Homenaje Una canción que Francisco Sagasti compone en homenaje a su padre recuerda la Lima de los cincuenta.
Caballero de Antaño (V)
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El tranvía llegaba hasta La Punta. |
CARETAS creció junto con una generación de jóvenes –ahora muchachones de 50 y 60– que fueron testigos de cómo Lima se transformó en una megalópolis moderna. Francisco Sagasti, nuestro colaborador de segunda generación (su madre Elsa trabajó con Doris Gibson), nos presenta una nueva faceta de sus múltiples actividades: la de compositor. Entre a la página web de CARETAS y descargue su canción Caballero de Antaño que interpretan Mónica Gastelumendi y el grupo Zalamalecú.
Lima de Julius y de Zavalita, de Odría y Prado, del auge minero y el inicio de la pesca industrial, de la explosión demográfica y las migraciones urbanas, del Country Club y las primeras barriadas —y también de los estertores de un centro de la ciudad que pronto entraría en decadencia. Telón de fondo para mis primeras visitas a CARETAS en la calle Camaná, siendo aún estudiante de primaria y de la mano de mi madre cuando iba a dejarle a Doris Gibson los artículos que firmaba como “Doña Cándida”. Escenario también de paseos con mi padre, saliendo de El Comercio, recalando en el Raimondi, jironeando delante del Aero Club y el portal de La Prensa para terminar comiendo turrón en la pastelería San Martín. Recuerdo también el chifita de Paruro (hoy el Titi en Javier Prado), e incursiones en el bar Cordano para probar sus butifarras. Tiempo después, siendo ya universitario, vendrían los almuerzos con mi padre en el Bolívar, el 91 y el Crillón, el pisco en la bodeguita al lado del Palacio de Justicia, y las tertulias con compañeros de estudios en el Dominó de la Galerías Boza.
Recuerdos, nostalgia y algo de melancolía tomaron forma, poco a poco, en solitarios ensayos de guitarra y en acordes y compases que se transformaron, casi sin quererlo, en una canción. Veladas musicales con amigos, donde cada uno era solista en al menos un tema —Granada, Lisboa Antigua, Cantando, 16 toneladas, Historia de mi vida, El Plebeyo, Puente de los Suspiros, Pobre Garza Loretana—, me estimularon a seguir con mis devaneos musicales. Al mismo tiempo, la vitalidad de una Lima “moderna y virreinal”, que “es otra y es la misma” y que “siempre cambia y sigue igual”, unida a la asombrosa capacidad limeña de responder a desafíos y adaptarse a todo, le dieron un tono optimista a la nostalgia.