Historia Genio y figura de la diva greconorteamericana destellan a 30 años de su partida. Pavarotti se fue en el mismo mes.
María Callas: Llena Eres de Raza
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El nervio y temperamento en un ensayo de ‘Medea’, en 1970. |
El 16 de setiembre de 1977 cerraba sus ojos para siempre María Callas, la divina Callas, posiblemente la soprano más famosa y discutida del siglo XX.
Famosa por la belleza de su voz, por su enorme temperamento artístico. Famosa también por sus cambios de carácter, sus arranques de diva todopoderosa y sus escandalosos pleitos con su madre, periodistas y empresarios.
En estos últimos treinta años se ha escrito más de un centenar de libros, en todos los idiomas, tratando de analizar el llamado “fenómeno Callas”, intentando explicar las razones de un mito que no sabe de ocasos.
Sigue siendo la “diva” por excelencia del mundo de la ópera. En el siglo XIX estuvieron María Malibran y Giuditta Pasta.
En el siglo XX incontrastablemente Claudia Muzio, Renata Tebaldi y María Callas, siendo “la divina” la más mediática de las tres. No sólo por sus habilidades artísticas sino por su vinculación con el mundo del jet-set, por su amor imposible con el millonario griego Aristóteles Onassis y su muy publicitada rivalidad con la otra “diva” por antonomasia, la italiana Renata Tebaldi, “La voz de ángel”.
La Greca de Nueva York
La Callas había nacido como María Sophia Kalogeropoulus en Nueva York el 4 de diciembre de 1923. Hija de un matrimonio griego, desde niña demostró gran facilidad para el canto. Se convirtió en una adolescente poco agraciada pero con una tenaz voluntad de triunfar. Hizo sus primeros estudios con Elvira De Hidalgo en Atenas y debutó cantando roles estelares en
Tosca (1944), de Puccini, y
Fidelio, de Beethoven. En 1947 decidió enfrentar la aventura italiana y llegó hasta la el escenario de la Arena de Verona donde protagonizó
La Gioconda de Amilcare Ponchielli.
Su voz era poderosa, muy importante, pero en una época donde predominaba la belleza del sonido, del color, de la nota perfecta –a lo Renata Tebaldi– la voz de la Callas no era aceptada por todos. Siguió cantando en óperas como Turandot, de Giacomo Puccini, Tristán e Isolda, de Richard Wagner, y reemplazó a último momento a Margherita Carossio en I Puritani, de Vincenzo Bellini. Fue aclamada, un triunfo absoluto. Animada por el suceso “la greca” –como la llamaban– se presentó para una prueba en el Teatro de La Scala de Milán y fue rechazada. Siguió cantando en teatros de Roma, Florencia y Turín en óperas como I vespri siciliani, de Giuseppe Verdi, y Medea, de Luigi Cherubini.
Amores de Ópera
Su encuentro con el empresario veronés Gianbattista Meneghini, que terminó en matrimonio, no fue producto puro del amor. Él era un hombre bastante mayor que ella, e influyente, y logró que se le abrieran las puertas de los teatros más importantes como La Scala, donde debutó (1950) en la opera
Aída, de Verdi. De allí en más su éxito fue fulgurante y comenzó a rivalizar con la reina de ese teatro, Renata Tebaldi. Cantó en II trovatore y
La traviata, de Verdi –uno de sus roles fetiche–,
Lucía di Lammermoor (1954) y
Anna Bolena, de Gaetano Donizetti,
II barbiere di Siviglia (1956), de Gioacchino Rossini, al lado de nuestro Luis Alva. Fue piedra fundamental en el llamado “renaissance” del
bel canto interpretando
La sonnambula, I puritani y
Norma, de Bellini,
Iphigenia in Tauride, de Gluck,
La vestale, de Gaspare Spontini. Una verdadera innovadora. Hasta la aparición de la Callas la soprano era considerada un personaje de enormes dimensiones físicas que se colocaba en medio del escenario y se dedicaba a emitir sonidos perfectos. Ella fue el cambio, era una actriz, una presencia trágica. En una ópera era capaz de sacrificar la belleza de la música por la interpretación histriónica. Era muy inteligente, respetaba al máximo la intención del compositor dentro de la obra y preparaba sus roles palabra por palabra, frase por frase, efecto por efecto, nada quedaba librado al azar. Todo en ella era producto de un estudio minucioso para el mejor lucimiento de sus posibilidades. Para complementar este cuadro perfecto de actriz-cantante se sometió a una dieta muy estricta que le permitió lucir escénicamente bella, sin serlo.
