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Música Dos décadas después de su álbum Tantas veces, Miki González presenta versiones electrónicas de sus éxitos rockeros en su disco Hi-Fi Stereo.

Veinte Años No es Nada

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No es el Restaurante Marjory de “Vamos a Tocache”, pero la cebichería El Calamar es igual de mítica.

Veinte años después, Miki González –(a) Juan Manuel González Masías– vuelve a posar para CARETAS enseñando el mismo álbum Tantas Veces, la misma cebichería El Calamar, la misma quiñada guitarra Fender, la misma rockola, casi el mismo peinado y las mismas canciones, esta vez remixeadas y electrificadas. Aquella crónica (CARETAS 989) lo pintaba como un tipo tímido y errático, aunque sincero. Talentoso, aunque disperso. El centro de la nota a doble página es un retrato suyo. A blanco y negro, como la música de Miki en el lejano 1987. En ese entonces era vetado en las radios, tenía los dedos frescos tras tocar jazz y estudiar en Berkeley, le dedicaba “Primavera Especial” al verde de los militares, tocaba con Charly y Calamaro, y era invitado a candidatear como diputado comunista por Jorge del Prado. El cambalache de guitarra por computador llegó mucho después.

Tras catorce años de manejar la PC del estudio de Miki, Wicho García había decidido comprar su propio equipo para grabar su tercer álbum con Mar de Copas. El disco salió en 1997, y la partida del ex Narcosis coincidió con la decisión de la transnacional Sony de apoyar al músico José de la Cruz, más conocido como Guajaja, pero aún más reconocido como el creador de “música negra para los blancos”. Las radios fueron mezquinas y la competencia fue dura para el Mikongo y su Kachanga (1998) de Miki González. Luego del mal rato, el azar: alguien en Sony le regaló un disco de Fatboy Slim. You’ve Come A Long Way, Baby, decía el gordo del disco. Era un mensaje: había que dejar el cajón y los viajes a Chincha. Pero también a Devo y esos pasitos robotizados del video de “Dímelo”. Había que reducir gastos y personal, aprender a manejar la computadora. Había que cambiar los riffs y el tupé de The Cure, matar al post punk, dejar morir al Ian Curtis que gemía por dentro y empaparse de electrónica, de harto New Order.


 


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