Opinión Lecciones del Cardenal católico de París, Aron Jean-Marie Lustiger.
Un Judío en París
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Lustiger se convirtió al cristianismo a las 14 años. |
El pasado 10 de agosto Francia se paralizó para rendir su último homenaje al cardenal católico Aron Jean-Marie Lustiger. El propio presidente Nicolas Sarkozy interrumpiría su viaje privado a Estados Unidos para asistir a las ceremonias religiosas en la Iglesia de Notre Dame de París, conjuntamente con los principales líderes de la comunidad judía francesa. Este excepcional momento que unió al laicicismo republicano con la religión no se quedó ahí. La celebración católica fue precedida por la lectura en hebreo del Salmo 113 y el rezo judío del
Kaddish, ambos pronunciados por los familiares judíos de Lustiger, quien había solicitado que en su tumba en la Catedral de París se consigne:
Nací judío. Recibí el nombre de mi abuelo paterno, Aron. Convertido al cristianismo por la fe y el bautismo, yo permanezco en el judaísmo como también lo hicieron los apóstoles...Me parece oportuno que Lustiger no pase desapercibido en nuestro medio. Su infatigable búsqueda de la verdad, como hombre de fe, intelectual y líder de opinión, lo condujo a una estremecedora apertura religiosa. Por alguna razón André Malraux, otro profeta de la modernidad (aunque agnóstico), diría que el siglo XXI sería el siglo de las religiones.
Aron Lustiger nace en París (1926) en una familia judía de origen polaco y a los catorce años decide convertirse al cristianismo. Sufre la persecución a los judíos en la Segunda Guerra Mundial (su madre muere en Auschwitz) y llega a decir sobre el holocausto que tocar el fondo del horror, tal vez permite salir del horror amando a los hombres. Luego de ordenarse sacerdote en 1954, se convierte sucesivamente en obispo de Orléans y obispo de París para ser nombrado cardenal por Juan Pablo II el año 1983.
Yo descubrí al cardenal Lustiger durante mis estudios doctorales en París y quedé pasmado ante su iniciativa de celebrar la Navidad de 1999 con una misa especial en Notre Dame, rodeado por los vagabundos e inválidos de París. El año siguiente invitaría a los jóvenes de la ciudad a compartir la nochebuena con algún abandonado. Y no cesaría de llamar la atención a los líderes políticos sobre el drama de los inmigrantes extranjeros. También lo recuerdo vibrar con su vocación judía y cristiana al comentar que hasta el siglo VI de nuestra era, la Iglesia de Jerusalén a que refieren los Hechos de los Apóstoles, albergó a judíos y paganos (cristianos) que daban testimonio de la promesa a Israel. Después de todo, decía, el amarás a tu prójimo como a ti mismo de Cristo, se encuentra explícitamente en los escritos rabínicos de su época. Audaces remembranzas, que le significaron críticas e incomprensiones tanto de cristianos como de judíos.
Lustiger fue también un respetado intelectual. Elegido miembro de la ilustre Academia Francesa en 1995, acompañó a personalidades como Lévi-Strauss, Jean-François Revel y Michel Serres y no dejó de participar en los grandes debates sobre la construcción europea. Y habló también desde el cristianismo, sin pretender complacer a la exigente clase intelectual francesa. Esa había sido precisamente la exigencia de Camus hacia los cristianos, a quienes pedía ser mas creyentes a fin de fomentar un genuino intercambio de ideas y experiencias con los no creyentes. Por ello, ferviente opositor a la eutanasia y la clonación, Lustiger tampoco desdeñó el diálogo con la modernidad ni le faltaron reflejos para enfrentarse públicamente a Le Pen. El año 1999 funda la primera televisión católica en Francia (KTO), que entre sus múltiples programas acoge a intelectuales y filósofos no católicos, como el ex ministro de Educación de Chirac, el profesor Luc Ferry (quien postula una alternativa a vivir desde la filosofía).
Como hombre de acción, naturalmente también tuvo opositores. De hecho no fue elegido presidente de la conferencia episcopal de Francia. Sin embargo, a su muerte todos reconocen su incansable esfuerzo por suscitar la fe y alejar el sectarismo religioso. Hombre moderno por excelencia, Lustiger no perdió oportunidad para recordar la riqueza de la experiencia religiosa en los seres humanos, admitiendo el diálogo con otros credos o posturas frente a la vida. Aun cuando lo turbaba el drama del humanismo ateo, su vida y acción revitalizan el humanismo como espacio de encuentro universal. (Por: Manuel Monteagudo Valdez*)
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* Profesor universitario.