Terremoto En medio del desastre también se instala la vida diaria y la ayuda psicológica para salir adelante en los albergues.
Desafío Pisqueño (VER)
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Sábado 1 Niños refugiados en Club Atlético de Pisco sacan provecho de la zona de juegos. Sus mamás también y la usan de tendedero. |
Lo primero en lo que pensó cuando la tierra largó a moverse fue que su moto se podía caer. También temió por su LCD, el televisor de última generación que le hacía la vida más llevadera en la base aérea de Pisco. Las dos grandes preocupaciones de Manuel, comprobó el joven oficial cuando terminó el largo temblor, seguían en su sitio.
Las comunicaciones se interrumpieron y recién un rato después la radio reportó los primeros 27 muertos en Ica. “Pisco pueblo”, pensó Manuel, y arrancó la moto para echar un ojo. Su avance lo detuvieron los cadáveres. Los cuerpos apiñados en las inmediaciones de la plaza dejaban libres senderos angostos. “Como para que solo pasara alguien de este porte”, calculó el oficial con las manos muy juntas en alusión a un torso casi tan delgado como una botella.
Lo que fue la Iglesia San Clemente derivó en una postal del infierno. Esa misma noche, Manuel improvisó el primer grupo de rescate con los policías de la ciudad. Piensa que allí murieron unas doscientas personas y no los cuarenta de los que se habló.
Uno de los cuerpos llamó su atención. Todos los demás se veían sorprendidos por la muerte que no les dio tiempo de nada. Pero éste no. La postura, bocabajo, parecía según sus palabras “pensada” para proteger algo. Volteó al hombre y allí estaba un bebé de ocho meses. “Solo con un pequeño rasguño aquí”, señala a un par de centímetros de su párpado derecho. No tenía idea de nada y solo pedía brazos. Manuel lo cargó y se sentó a llorar.
Más tarde llamó a su novia por teléfono y le habló de la posibilidad de tener un hijo, juntos. Quería entender el amor del padre muerto en los escombros de San Clemente.
La historia es apenas una viñeta de las miles dibujadas después del terremoto. Recién ahora los protagonistas pueden tomar una mínima distancia para procesarlas y salir del hueco. Manuel es militar, articulado y bonachón. Pensó que superaría el asunto. Pero una semana después, frente a la torta que sus compañeros le ofrecieron por su cumpleaños, comenzó un discurso lleno de chistes y terminó quebrándose otra vez.
La torta también era un modo de recuperar rutinas y actividades sociales en medio del desastre. Igual que las ocupaciones domésticas que se pueden ver en los callejones de carpas ocupadas por damnificados en el Club Atlético de Pisco. Lavar la ropa al pie de la piscina del club, cocinar, adoptar un perro abandonado.
Mariela Bocanegra coordina la organización de 115 familias albergadas en una de las alas. La señora lleva un brazalete con la imagen de un santo en cada cuenta y recita los números en cascada: “son 650 personas, 120 niños, 103 niñas, 16 gestantes, 12 ancianos y una niña especial, con síndrome de down”. Dice que no era dirigente vecinal ni tenía experiencia en la materia. Ahora trata con cientos de personas que tampoco se conocían entre sí.
Cría seis hijos, que parece un número estándar en Pisco. Los más pequeños todavía hacen maromas en la zona de juegos del club, también improvisada de tendedero de ropa. Al lado sobresalen las cruces de los mausoleos que sobrevivieron en el camposanto vecino.
Mariela Bocanegra tiene bajo control la organización de la cocina y de las actividades básicas. Según lo consultado a varias madres, el suministro de víveres es el apropiado. “Muy buena la atención”, opina una doña robusta sin dejar de mondar papas, “sería maldad decir que no”. El subjefe del Instituto de Defensa Civil (Indeci), Ciro Mosqueira, explica que repartieron cocinas a gas para grupos de familias y la olla común se convirtió en la norma.
Sin embargo, la dirigente no disimula su preocupación por los niños. Pide vídeos educacionales para entretenerlos mientras las clases comienzan. El uso de 116 aulas prefabricadas armadas en los patios ayuda a impartirlas desde el martes 4, primero, en los colegios Hilda Bringas y el número 22471. El Ministerio de Educación promete total normalidad para la próxima semana.
La Guía Práctica de Salud Mental en Situaciones de Desastres, publicada el año pasado por la Organización Mundial de la Salud, le dedica un capítulo a la atención que deben recibir los niños y adolescentes. “Una vez se determine que el espacio escolar es adecuado para el ingreso de los niños”, recomienda, “las actividades escolares son las que ofrecen mejores resultados para la recuperación. Para ello, es fundamental asegurar el concurso de maestros suficientemente sensibilizados y capacitados”.
