A la altura del puente San Clemente, en la entrada de Pisco, kilómetros de automóviles con la palanca en neutro y un peregrinaje de transeúntes que deambulan entre las grietas. “Solo se llega caminando”, informa un policía.

Según la evaluación posterior del gobierno, el colapso del puente representó uno de los más complicados cuellos de botella en la tragedia.

Luego de recorrer la Plaza de Armas y observar los cadáveres acumulados en un extremo, la expresión del presidente Alan García lo resumió todo ese jueves. En los ojos de los pisqueños sólo había vulnerabilidad.

Por entonces, miembros de la FAP y del cuerpo de bomberos realizaban labores de rescate, concentrados en la Iglesia San Clemente. Habían empezado a las seis de la mañana. En las horas siguientes comenzaron a llegar los brigadistas de España, México, Colombia, Bolivia, Estados Unidos.

En otras cuadras, eran los familiares y vecinos los que rescataban a sus heridos y muertos. Luego se sentaron a esperar la ayuda.

Los fiscales llegaron recién a las cuatro de la tarde. En un extremo de la plaza, apristas próximos al Ministerio de Vivienda como Carlos Arana, Javier Morán, Víctor López Orihuela y Omar Quezada de Cofopri intentaban articular la aún poca ayuda que iba llegando.

Durante el jueves, el empadronamiento para entrega de ataúdes fue lento y desordenado. Las tiendas del Ministerio de Salud eran arrancadas por el viento vespertino. No había electricidad ni agua.

Cofopri empezó el empadronamiento de viviendas en la zona céntrica de Pisco. Los pobladores se quejaban porque la ayuda no llegaba a los caseríos ni a los distritos alejados. Idéntica situación se vivía en Ica, Chincha y en distritos próximos de Ayacucho y Huancavelica. Dada la situación, era lo predecible.

El viernes los cortejos fúnebres abundaron en medio del derrumbe y el sol del mediodía. En el cementerio los deudos se disputaban el espacio. Cada cuadra tenía su muerto, un héroe anónimo que salvó a su hermano o que vio morir a su padre.

Rescatistas mexicanos hallaron el cuerpo del contador ayacuchano Pedro León, el lunes 20, en los escombros del Hotel Embassy, en la Av. San Martín. Tenía 31 años y trabajaba en Techint. Al momento de colapsar el edificio, había 35 personas en su interior, muchos de ellos extranjeros. El hotel fue neurálgico para el dolor de Pisco. Como la iglesia.

Cuando María despertó, le dieron la noticia. Patty, la madre de Camila, había fallecido en la iglesia. Su amiga Rosa también. Un tío se había llevado a la menor. “No pude despedirme de ella. La visitaré en estos días”, dice María, que presenta hematomas y un fuerte golpe en la cabeza. Ninguno de sus familiares cercanos murió.

Hubo otros milagros: los rescates del padre Torres, que ofició la misa en la Iglesia San Clemente ese miércoles 15, y de Gerson Herrera Alvear, un bebé de diez meses que quedó huérfano. Sus padres y hermanos también estaban en la iglesia. Al sábado 18, cuatro niños habían nacido en condiciones extremas.

Ahora Pisco es un camposanto de historias. Está el presidiario Juan Galliquio (37), que escapó del penal de Tambo de Mora, en Chincha, “porque el penal se estaba hundiendo, mi hermano”. Caminó más de 15 kilómetros para encontrar su casa hecha un amasijo de tierra en la Av. 2 de Mayo de Pisco. No piensa regresar. También Jhony Toyosato (32), quien, al momento del temblor, corrió con su maquillaje de payaso a rescatar, sin éxito, a su hermana. O José Vargas Reyes (58), quien no terminaba de entender por qué su hermano apareció entre los muertos de la Iglesia San Clemente, cuando sólo salió a tomar una gaseosa.


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