Cultural En la madurez de su obra, 3 artistas plásticos y una nueva creación: sus hijos.
El Arte Del Futuro
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Cristóbal Llona: su sala de juego es el taller de papá Ramiro. (Segundos después de esta foto, Cristóbal, inspirado, cambió el lienzo por el rostro de su padre.) |
Hasta el viernes en la mañana, el futuro cercano planeado por Ramiro Llona contemplaba un breve viaje familiar a Francia, en un par de semanas. Entonces, cerca del mediodía, la embajada gala se encargó de traer al artista de vuelta al presente de una burocrática patada en el
dérrier: su cita para la visa es, recién, el 6 de enero del 2008, y
ça c’est tout. De eso regresan Llona y Andrea Tregear, que son recibidos por su hijo Cristóbal. Ya no vale la pena renegar: total, para él, que cumplió un año el 9 de octubre, los colores del taller de su padre deben ser más impresionantes que los que deje ver cualquier Ciudad Luz.
“De repente un hijo te puede hacer un mejor pintor porque estás más conectado con cosas que son esenciales en el ser humano; en mi caso, vivo permanentemente maravillado frente a la existencia de otra persona”, dice Llona. Pero esto, claro, no es una regla. Nada indica que un artista tiene condiciones especiales que lo hacen más sensible a la paternidad. O que esta, a la inversa, lo cambie a él y a su trazo. “Aunque después de unos meses de trabajo, reconoces asuntos que son muy cercanos. Autobiográficos. Pero no hay que empezar por ahí. A veces –sólo a veces– se llega a la biografía”, precisa el artista.
Y así, después de que el doctor les anunciara el sexo del bebé que esperaban, “infinidad de pequeños pipís” aparecieron por todo el cuadro que Llona estaba trabajando.
“El futuro no existe; es desde el presente que alejas el horizonte. Cristóbal implica una forma de optimismo: quiero vivir largo y bien”.
Quizás por eso los trescientos metros de tela que acaba de comprar: con ellos, dice, ya tiene para pintar hasta los ciento cinco años.
El niño de sus ojos
En el álbum desordenado y abundante que es el collage de fotografías, recortes y apuntes pegados en las paredes de su casa, Emilio Rodríguez-Larraín encuentra una foto y anuncia: Este es Sebastián.
Nació el 13 de noviembre de 1987. Veinte años están a punto de cumplirse. Entonces, el padre tenía tres hijos (la menor, de dieciocho) y cincuenta y nueve años; ahora tiene casi ochenta. La historia del nacimiento de Sebastián no es nada ortodoxa pero es bastante sincera. “Si yo salía con chicas era para hacer el amor”, cuenta Rodríguez-Larraín, “y no pensaba en tener hijos. ¡Quería evitarlos! Y viene esta muchacha –porque la pintora Cynthia Capriata, madre de Sebastián, tiene casi la mitad de mi edad– que quería tener un hijo pero quería también escoger el padre, y me escogió a mí. ¡Imagínate! No siempre es posible escoger porque cuando nos enamoramos no pensamos. Ella se templó de mi trabajo”.
–¿Y usted se templó de ella?
–Yo lo que estaba es, como se dice, arrecho.
Una vez recompuesto de las carcajadas, Rodríguez-Larraín explica que el nacimiento de Sebastián ha sido una maravilla. “Es que él es un chico maravilloso: desde que tuvo edad de ir al colegio vive en Estados Unidos, porque es lo que allá llaman un brilliant mind. Y de lo más simpático, encima. Es mi chochera. Me conecta con la evolución del mundo. Pero lo más importante es que me da un amor enorme que me hace amar toda la existencia”. Piensa un momento y, como convenciéndose, continúa: “Me da pena estar lejos de él, pero le conviene, porque los gringos sí saben cuidar a los talentos… Pero él también me extraña mucho. Dice que a fin de año estará acá. Viene pronto”.
Tola y Tolita
José Tola nos recibe en su taller con un texto ya redactado. Cuando llegamos está trabajando en un cuadro: no tiene ganas de entrevistas justo ahora, no puede pensar en otra cosa que no sea su pintura, explica, riéndose. Más tarde mandará otro texto, promete. Y lo hace.
Tiene ganas, eso sí, de ofrecer un café, agua o algo. De acabarse un cigarro y empezar otro. De ir a buscar a su hijo, que llega en brazos de su madre, Maricé Castañeda o Valentina, nombre elegido por el pintor para llamar a su mujer, que tiene veinticinco años. Él tiene sesenta y cuatro. “Hay gente que ve mal nuestra relación, pero eso poco importa. Somos como Romeo y Julieta. Dos generaciones distintas. En fin, este mundo conflictivo no nos concierne a nosotros dos y no creo que a Joshua le importe”.
Joshua Dominicus Lao es el noveno de los hijos de Tola: catorce años lo separan de la menor, treinta y seis del mayor. Tiene tres meses fuera del vientre de su madre y sonríe a la cámara mientras ella se lo pasa a Tola que, sentado en su cama, lo recibe: “A ver, ven, Joshua de la Oscuridad”.
“Me ha hecho ilusión tenerlo a esta edad. Creo más en lo que pueda darles a mis hijos que lo que pueden darme ellos a mí. Mi trabajo me quitó tiempo para ser más paternal, pero me ha hecho entender muchas cosas. Ojalá que los problemas, miedos, dudas, esfuerzos, todo aquello que acompaña al proceso creativo, les sirvan de algo a mis hijos”.
Le pide al fotógrafo algunas de las tomas que ha hecho. Quiero mandárselas a unos amigos en Inglaterra, le explica, para que lo conozcan.
“Si me preguntas cómo ha influido Joshua en mi pintura o aquello que haga, creo que la única felicidad que me aporta es seguir viviendo, entendiendo e imaginando un mundo al cual no perteneceré. Un mundo que ya es sólo futuro suyo”. (Rebeca Vaisman)