Un cartel anuncia la presencia de psicólogos de la Universidad Católica. Pueden identificarlos por el chaleco y la gorra. Invitan a los habitantes del albergue a acercarse a ellos si quieren conversar. Especialistas del Indeci y voluntarios internacionales también prestan su asistencia. De hecho, en el rol de reuniones a las que asiste el jefe de Defensa Civil se marca una cita diaria con los equipos de la mentada Salud Mental.
La recuperación de la vida diaria en medio de lo que recuerda a una zona de bombardeo es una tarea formidable. Dos amas de casa expresan preocupación porque las peleas entre las parejas suben cada vez más de tono. La desesperación también rompe a las familias que sobrevivieron. “Y yo diría que un 30% de la gente que está aquí ha perdido a alguien”, termina de decir Mariela Bocanegra. “A mí me gusta hablar con porcentajes”.
Los números exactos de Mariela Bocanegra vuelven a las 5 y 53 de la mañana del miércoles 5, cuando se escriben las últimas líneas de esta crónica y tiembla de nuevo. Cada réplica retrasa un poco más la recuperación psicológica de los pisqueños.
Guadalupe Masana refunfuña de buena gana cuando le llaman ingeniera. “Soy arquitecta”, recuerda por enésima vez. Trabaja con Defensa Civil y llegó a la zona del desastre a la mañana siguiente. Ofrece un cigarrillo y enciende el suyo. “Yo llegué con mi cartón porque no sabía si aquí iba a encontrar”.
En efecto, cuando se trasladó al centro los damnificados codiciaban lánguidos el pucho que siempre le jugueteaba entre los dedos. “¿Quieres uno, les decía, y ellos respondían síííí. He salvado a varios”, confiesa con una pitada.
Masana cuenta que ahora un equipo de cinco ingenieros del Indeci realiza las evaluaciones para establecer qué casas pueden ser refaccionadas y cuáles demolidas. En la plaza de armas los pobladores hacen cola con las mascarillas puestas para empadronarse y solicitar citas a los ingenieros.
Ese proceso de demolición, aclara Masana, requiere de autorización de los afectados y otra suerte de terapia para ellos. El coronel Mosqueira, que a estas alturas parece un tipo poco impresionable, informa una buena noticia. Primero se pensó que en Pisco serían diez mil casas las afectadas, pero el número se redujo a 6,500. Ahora falta definir cuántas pueden todavía salvarse. Esa labor continuará por unas tres semanas más, apoyada por treinta profesionales del Colegio de Ingenieros.
Julio Favre, presidente del directorio del Fondo de la Reconstrucción Para el Sur (Forsur), instaló el martes último el directorio de ese organismo en el Grupo Aéreo 51 de Pisco. Calculó que el sector privado construirá dos mil viviendas en esa ciudad. En Ica, Chincha y Cañete serán 1,500 por cada ciudad.
Llama la atención la precisión de la cifra, pues las evaluaciones de los ingenieros todavía no concluyen y, consultadas, las autoridades de Defensa Civil no se animan a adelantar números categóricos.
Favre alabó la naturaleza “inclusiva” del directorio que incluye a cinco ministros, tres presidentes regionales (entre ellos Rómulo Triveño de Ica, que regresó al redil tras declarar que él debía pilotear el Forsur) y los alcaldes provinciales de las ciudades afectadas. También está el ex primer ministro Pedro Pablo Kuczynski.
La reconstrucción será total en zonas como el “bulevar”, similar al Jirón de la Unión en Lima pero apenas de un par de cuadras. Allí todo se derrumbó y Manuel, el militar, supo de otras historias como la de una empleada de Interbank que venía de Lima a una cita de trabajo en Pisco programada para las 7 y 30 de la noche. Precavida, llegó con casi una hora de antelación y paseaba por allí cuando una pared le cayó encima y la mató. En la carretera se hubiera salvado. María Sigues, otra damnificada que se alberga con su familia en el Club Atlético, vivía allí y le quita el sueño no saber nada de una mujer que vendía dulces frente a su casa. Recién hace pocos días María Sigues se atrevió a salir a la calle. “Bienvenidos a Pisco”, dice con un apretón de manos. De inmediato lo vuelve a pensar. “O lo que fue Pisco”. La sonrisa, sin embargo, no desaparece de su cara. (Enrique Chávez)