Hay quien afirma que la pérdida de peso afectó su voz, pero sinceramente no estoy de acuerdo. La voz de la Callas no era una sino varias. Cantaba como soprano dramática o como soprano de coloratura, alternando con registros mezzosopraniles. Un fenómeno. Su voz no llegaba a ser “rotonda”, perfecta, como la de Renata Tebaldi, ya que presentaba un timbre desigual que ella supo capitalizar a través de una técnica muy precisa basada en el uso de crescendos y disminuendos, un método que luego utilizaría con gran éxito la magnífica Raina Kabaivanska. Su extensión vocal y su musicalidad eran realmente sorprendentes. Aún hoy, en pleno siglo XXI, nadie ha podido igualar todas esas cualidades que hicieron a la Callas mágica, irrepetible.
La Fragilidad
Lamentablemente tenía un sistema nervioso muy frágil, llevaba sobre sus espaldas la enorme responsabilidad de ser la máxima e indiscutida. Luego de abandonar a su marido entró en una tormentosa relación con Aristóteles Onassis, una relación que la perjudicó emocionalmente y antes de cumplir cuarenta años la voz empezó a ceder. El matrimonio de Onassis con la viuda del Presidente Kennedy terminó de destruirla. Sus últimas actuaciones en París (1964-1965) con las óperas Tosca y Norma ponían en evidencia que la “divina” estaba al final de su carrera. Se defendió como lo que era, una tigresa. Pero la voz ya no le respondía. Emitía notas abiertas y los agudos lacerantes como llagas ponían en evidencia una desestabilización vocal e interpretativa penosa.
Tras un paso discreto por el cine con Medea (1970) de Pasolini y sus clases de canto en el Juilliard School de Nueva York, decidió volver a los escenarios. Como el “ave fénix” reaparece en octubre de 1973 en una gira de conciertos al lado de otro grande en decadencia vocal, el talentoso Giuseppe Di Stefano. Movilizaron multitudes delirantes, de Nueva York a París, de Londres a Tokio, de Madrid a Berlín, pero María ya no era la misma y al asumir esta triste realidad decidió refugiarse en París donde, dicen, murió de tristeza. Alguien se atrevió a insinuar la tesis del suicidio, pues pocos días antes de morir entregó su inseparable perro a unos amigos muy cercanos.
El Final
La Callas creó toda una escuela de imitadoras válidas y no válidas, ninguna logró superar al modelo original. Pero tras de ella surgieron cantantes de una importancia fundamental en la historia de la ópera como Renata Scotto o Raina Kabaivanska, por nombrar las más importantes. Durante sus años de oro acaparó la atención de todos, siendo Renata Tebaldi la única que pudo disputarle el trono. En los países germanos brillaban Elisabeth Schwarzkopf y Kirsten Flagstaad, pero con un repertorio diferente. La extraordinaria soprano turca Leyla Gencer era considerada “la Callas de los pobres”.
Una artista de las cualidades excepcionales de la italiana Anita Cerquetti, para muchos muy superior a la Callas, vio truncada su carrera por la sombra de “la greca” quien, según dicen, la temía tanto que prohibió su ingreso a los teatros más importantes. Cuando empezó el declive de María Callas surgieron voces trascendentales como Joan Sutherland, Mirella Freni. Montserrat Caballé o Renata Scotto y Raina Kabaivanska, ya nombradas.
María Callas, treinta años después de su desaparición, sigue siendo venerada y reverenciada. Es la figura femenina que más discos vende como si se tratase de una cantante “pop”, la máxima e indiscutida. Felizmente para nosotros dejó registrado un legado musical único para las nuevas generaciones. Su aporte al mundo de la ópera ha sido fundamental y será siempre recordada como la más grande de todas, la reina absoluta de la seducción. Un mito que treinta años después no tiene fronteras ni época, una voz sublime que nos sigue emocionando con “Casta diva”. (Daniel Roca Alcázar)